La OEA aísla más a Venezuela: ¿autoridad o impotencia?

La decisión de la Asamblea General de Estados Americanos (OEA) de iniciar el proceso para la suspensión de Venezuela a través de la aplicación de la Carta Democrática, concretada el martes a última hora en Washington, es, más que el punto de llegada de la presión del hemisferio sobre el régimen chavista, el comienzo de un proceso más turbulento que todo lo conocido. Constituye, en ese sentido, la renuncia explícita a la diplomacia y un guiño a la acción directa.

La votación, promovida por Estados Unidos y por el Grupo de Lima (en el que participan la Argentina, Brasil, México, Paraguay, Perú, Chile, Colombia, Canadá, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Guyana y Santa Lucía) sumó los votos de Bahamas, Barbados, Jamaica y República Dominicana, para lograr 19 sufragios sobre un total de 34 miembros. Bolivia, Dominica y San Vicente y Granadinas se opusieron y el resto de los países miembros se abstuvo.

La resolución tacha de “ilegítimas” por “por no cumplir con los estándares internacionales” las elecciones del 20 de mayo, en la que Nicolás Maduro obtuvo la reelección hasta 2025, un proceso que había sido descalificado por numerosos países desde el inicio.

Según el texto, de tono muy duro, Venezuela padece “una alteración del orden constitucional”.

Los argumentos atienden a lo expresado por la oposición más radical al chavismo, que se abstuvo de participar en esa elección por considerar que no se tendría garantías de equidad. Al respecto, protestó por el escaso tiempo de preparación que le dejó la convocatoria de la Asamblea Constituyente, por la inhabilitación de partidos y alianzas y por el encarcelamiento y proscripción por temas judiciales de varias de sus figuras más carismáticas, como Leopoldo López y Henrique Capriles.

El canciller de Venezuela, Jorge Arreaza, se burló de la resolución al recordar que su país ya había pedido su salida de la organización, que -alega- es un instrumento de Estados Unidos contra su país. Sin embargo, el inédito proceso de salida demora (se completaría recién en abril del año próximo), por lo que Venezuela todavía está representada, a desgano, en la OEA.

Ciertos enfoques de prensa señalaron que la aplicación de la Carta Democrática Interamericana (que cuenta con precedentes únicamente el de Cuba en 1962 y el de Honduras en 2009) llevará a la “expulsión” de Caracas, pero eso no es así: semejante extremo no está descripto como posibilidad en la normativa. De modo diferente, los artículos 20 y 21 marcan el inicio de un largo proceso de consultas que, eventualmente, puede desembocar en la votación de una “suspensión” a través del exigente voto de dos tercios de los miembros del organismo en una futura Asamblea General Extraordinaria. En ese caso, el Estado sancionado queda excluido de todos los niveles de participación y representación dentro de la organización.

Pero si la propia Venezuela quiere salir y las gestiones que deberían iniciarse antes de la suspensión están bloqueadas desde el comienzo, ¿cuál es el efecto concreto de lo votado?

El más saliente es la profundización del aislamiento del régimen chavista, aunque, a esta altura, eso tampoco ya no significa demasiado. En concreto, marca el alineamiento de una mayoría de la comunidad de países del hemisferio con la postura de la oposición más radical, que, como se vio, renunció a las vías electorales para lograr un cambio en Venezuela y se vuelca decididamente por las de hecho.

Esos sectores festejaron la decisión, pero lo cierto con ella la OEA se plegó a una posición testimonial, privándose de actuar como un factor de incidencia concreta.

Desde hace tiempo Maduro y sus demasías le han planteado un dilema a la comunidad internacional. Sus aceptaciones tácticas de contactos diplomáticos fueron seguidas invariablemente por evasivas y dilaciones, cuando no por desafíos abiertos. El resultado ha sido la imposibilidad de acercar a las dos Venezuelas, de contribuir a reparar una institucionalidad herida de muerte y a ayudar a paliar una crisis económica y social pavorosa.

No fue posible avanzar ni con diálogo ni sin él, ni con diplomacia ni con sanciones.

Maduro tiene mucho que ver con eso. Sin embargo, el camino más reciente, el de la renuncia a incidir y el de plegarse a una estrategia de tipo insurreccional, no augura, lamentablemente, mejores resultados.

(Nota publicada en Letra P).

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