Marcelo Elizondo: “La agenda del desarrollo necesita más que normalización económica”

El debate económico nacional gira empecinadamente alrededor de grandes variables como inflación, déficit fiscal, precio del dólar y niveles de deuda, que los gobiernos que pasan nunca terminan de domesticar. Eso último, el fuerte proceso de endeudamiento de los últimos dos años, tiene una contracara inquietante: el déficit externo del país. En 2017 se registró un déficit comercial récord y un rojo intenso de la balanza turística, lo que sumado arroja un desequilibrio de unos 18.000 millones de dólares. Si por arte de magia desapareciera el déficit fiscal (esto es la diferencia entre los ingresos y los gastos del Estado), la Argentina debería endeudarse de todos modos para hacerse de los dólares suficientes para importar y gastar en turismo emisivo de modo tan copioso.

Si de comercio hablamos, la tendencia sigue siendo inquietante este año. En febrero, el desequilibrio alcanzó a 903 millones de dólares, más de cuatro veces por encima de lo ocurrido un año antes. Las exportaciones subieron por la escalera (10,1%), mientras que las importaciones lo hicieron por el ascensor (26,3%).

Se dice siempre que la manera de eludir esta trampa histórica y de iniciar un camino de desarrollo pasa un fuerte take-off exportador, pero la realidad inmediata desalienta. ¿Será que el proyecto de una Argentina capaz de generar los dólares que necesita para su despliegue está definitivamente perdido?

Según Marcelo Elizondo, uno de los principales especialistas argentinos en comercio exterior e inversiones, no es así. Pero la lista de asignaturas pendientes es larga y su abordaje requiere, como condición, una mejora  de variables que se demora. “Venimos bajando de lo general a lo particular. La prioridad hoy es la macroeconomía y ordenar la situación fiscal, lo que va a permitir bajar la inflación, la tasa de interés, adecuar el tipo de cambio… Me parece que la agenda del desarrollo necesitará de algo más que una normalización. Una cosa no tiene por qué esperar a la otra; todo se puede trabajar en simultáneo”, destacó. Cuando esa precondición esté consolidada, hay que trabajar en el desarrollo de atributos competitivos, en acuerdos comerciales inteligentes y en el diseño de una estrategia de alianzas que tiene que mirar mucho más lejos de las fronteras que lo que las empresas argentinas acostumbran.

Elizondo recibió a Letra P en sus oficinas del centro porteño y repasó en una larga entrevista las claves de ese programa pendiente pero imprescindible.

BIO. Nació en Buenos Aires hace 54 años. Se recibió de abogado en la UBA, siguió formación de posgrado en Derecho y Economía y obtuvo un máster en Administración de Empresas en la Universidad Politécnica de Madrid. Fue director ejecutivo de la fundación Exportar entre 2002 y 2010. Es investigador y docente de Mercados Internacionales y Economía Internacional, y de Competitividad Internacional en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Dirige la consultora DNI (Desarrollo de Negocios Internacionales), fundada en 2010, desde la que presta servicios a empresas internacionales. Hincha de Boca. 

-Uno de los datos económicos más negativos del año pasado fue el déficit comercial, de unos 8.000 millones de dólares y récord nominal histórico. ¿Se trata de un dato de coyuntura o de una tendencia que llegó para quedarse?

-Hoy, creo que se trata de un número de coyuntura, porque fue la primera vez que se produjo un desequilibrio tan marcado. Desde el inicio del siglo solo habíamos tenido déficit en 2015, aunque había sido menor, del orden de los 3.000 millones de dólares. Diría que lo que ocurrió en 2017 fue un fenómeno multicausal. Hay razones que tienen que ver con la coyuntura, como la recuperación del 2,8% de la economía que, como se sabe, cuando crece hace que se importe más. Eso es así porque el grueso de nuestras importaciones son bienes de capital, insumos, energía. Por otro lado, la Argentina venía de una represión de importaciones. Finalmente, hay que considerar el atraso cambiario que tenía el país. Sin embargo, si estas crecieron casi un 20%, las exportaciones lo hicieron menos del 1% en monto, mientras que en cantidades se redujeron un 0,5%. Entonces, creo que el motivo real del déficit comercial no pasa por las compras al exterior sino por las exportaciones, que no crecen.

-¿Cómo estamos en términos regionales?

-En lo que hace a crecimiento de las exportaciones, comparado con 2016, el año pasado fuimos el país de peor desempeño de América Latina. La Argentina exporta mucho menos que Brasil y que México. Y ya menos que Chile, que es una economía más pequeña. Debajo de la Argentina está Perú, pero esa diferencia se va achicando. Si medimos el ratio exportaciones-PBI, estamos muy por debajo de la mayoría de los países de la región. Latinoamérica exporta entre el 20 y el 22% de lo que produce; la Argentina solo el 12%. Brasil está en un ratio parecido al nuestro y el Mercosur es un bloque muy aislado. 

-¿Cuáles son las causas profundas del estancamiento de las ventas externas argentinas?

-Hay problemas serios. Algunos son endógenos, como las variables macroeconómicas, porque es muy difícil exportar cuando la inflación todavía es alta, cuando la tasa de interés es alta, cuando hay atraso cambiario, cuando los costos de producción son altos. Hay también razones no imputables a la Argentina, como que Brasil, nuestro principal cliente, el año pasado todavía estaba en una recesión. Sin embargo, hay factores internacionales que sí son imputables a nuestro país, porque me parece que tenemos un sesgo de dependencia hacia los mercados occidentales, como Brasil, Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, y no aprovechamos bien mercados orientales que son muy demandantes y a los que podríamos venderles mejor. Si se observa cuáles son los 40 principales países importadores del mundo, 25 no están en la lista de los mercados más importantes para la Argentina. Ahí hay oportunidades que el mundo concede, que otros están aprovechando y que nosotros dejamos pasar. 

-Es un lugar común que, para desarrollarse, la Argentina necesita experimentar un boom exportador. ¿Pero hay condiciones para eso?

-Algunas condiciones están, pero faltan otras. El país debería tener una performance exportadora muy superior a la que tiene, pero claro que eso no va a ocurrir este año: las exportaciones van a crecer, pero modestamente, entre un 3 y un 5%, porque todavía hay variables que no están acomodadas y porque la sequía va a pegar mucho. Más allá de la coyuntura, hay sectores capaces de generar un salto exportador en el mediano plazo. En primer lugar, el agroindustrial, claramente, porque hoy más del 60% de nuestras exportaciones son de origen agropecuario. No me refiero solamente a los granos y a otros productos primarios, sino también a la producción manufacturera: los jugos, los aceites, las carnes procesadas. También a los sectores tecnológicos de apoyo a la producción, donde hay una enorme oportunidad para que la Argentina exporte valor agregado puro: nuestro país es el que más ha desarrollado la siembra directa, el que mejor ha adaptado la maquinaria agrícola a los procesos más modernos de producción, de agricultura de precisión, de ingeniería agronómica, de software incorporado en los procesos… En eso hay muchísimo equipamiento y know-how, conocimiento aplicado, que puede ser trasladado a países que podrían tomar nuestras prácticas. Más allá de eso, hay un segundo rubro en el que la Argentina tiene mucho para dar, que es el de los minerales, porque hay muchísimos recursos no explotados, desde los minerales sólidos convencionales hasta los combustibles de origen mineral, con Vaca Muerta en espera. Hay un tercer sector que es el de los servicios, en el que la Argentina tiene muchísimo potencial, sobre todo en lo relativo a tecnología, a información, a la sociedad del conocimiento. Hoy ya se exportan 6.000 millones de dólares en ese rubro, que no es un número despreciable. Explotando esos tres grandes conjuntos, el país podría dar un salto exportador y recuperar un espacio que tuvo. Hoy la Argentina da cuenta del 0,3% del total de exportaciones mundiales, cuando hace 50 años explicaba el 0,8%. 

-Si eso se da, ¿será de manera espontánea o como producto de un trabajo del Estado?

-Tienen que confluir varios factores. Primero, el macroeconómico, el avance del plan de ordenamiento que el Gobierno tiene en marcha, pero que como lo ha aplicado de manera gradual, tiene sus resultados en espera. Cuando se pongan en orden las cuentas fiscales, no habrá que acudir tanto a dólares financieros que atrasan el tipo de cambio. Segundo, si eso ocurre, va a ser necesario algo central: que mejore la tasa de inversión. No hay desarrollo posible sin una tasa de inversión mucho más alta que la nuestra, que es más o menos del 17% cuando el promedio en Latinoamérica es del 22% y en los países asiáticos ronda el 30%. Pero, además hay que ver la calidad de la inversión, porque puede existir capacidad instalada ociosa pero con equipos que hay que modernizar. Un tercer elemento es que hay que generar asistencia a las empresas en el desarrollo de atributos competitivos.

-¿Cuáles son esos atributos?

-Son cinco. El primero es tener una estrategia acertada, elegir bien el mercado, el nicho, los socios. El segundo atributo es el conocimiento incorporado a los procesos de producción y comercialización, porque hoy se compite por estos valores cualitativos. El tercero es lograr alianzas internacionales: nadie sale al mundo solo, hay que tener aliados más que socios, lo que yo llamo “la arquitectura de vínculos” en el mundo. El cuarto atributo pasa por desarrollar elementos reputacionales, como marcas comerciales, patentes, certificados que acreditan estándares, alianzas o trayectorias que conceden prestigio. Y, finalmente, la capacidad de administrar ambientes de negocios distintos. Cada país tiene condiciones, culturas, regulaciones y prácticas de competencia diferentes, a las que las compañías que llegan tienen que adaptarse. Todo esto es responsabilidad del Gobierno y de las propias empresas, pero también de los terceros que trabajan para el sector productivo: universidades, cámaras empresariales… Esto es lo que yo veo que evoluciona de manera más lenta en la Argentina, en la asistencia técnica para el logro de atributos competitivos. 

-El Gobierno declara su voluntad de lograr acuerdos de libre comercio. ¿No se está entreteniendo demasiado en las negociaciones con la Unión Europea, que parecen no terminar nunca?

-La Argentina tiene que negociar con más bloques y países, pero ese es un proceso cuya maduración, inexorablemente, tarda. Tenemos muy pocos acuerdos de libre comercio, de complementación económica, de preferencias arancelarias, lo que hace que muchos productos lleguen al mundo en peores condiciones que los de sus competidores. Con respecto a la Unión Europea, hay que ver que tenemos mucho de competitivo, no tanto de complementario. Por eso insisto en buscar otras oportunidades.

-¿En países “de mitad de tabla”, digamos? 

-Yo creo que hay una “S” que presenta una enorme oportunidad, que va del norte de África, pasa por Asia central y llega a Asia oriental. Incluyo en esa categoría a países como Egipto, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, India, Indonesia, Malasia, Vietnam, Tailandia y, obviamente, China. Son zonas en las que, probablemente, el esfuerzo de negociación y de acceso a mercados generaría resultados más rápidamente en comparación con las dificultades que tenemos con Europa y con Estados Unidos, con los que, insisto, tenemos más de competencia que de complementariedad. De hecho, si mira la evolución de las exportaciones argentinas en los últimos años, los sectores, los rubros, los mercados en los que más crecimiento ha habido son con estos países de los que le hablo. No me parece mal que se negocie con la Unión Europea, no me parece mal que se trate de impedir que Estados Unidos cierre el acceso del biodiésel, el acero o el aluminio. Lo que sí está mal es que eso haga olvidar que hay otros mercados que tienen muchísimo más potencial.

-¿Pero esos países no generan el riesgo de que sus productos arrasen con sectores como el textil, tan sensible en términos de empleo?

-Los tratados de libre comercio abiertos no son la única manera de negociar. Hay otros modelos de complementación económica que son sectoriales, que permiten acordar cupos y cuotas en ciertos rubros y excluir otros. Un ejemplo de eso es el acuerdo que Argentina firmó con México en su momento, restringido al sector automotor y que excluyó todo lo demás. En esos mercados, los de la “S” que menciono, hay muchísima necesidad de productos como los que vende la Argentina. Incluso podrían venir de allí inversiones para producirlos. Pero usted me hablaba de rubros sensibles. La Argentina algún día va a tener que dar un salto de competitividad, porque no los puede proteger para siempre.

-Estamos hablando, supongo, de indumentaria, calzado y línea blanca. ¿Se está trabajando en mejorar la competitividad de esos sectores? 

– Yo creo que ahí todavía no hay avances. Estamos más preocupados por cómo mantenemos el respirador que por cómo damos un salto cualitativo. 

-¿Cómo se evita caer, cuando se habla de eso, en el enfoque liberal típico, que supone que lo que no sea competitivo no debe formar parte del entramado productivo?

-Yo creo que hay que reconvertir. Todos los países del mundo tienen sectores que sostienen. Pero una cosa es sostenerlo simplemente para evitar una crisis y otra cosa es alentarlos para que se hagan competitivos. La Argentina tiene recursos humanos calificados, tiene acceso a insumos, tiene en Latinoamérica un mercado vasto al cual puede abastecer, incluso con rubros industriales que no van a salir a competir en mercados más lejanos. Pero hay que dar un salto cualitativo. En este sentido, hay un tema crítico: uno tiene que saber si va a competir por costos o por calidad y diferenciación. Muchas veces los argentinos nos quejamos de que no podemos competir por precio con productos que vienen de países en los que los costos son inigualables. La verdad es que esos son costos que nosotros ni siquiera querríamos tener, porque se trata de países con procesos productivos que se dan en condiciones muy criticables, sobre todo en Asia. Entonces, sin uno no va a competir por precio, puede hacer lo que han hecho los italianos: desarrollar una oferta cualitativa con diferenciación, con innovación, con atributos relativos a la reputación, como decíamos antes. Claramente los electrodomésticos italianos no son los más baratos, el calzado italiano no es el más barato, la indumentaria de diseño italiana no es la más barata y los autos italianos no son los más baratos. Ellos compiten entre otras cosas porque han instaurado diseño. Eso, que es algo básico y que Michael Porter lo planteaba hace 30 años, en la Argentina no está saldado, es como que nos resignamos. Sabemos que por precio no vamos a poder competir, pero no damos el salto para competir por atributos cualitativos y desarrollar un modelo a la italiana.

-¿Ese puede ser un modelo para nosotros?

-Sí, porque Italia es un país que tiene muchas pequeñas y medianas empresas, mucha creatividad, genera consorcios para darles escala a sus pymes y compite por atributos vinculados con la calidad y la diferenciación. En el mundo, los segmentos de consumo de productos caros generan mucho más dinero que aquellos en los que se compite por costo y precio. 

-Pareciera que la Argentina piensa el comercio exterior en términos ya superados, como la venta de un bien final que se lleva a otro país y por el que se cobra un determinado precio. ¿Sigue siendo así el circuito del comercio internacional?

-No, ya no es así. La UNCTAD, que es la oficina de Naciones Unidas que se dedica al desarrollo productivo, ha descripto cómo funciona el comercio internacional en el mundo. Redondeando, la suma de las exportaciones de todos los países alcanza a 20 billones de dólares por año. El 80% de eso se comercia dentro de lo que se conoce como cadenas globales de valor.

-¿Qué son?

-Se trata de alianzas entre empresas que en distintos países actúan como partes de una red de vínculos sistémicos, no ya como meros compradores o vendedores. Son empresas que planifican juntas a futuro, que deciden inversiones en conjunto y que se reparten en qué invierte cada una, que actúan compartiendo conocimiento, que actúan generando políticas corporativas similares, actuales y futuras. Y como consecuencia, se exportan e importan entre ellas. 

-O sea que producen y exportan partes, no necesariamente bienes finales.

-Por ejemplo, una empresa produce recursos primarios. Los exporta a una de otro país, que transforma esos recursos en un insumo básico, se especializa en eso, y lo exporta, a su vez, a una compañía de un tercer país. Esta última complementa ese insumo con otros que trajo de otro lugar y genera una parte un poco más sofisticada. Al final, en otro lugar se ensambla el bien final. Y este se envía luego a un último país, donde se organiza la distribución comercial. Un ejemplo claro de esto el sector automotriz, tal como ya funciona en la Argentina. El 80% de un auto que se ensambla aquí tiene partes que se trajeron de distintos lugares del mundo. El comercio ya no es una actividad en la que uno vende algo y luego se desentiende. La planificación estratégica de todos esos eslabones se hace en conjunto, el desarrollo de capital intelectual, de conocimiento, de propiedad intelectual se hace en conjunto. Entonces, se forman redes, vínculos sistémicos. 

-¿En qué otro sector de nuestro país se empieza a dar esto?

-Sobre todo en los agroalimentos más elaborados, como en la cadena citrícola. En Tucumán hay empresas que hacen jugo concentrado de limón y que abastecen a las grandes empresas mundiales que elaboran bebidas, por ejemplo la más grande de bebidas carbonatadas, que es Coca Cola. San Miguel le vende jugo concentrado de limón a Coca Cola.

-¿Pero ese esquema no supone una subordinación productiva, que deja para nuestro país el primer elemento, el más precario, de la cadena de elaboración?

-Bueno, pero el jugo concentrado de limón es un componente importantísimo de la bebida carbonatada, y la Argentina es el país más competitivo del mundo en la generación de jugo concentrado de limón. Por ahí no es algo tan sofisticado como la generación de un superchip para una computadora, pero el nuestro es un país de agroalimentos. Tener los mejores limones no es solamente una cuestión de clima: es por el trabajo tecnológico aplicado a la producción, por el cuidado, por la utilización de las mejores tecnologías a la extracción y a la producción del jugo sin errores que podrían afectar el acceso a un cliente que es un ícono mundial. Hay estándares de calidad en los que no se puede errar. ¿Quiere otro ejemplo? Una emblemática empresa que hace válvulas para motores de autos en Rafaela, Basso, es abastecedora de Ferrari y de Lamborghini en Italia hace muchos años. Eso es pertenecer a una cadena de valor. Si la UNCTAD dice que el 80% del comercio mundial ocurre dentro de las cadenas de valor, eso significa que solo el restante 20% es comercio spot: voy, vendo, cobro y vuelvo. Ahora bien, el 30% de las exportaciones argentinas entra en cadenas globales de valor. Por lo tanto, el 70% nuestras exportaciones compiten el 20% del mercado que no se da dentro de esas cadenas. Ahí tenemos un problema de foco sistémico.

-Vayamos a algo básico: ¿tenemos empresas aptas para ese tipo de adaptación?

-Si uno mira el comercio mundial, la participación de las pymes está entre el 15 y el 20% de todas las exportaciones. El grueso de los exportadores mundiales son grandes empresas, porque operan del modo que le comenté. Ya no existe más el comercio internacional, existen los negocios internacionales, dentro de los cuales hay inversiones, alianzas, desarrollos comunes, cadenas de valor… Por eso es muy importante tener empresas multinacionales de origen local, porque son estas las que alientan el comercio dentro de las cadenas de valor. Una multinacional no es una compañía grande que exporta, es una empresa que además invirtió en el exterior y que tiene allí parte de su cadena productiva. Bueno, si uno mira los países latinoamericanos y analiza el fenómeno de las multilatinas, que son las multinacionales de origen latinoamericano, descubre que de las 100 principales, Brasil 25, México más de 20, Chile más de 15, Colombia unas diez… y nosotros solo siete. Tenemos un problema de dimensión para competir. 

-Pero antes hablábamos de las posibilidades de las pymes…

-Claro. Eso no quiere decir que no tengan lugar sino que deben organizarse de tal modo que puedan competir en ese escenario, como lo indica el gran modelo que es Italia. Italia es el país en el cual las pymes tienen más incidencia en el comercio internacional, pero no salen solas, desamparadas y sin espaldas. Se asocian en consorcios. Es posible compensar esa debilidad de escala si se generan consorcios. Por lo tanto, o se desarrollan grandes compañías o, si se trata de un país como la Argentina, que es un país de pymes, se desarrollan consorcios para que puedan salir al mundo. Y eso no se está haciendo. La macroeconomía es lo que nos obsesiona: la tasa de inflación, la presión tributaria, la tasa de interés… Pero la ciencia económica dice que entre eso y la microeconomía, que es el manejo interno de la empresa fronteras adentro, existe la mesoeconomía, que es la relación de la empresa con su entorno inmediato, que son los proveedores, los formadores de recursos humanos, la infraestructura física, el acceso a servicios, el ambiente social, la conflictividad. De lo que estamos hablando, el desarrollo de consorcios, forma parte de lo que debería ser la construcción de una mesoeconomía. Y en eso, en un país como la Argentina, donde el capital social es tan débil, donde hay tan poca confiabilidad en el proveedor, en la relación con el sindicato, en la infraestructura, en el sector público, alguien tiene que ponerse a desarrollar eso. Probablemente el Estado tenga que generar alguna agencia de desarrollo de competitividad. En esto es donde más lejos veo a la Argentina. Son temas que hoy no están en la agenda.

(Nota publicada en Letra P).

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