El día uno del megaajuste

La rueda de este viernes marcó el punto más grave de la actual crisis cambiaria, con un dólar que parecía salirse de control, con un Banco Central que tomaba decisiones arrebatadas y aparentemente contradictorias y con una preocupación que, finalmente, permeó entre el llamado “chiquitaje”, la etapa final de las corridas contra el peso que siempre es mejor evitar. En medio del caos, sin embargo, asoma una certeza: el ajuste que viene de la mano del Fondo Monetario Internacional, esto es la muerte súbita del gradualismo macrista, ya comienza, como es de manual, con una devaluación del peso mayor que la esperada, suficiente para licuar lo más posible el gasto público, los salarios y, cómo no, la temible bola de nieve de las Lebac.

El volumen negociado de más 1.600 millones de dólares mostró la disposición del mercado a absorber todo lo que se le ofreciera. En el medio, la cotización trepó cómodamente por encima de los $24 para luego ceder, lo que no impidió que cerrara a un nuevo nivel récord.

La aceleración devaluatoria, que acumuló casi un 7% solo en la última semana, instaló una discusión sorda sobre cuál será el valor del dólar cuando la locura pase. Los economistas que miran el tipo de cambio real multilateral, el mismo que el FMI consideró insuficiente en su revisión de cuentas de fines del año pasado, piensan en $25. Cristiano Rattazzi se animó a hablar de $26. Y los operadores financieros apuestan a $27. ¿Quién da más?

Sin embargo, cuando la situación parecía írsele de las manos, el Central salió a intervenir, una cuenta que al final del día restó, solo por ese ítem, 1.100 millones de dólares a sus reservas. Pero en paralelo, salió a frenar en el mercado secundario la tasa de las Lebac, que se había disparado por encima del 70% anual para los tramos más cortos, algo que le demandó comprar papeles por $30.000 millones, suma que, obviamente, no circulará en la calle de ahora en más.

¿En qué quedamos, entonces? ¿Vende dólares para bajar su cotización pero baja la tasa, que es el único instrumento que le queda para moderar la dolarización de carteras?

Esta paradoja fue el centro del drama de este viernes. Economistas y operadores con los que conversó Letra P coincidieron en que el Central salió a vender cuando percibió que la corrida se le iba de las manos, pero que, a la vez, tuvo que enfriar un poco la tasa para poner algún límite racional a las expectativas sobre lo que ofrecerá en la megalicitación de Lebac del próximo martes.

Más allá de esas intervenciones atropelladas y que dieron señales de desconcierto y hasta de pánico oficial, todos opinan que la presión cambiaria persistirá al menos hasta el “supermartes” criollo. Y la negociación en curso con el FMI no es ajena a esa presunción.

“Creo que hay demasiado silencio después de haber generado tanta expectativa sobre el acuerdo con el Fondo. Nicolás Dujovne debería haber hecho una conferencia de prensa. Da la impresión de que fueron por una línea blanda y se encontraron con la dureza de un Stand-by. O, si no, lo pidieron ellos mismos, para darle el ajuste al FMI y sacarse el peso del gradualismo, aunque eso implique entregar la política económica, con los riesgos que tiene eso”, estimó Arnaldo Bocco, director del Departamento de Economía y del Observatorio de la Deuda Externa de la UMET, en diálogo con este medio.

“La situación es muy complicada. Por las señales que hay, lo más claro es que el Fondo Monetario está presionando para que la Argentina devalúe un poco más antes de liberar el acuerdo”, le dijo a Letra P el economista y profesor de la Universidad Nacional de Avellaneda Mariano Kestelboim.

En efecto, de descuenta que el FMI no va a poner decenas de miles de millones de dólares a disposición del que históricamente ha sido su miembro más revoltoso para que semejante suma se ventee en una corrida cambiaria sin destino. En ese sentido, el plazo de seis semanas para negociar el crédito Stand-by y sus temidas condicionalidades es una eternidad para un Gobierno que se encuentra desnudo en medio de un temporal anunciado pero para el que, insólitamente, nunca se preparó. Sin embargo, es la distancia justa que necesita el Fondo para llegar con la manguera cuando el incendio lo haya devorado todo.

Así, el Banco Central caminó este viernes al filo de la cornisa, tentado de dejar subir el dólar para poner en sus rieles el “rescate” en ciernes pero, a la vez, asustado por la velocidad que tomaba la tendencia, ajena a todos sus esfuerzos.

“La situación se les fue de las manos -explicó Kestelboim-. Quieren que el dólar se siga deslizando pero no tanto. Los movimientos muy abruptos del tipo de cambio generan desconcierto y movimientos preventivos de precios. Por eso el Banco Central arrancó con un enfoque liberal y después terminó interviniendo. Es como si hubiese querido que el dólar se moviera, pero más lentamente de lo que lo estaba haciendo”.

El miedo no es zonzo, se sabe. Si falta algo, en la rueda final de la semana quedó claro que los inversores minoristas se sumaron a la corrida, generalizando la incertidumbre y la inquietud. La historia de sucursales bancarias cortas de billetes verdes ante una tendencia de retiros de ahorristas se hizo repetida, sumando inquietud y un injustificado recuerdo de 2001.

Semejante volatilidad es muy peligrosa, porque en ese contexto la economía pierde las referencias sobre sus precios clave, desde el propio dólar a la tasa de interés. Juguemos… ¿A cuánto se va a disparar la inflación? Entonces, ¿cuánto deberían remarcar sus precios los diferentes sectores productivos y comerciales? Pero, a la vez, ¿cuánto le va a pegar esta saga ingrata al consumo y, con esto, cuánto se va a poder efectivamente remarcar sin paralizar las ventas? No hay certezas. La infección de la crisis ya se propagó.

No puede sorprender la preocupación con la que los empresarios llegaron a la quinta de Olivos, pero sí cabe esperar que el ministro de Producción, Francisco Cabrera, no les haya dicho en privado lo que, más tarde, señaló en conferencia de prensa, esto es que no va a haber un traslado a precios. Hay disparates que, planteados cara a cara, resultan indignantes.

Kestelboim explicó que “ya se agotaron todos los instrumentos. Quedan las reservas, obviamente. El punto de inflexión clave va a ser el martes, día del vencimiento más grande de Lebac desde que empezaron a funcionar en la Argentina. Ese va a ser el día más importante de la era macrista”.

Al respecto, el economista Germán Fermo le dijo a este portal que “para mí, al dólar lo están dejando correr. Es más, sería un error que no lo hagan. Ya que están, deberían dejarlo ir a 27, lo que les permitiría licuar el grave problema de las Lebac aunque, claro también licúan salario real, licúan gasto… Digamos que el gradualismo amarillo terminó siendo una licuación devaluatoria”.

Más claro: si el temor es que el martes una porción significativa de inversores en Lebac no se tienten con las inconcebibles tasas que ofrecerá el Central y decidan no renovar, los pesos que quedarán en el aire harán menos daño al pasarse a dólares con una cotización más alta. Así, se llevarían menos reservas del BCRA. En paralelo, por la misma vía, ese pasivo de la autoridad monetaria, hoy largamente superior al billón de pesos, quedaría reducido en términos de dólares. Por las buenas o por las malas, la bicicleta en algún momento se detiene.

“Con estas devaluaciones se va corrigiendo el problema más serio de la economía: el frente externo, el déficit de la cuenta corriente -completó Kestelboim-. Dado el nivel de reservas, no creo que el modelo estalle, pero en términos de imagen, el Gobierno va a quedar en una situación muy, muy frágil para las próximas elecciones”.

(Nota publicada en Letra P).

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