Clonar en 2019 el rebote económico de 2017, esa es la cuestión

La apuesta del Gobierno de Mauricio Macri a reeditar entre este año y el próximo la impactante vuelta de campana económica y política que le permitió alcanzar el triunfo en las últimas elecciones legislativas dista de tener un final asegurado en medio de los rigores que impondrá el plan de ajuste que acaba de negociar con el Fondo Monetario Internacional, cuyas consecuencias son de una profundidad aún desconocida.

En la reiteración o no, entre 2018 y 2019, del ciclo de devaluación, caída del salario real, retracción del consumo y recesión de 2016, y de rebote, reducción de la inflación y reactivación del crédito de 2017 se juega buena parte del futuro político del país. Intuir lo que viene implica comparar las características de ambos bienios.

En la mesa más chica que rodea al presidente, Marcos Peña, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta ya debaten cuál será el mensaje principal que Cambiemos le bajará a la población antes de la cita en las urnas. Una de las ideas que hoy se barajan pasa por exhibir el año próximo cualquier recuperación en materia de inflación y de crecimiento como un indicio de que, ahora en serio, se vienen los “veinte años de crecimiento” augurados por Macri. La otra, por mostrar al “equipo” como un piloto de tormentas que libró a los argentinos de un infausto destino venezolano. Puestos a elegir, todos se vuelcan por la primera opción, mucho más tangible para el ciudadano de carne y hueso, pero nadie sabe si la realidad no dejará más opción que la segunda, por vaga y desangelada que resulte.

Economistas como Carlos Rodríguez vienen explicando que la caída de la economía y el empinamiento de la inflación esperados a partir del tercer pueden suponer una base conveniente, por lo negativa, para comparar con resultados interanuales menores en 2019, aunque lo que se pretenda mostrar entonces como un crecimiento consolidado no sea más que un rebote esperable.

JUEGO DE ESPEJOS. Una clave estará dada por el grado de dureza que se atribuye al ajuste en ciernes.

Arnaldo Bocco, director del Departamento de Economía y del Observatorio de la Deuda Externa de la UMET, invitado por Letra P a imaginar el futuro más probable, diferenció la recesión de 2016 con la que se avecina en este segundo semestre “por lo que intuimos que se desprenderá de la carta de intención y de lo que finalmente apruebe el Directorio del FMI. No hay que confundirse: el ajuste va a ser tanto privado como público. Lo primero, porque habrá una retracción de ingresos vía salarios y nivel de actividad, con caída de mercado. Y, los segundo, porque eso será agudizado por el retiro del Estado y la baja del consumo y la inversión pública”.

Más que un escenario equivalente al de hace dos años, Bocco intuye “uno con ajuste de tarifas, inflación y dolarización de precios y carteras más parecido a otras crisis: siendo benévolo al Tequila; siendo ácido, al ‘rodrigazo’, si sigue la fuga de capitales y crece la deuda”.

“La economía en 2018 se estancará en el mejor de los escenarios, con inflación cercana al 30% y un dólar también en $30”, completó.

Mariano Kestelboim, economista de la Universidad Nacional de Avellaneda, resalta que “la inercia positiva inicial de 2018 en materia de actividad por la obra pública se está diluyendo y en el año, al igual que en 2016, se registrará una profunda caída del consumo masivo. Nuestras estimaciones son que la inflación estará en torno del 30% y los salarios tendrán incrementos inferiores al 20%, a nivel general. Además, aumentarán los despidos, lo que elevará la desocupación. Los peores registros se producirán entre junio y diciembre”, agregó.

“A su vez, caerá la inversión de las empresas por la menor demanda en el mercado interno y las altas tasas de interés. Y a pesar de que la devaluación mejora la competitividad, difícilmente las exportaciones aumenten rápidamente”, completó.

Gabriel Zelpo, economista jefe de Elypsis, trazó en diálogo con este medio una visión más benigna de lo que viene. “La pérdida de salario va a rondar el 3 o el 4%, lo cual es cercano a episodios anteriores como los de 2014 y 2016. Sin embargo, no se va a observar una significativa disminución en las partidas sociales en términos reales, porque ajustan por inflación pasada. Tanto en 2014 como 2016 pasamos de una inflación del 25% a una del 40%, mientras que ahora pasaríamos de una del 25% a una del 27% o, tal vez algo más, pero no tan alejada”.

“Otro elemento distinto con respecto a la recesión de 2016 es que no creo que vaya a haber tanta destrucción de empleo. En ese año se observó una fenomenal caída del empleo industrial, explicada por un abrupto desarme por apertura comercial y cambios impositivos. Si bien la tendencia continúa, no lo hace en la misma magnitud”, continuó.

Incluso previendo un escenario algo menos riguroso, Zelpo advierte sobre un problema de timing. “La presente recesión se da con el año más avanzado. Las de 2016 y 2014 se produjeron prácticamente a principios de año; esta se produce en la mitad, lo que tiene efectos en términos de crecimiento más significativos para 2019”.

Si en 2017 el rebote de la economía y la ponderación social del Gobierno llegó justo para las primarias de agosto, consolidándose en octubre, el oficialismo deberá esforzarse esta vez para que una eventual mejora llegue otra vez justo a tiempo.

OBRA PÚBLICA TITULAR Y SUPLENTE. El futuro de la inversión en obras de infraestructura de fuerte impacto, un ítem que resultó crucial para la resurrección de la imagen del Gobierno hacia mediados de 2017, es otra clave.

Kestelboim recordó que “por el acuerdo con el FMI, el Gobierno se ha comprometido a reducir el gasto y especialmente la obra pública va a sufrir recortes”.

De acuerdo con Zelpo, “la obra pública se va a jugar a todo o nada con los PPP”, proyectos de Participación Público-Privada.

Eso, claro, permitiría reemplazar los fondos del Estado que ya no fluirán ni llegarán a las provincias, para desesperación de gobernadores e intendentes que saben que en el asfalto y la construcción se dirime buena parte de su destino.

Los PPP entraron en zona de turbulencia cuando, en plena corrida financiera, el riesgo país se acercó a la zona de los 500 puntos, cortando de hecho el acceso del Gobierno, las provincias y las empresas a los mercados voluntarios de deuda. Sin apalancamiento, no hay PPP, por lo que será crucial para las aspiraciones oficiales que el acuerdo con el FMI restaure lo más rápidamente posible la confianza en la capacidad de pago del país. Eso debería traducirse en un aumento del precio de los bonos de deuda, algo paralelo a la caída del riesgo. Solo entonces las empresas concesionarias de obras del esquema PPP podrán hacerse con los fondos prometidos en sus ofertas.

UN MUNDO DE DIFERENCIA. El contexto internacional, en tanto, marca una diferencia relevante, con una retirada relativa de fondos de los mercados emergentes.

“Eso no ayuda y complica la situación. Brasil está devaluando y Estados Unidos aumentó su tasa de interés”, resaltó Kestelboim.

De acuerdo con Bocco, quien fuera director del Banco Central, “Argentina no hizo un acuerdo por 50.000 millones de dólares. El acuerdo es por 15.000 millones y dudo de que los 35.000 restantes los desembolsen salvo como garantía para amortizaciones de deuda, capital e intereses que el soberano no cumpla. Ese es un escenario que es mejor no imaginar, porque sería muy mal leído en el exterior”.

EL AÑO ELECTORAL, UN PARTIDO POR JUGARSE. “El ajuste que se viene hará muy difícil que se registre crecimiento en 2019. A pesar de que el oficialismo intentará aplicar políticas de estímulo al consumo en el año electoral, no parece que vaya a poder contar con recursos suficientes para reactivar la economía”, estimó Kestelboim.

De acuerdo con Bocco, en tanto, “habrá que ver cómo opera el acuerdo y la visión del FMI sobre la marcha de las condicionalidades y de qué fondos dispondrá en el Gobierno el año que viene para expandir la demanda. Eso, a su vez, va a depender de si logran poner en caja los números del sector externo, el único problema macroeconómico serio que tiene la economía. El tema fiscal se resuelve, se podría resolver bien con recursos locales, pero el sector externo tiene un ciclo largo para salir de la crisis actual”.

“La suma de la balanza de servicios, la comercial y la renovación de deuda hace que la Argentina necesite este año unos 80.000 millones de dólares. La posibilidad de tener algún avance fiscal con déficit externo y sin ingreso de capitales que reactiven la economía -y que, en cambio, agrandan los préstamos financieros- impiden pensar en una salida. Y veo que la única que encontró el FMI para atacar la crisis del sector externo es que el país devalúe”, explicó.

“Hay elementos a favor de que se llegue en lo electoral y otros en contra, pero, en definitiva, si el plan les funciona, el ajuste no va a ser tan significativo”, cerró Zelpo.

A eso se resume la cuestión. A que el plan “funcione”, a que la caída de la economía impuesta por el ajuste no erosione más que lo esperado los ingresos fiscales y que eso obligue, a su vez, a profundizar los recortes. Y, en el camino, a recuperar la confianza perdida del mercado financiero internacional. Una y otra cosa permitirían poder exhibir una mejora de inflación y actividad y restaurar el circuito crediticio para compensar la baja del gasto público.

El resto pasará por el humor social, tan difícil de anticipar. Las expectativas, esas certezas arbitrarias de que el futuro será mejor que el pasado, hoy juegan en contra. El ajuste ahora se acelera, pero comenzó hace bastante, sobre todo en materia de tarifas.

En la pelea entre la esperanza y el agotamiento de la sociedad anida otra clave del futuro.

(Nota publicada en Letra P).

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