Y un día el mercado vio que Brasil está en crisis: golpe a las acciones y al real

Cada paso que Dilma Rousseff daba en 2016 hacia el cadalso político fue saludado por los mercados financieros brasileños, con subas de las acciones y del real. En paralelo, cada paso que daba Luiz Inácio Lula da Silva hacia la cárcel y hacia su exclusión del próximo proceso electoral generó desde el año pasado, y hasta el final de la última semana, reacciones similares. Por supuesto que no se debe esperar de los operadores ninguna simpatía populista o izquierdista, pero llamó la atención que durante ese proceso largo nunca hayan percibido la profundidad de una crisis política e institucional que tampoco los dejará indemnes.

Ayer, finalmente, los mercados de acciones y divisas registraron los peligros que plantea un escenario volátil y que, acaso, no permita que la cita electoral de octubre sirva para legitimar un poder político.

La Bolsa de San Pablo cayó 1,78% para cerrar por debajo de la barrera de los 84.000 puntos, exactamente a 83.307. Mientras, el dólar minorista trepó 1,57% hasta 3,421 reales, el mayor nivel desde el 5 de diciembre de 2016. No fue un desastre, claro, pero sí el precedente de un cambio de percepción.

Según especialistas, pesaron tanto el pesimismo de los inversores locales como la decisión de los extranjeros de deshacer sus posiciones en reales, abandonar el carry trade y hacerse de dólares para volar hacia destinos más seguros.

Hasta ahora había primado el festejo ante cada reforma que Michel Temer lograba hacer pasar por el Congreso, sin que nadie se interrogara sobre la sustentabilidad de medidas realmente radicales, como la laboral y como el congelamiento del gasto público en términos reales por diez años (renovables por otros diez), indefectiblemente llamado a deteriorar los servicios sociales en un país en el que, de arranque, no se puede decir que sean de excelencia.

El problema es que el mercado apostó a que las reformas salieran de la mano de un presidente de popularidad imperceptible, sin legitimidad de origen ni de ejercicio, y del Congreso más desprestigiado de la historia, con decenas de sus miembros manchados por el barro de la corrupción. La pregunta que se caía de madura pero nadie hacía es qué candidato podría ser capaz de vencer en octubre sin plantear alguna forma de revisión de esas decisiones.

Bastaba con ver a Lula marchar a prisión para que cundiera el alivio por el alejamiento de su promesa de plebiscitarlas, mientras se extendía el lamento por el hecho de que ni esa coyuntura precaria, la de un poder político fatalmente divorciado de la legitimidad democrática, permitiera avanzar con la madre de todas las reformas por su impacto en el futuro fiscal del país: la previsional.

Lula ya está virtualmente fuera de carrera y lo que queda es un angustiante vacío, en el que casi cualquier desenlace es posible.

Sin el expresidente en la disputa, queda al frente de las encuestas el ultraderechista Jair Bolsonaro, un exmilitar que espanta por el daño que le puede hacer a la convivencia social, por su falta de definiciones económicas y por el corazón nacionalista que se le sigue atribuyendo al hablar, por caso, de privatizaciones.

Puede que su rol histórico termine por sorprender en un Brasil en el que las convicciones democráticas no están de moda y en el que el desencanto es una mancha ácida que se extiende sobre las instituciones. O, tal vez, que no sea otro que el que probaron repetidamente Jean-Marie y Marine Le Pen, es decir el mostrar la cara para que cualquier rival lo derrote al capturar el voto republicano, transversal a izquierdas y derechas. Ni lo primero ni lo segundo tranquiliza a los agentes económicos.

Si Bolsonaro apenas ronda el 20% de intención de voto y lo sigue una gran cantidad de postulantes que no llegan a los dos dígitos la incertidumbre se hace total.

Mientras, los postulantes preferidos por el mercado (el propio Temer y los que renunciaron, para poder competir, al Ministerio de Hacienda y la Gobernación y la Alcaldía de San Pablo, Henrique Meirelles, Geraldo Alckmin y João Doria, respectivamente) son por ahora los que menos despegan.

Una opción, la ecologista Marina Silva, no enamora en los parqués y nadie puede asegurar que en un escenario de alta fragmentación, como fue el de la Argentina de 2003, el influjo de Lula y la unidad por el espanto de la izquierda no le permitan a este sector colocar en un segundo turno al candidato de la República. ¿El exalcalde de San Pablo Fernando Haddad, acaso? Definitivamente, las reformas tan celebradas no están por el momento a salvo.

El economista jefe de Lopes & Filho Consultoria, Julio Hegedus Netto, le dijo al sitio de Internet de O Globo que desde ayer se observa que “hay una indefinición muy grande en el escenario político y eso estresa al mercado”.

Jefferson Rigik, director de Correparti, le dijo a Estadão que “con la posible salida de Lula del cuadro electoral, el mercado mira quién podría ir al segundo turno de las elecciones y ve a Jair Bolsonaro y a Marina Silva, y ninguno de los dos son sus preferidos”.

Ya se complica tapar el sol con un dedo. Mientras ayer a la tarde todos los portales hablaban del impacto de la coyuntura política en la marcha de los negocios financieros, el de O Globo la atribuía, en su título principal de portada, al “escenario externo”. Más tarde, corrigió. Wall Street, Europa y Asia habían cerrado en verde.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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