La crisis del gradualismo, una amenaza al proyecto macrista

El gradualismo fiscal fue, desde el 10 de diciembre de 2015, más una apuesta política que económica. En un sentido, el macrismo entonces triunfante advertía que amplios sectores de la sociedad no soportarían la aplicación de las medidas de shock que algunos de sus economistas habían barajado en los trabajos de los equipos técnicos durante la campaña. Además, ¿para qué adoptar una estrategia que ya había fracasado tantas veces, inviabilizando proyectos promercado que llegaban para comerse la cancha pero que terminaban lamentablemente eyectados?

Así, hizo virtud de la dificultad y se trazó un proyecto de poder a ocho años. Una primera etapa de cambios solo graduales debería llevar a un triunfo en 2017 y este, a otro en 2019. Recién entonces el proyecto desplegaría en toda su dimensión su vocación de apertura comercial, desregulación y disciplinamiento del sector laboral.

Es obvio que la sensación térmica de las clases medias y trabajadoras, así como la del sector comercial e industrial pyme, no registra suavidad alguna en los aumentos de las tarifas de servicios públicos. Pero el análisis de los datos fiscales justifica ampliamente el mote de gradualismo de la política que el país conoció en los últimos dos años y medio.

La principal base del plan era confianza del mercado financiero, asegurada, se suponía, por la mera presencia de Mauricio Macri en la Casa Rosada, por el temprano arreglo con los fondos buitres, por la liberación de los controles cambiarios y a los movimientos de capitales y por pruebas de amor como la eliminación o reducción de retenciones a las exportaciones. Esa confianza era indispensable para la emisión de deuda, que debía financiar el rojo fiscal suavemente declinante y algo acaso más explosivo que se fue descubriendo sobre la marcha: el de las cuentas externas, producto de un déficit comercial récord y un desequilibrio cada día más asombroso de la balanza turística, entre otros factores.

Si la confianza era la premisa, el requisito era que continuara durante la transición proyectada la era del dinero barato en el mundo. El problema es que desde hace algunas semanas se ve que ambos factores han quedado en severo entredicho, con los inversores corriendo despavoridos hacia el dólar por la suba de la tasa de interés de referencia en Estados Unidos como por factores locales que responden a la mayor fragilidad relativa de la Argentina vis-à-vis otros países emergentes.

Ahora, cuando se empieza a decir que “el dólar no tiene techo”, hay que pensar que el mismo se encontrará relativamente pronto. Pero el salto de su cotización y los efectos secundarios de los remedios usados en dosis masivas para frenarla dejarán huellas económicas y políticas.

Las primeras, un nuevo rebrote de la inflación que, a diferencia de lo prometido por el Gobierno, ya no podrá mostrar desde mayo indicios contundentes de desaceleración. A los aumentos de tarifas que aún se esperaban, habrá que sumar una ola de remarcaciones inevitable en una economía en la que se come lo mismo que lo que se exporta y en que, a la vez, es tan dependiente de insumos importados. Los combustibles sumarán al fuego de los precios, alentados tanto por la devaluación del peso como por el aumento del petróleo en los mercados internacionales. Será siempre un enigma el motivo por el que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, autorizó a Juan José Aranguren a desregular ese mercado sensible cuando todo indicaba que la inflación estaba lejos de dar tregua.

Asimismo, la elevación al cielo de las tasas de interés contribuirá a desacelerar una economía que ya venía enfriándose. Según economistas de referencia, hacia fin de año el país discutirá con pasión lo lejos que quedaron las proyecciones oficiales de inflación, del 15%, y de crecimiento, del 3,5%.

Pero también habrá consecuencias políticas.

Una será la profundización del descontento social en medio de una la caída del consumo autoinfligida, víctima de la pinza de los ajustes tarifarios y de la decisión oficial de pisar drásticamente los salarios en las negociaciones paritarias.

Otra, la emergencia de un largo listado de perdedores de esta saga. Primero, el propio Peña y su ladero Mario Quintana, artífices del “plan de los santos inocentes” del 28 de diciembre con el que socavaron la confianza del mercado en la autonomía del Banco Central y lo forzaron a una flexibilización de la política monetaria que resultó a todas luces ruinosa, por haber deteriorado las expectativas de aquellos en cuyas manos el Gobierno había decidido depositar su suerte y por haber liberado pesos para animar un poco al dólar. “Poco” en la Argentina suele ser solo el comienzo de las demasías.

Se podría pensar que Federico Sturzenegger ganó esa pulseada con el ala política del Gobierno, pero también él se cuenta entre los perdedores. Primero, por haber permitido lo que el mercado leyó como un atropello a su margen de maniobra. Y segundo por el confuso manejo de la crisis reciente, en la que pasó de pretender fijar el dólar a soltarlo algo y de quemar reservas a previo vil a subir bruscamente el precio del dinero para frenar la corrida, hasta el jueves con resultados invariablemente lamentables.

Pero, personajes aparte, la conclusión de fondo es que el propio gradualismo oficial es una víctima del proceso, acaso la más importante. Es una anécdota lo que eventualmente pueda ocurrir con Nicolás Dujovne, el hombre puesto en hacienda para ejecutarlo bisturí en mano.

No hay que reificar al mercado, menos ahora, cuando realmente no caben las teorías conspirativas para explicar los tropiezos de un Gobierno que los factores económicos han sentido largamente como propio. Puede que en la propia Casa Rosada se empiece a hablar de traición, sumando al sector financiero al relato que acusaba a los industriales de no apoyar el modelo con inversiones, pero lo cierto es que lo que prima en este desenlace parcial en la porfía de aplicar una política que ha descansado casi exclusivamente en la bicicleta de las Lebac.

El mercado, como el escorpión que llena de promesas a la rana, se guía por la búsqueda de ganancias, incluso si eso implica explotar los flancos débiles de la autoridad. Si esa entidad algo fantasmal algo dijo en los últimos días es que, más que gradualismo, exige ahora señales más decididas en lo fiscal, algo más cercano a un ajuste ortodoxo. Más que bisturí, un poco de motosierra.

Por lo pronto, la brusca suba de la tasa de referencia registrada entre el viernes y el jueves constituye el certificado de defunción del “plan de los santos inocentes” de Peña y Quintana.

El mercado buscó una devaluación del peso y el Banco Central (guiado por el Gobierno) no quería convalidarla, pero ocurrió. El mercado reclamaba, como negocio alternativo, una suba brusca de tasas y el Banco Central (guiado por el Gobierno) no quería convalidarla, pero ocurrió. El mercado ahora pide ajuste y el Gobierno responde con el anuncio que hizo Dujovne este viernes: el retoque de la meta del déficit fiscal primario de este año, que pasa del 3,2% del PBI al 2,7%, algo que en buena medida ya había sido descontado por los especialistas y que les dejó gusto a poco.

Dependerá de la Casa Rosada acatar el reclamo de ajuste más cabalmente o no, pero por lo pronto el ministro registró que la señal que se le pide es básicamente fiscal. Si aquello ocurre, el macrismo cambiará de rostro antes que lo esperado.

Si el gradualismo fue una apuesta política destinada a ganar elecciones y consolidar un proyecto de poder, cabe preguntarse qué novedades podría traerle a la Argentina un eventual ajuste contra reloj en modo de shock.

(Nota publicada en Letra P).

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