Perú: un “milagro” económico que erosiona la fe en la democracia

“Lima amaneció como si nada hubiese pasado. La gente vive el día normalmente, aunque acaba de renunciar un presidente. Apuesto a que la salida de (Fernando) De la Rúa en la Argentina fue muy diferente. Pero aquí hay una gran desconexión entre la gente y el poder”.

Así describió en diálogo con Letra P este jueves, el día posterior a la salida del presidente Pedro Pablo Kuczynski, el especialista en Estudios Culturales Bruno Rivas Frías, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPCA).

La economía peruana vive un “milagro” basado en la inversión desde hace más de una década, que la ubicó al frente de casi todos los indicadores de crecimiento y estabilidad en términos regionales. De 2002 a 2013, los años más marcados del auge, el PBI creció un promedio del 6,2% anual, las exportaciones se multiplicaron por seis y el Producto per capita más que se triplicó hasta 6.600 dólares. El país, además, accedió al codiciado “grado de inversión”, que abarata su fondeo en los mercados internacionales.

Si bien en los últimos años ese crecimiento se redujo, sobre todo debido a la declinación del precio internacional del cobre, nadie cuestiona un modelo que, a imagen y semejanza del aplicado en Chile desde la dictadura pinochetista, aspira a cerrar la brecha que separa a Perú de su vecino del sur, al que lo une una relación de admiración económica y antigua (y agria) rivalidad política y hasta militar. Para este año se esperaba una expansión del 4%, pero probablemente esta se recortará debido a la incertidumbre política que se cierne sobre el país.

Los últimos presidentes peruanos llegaron al poder en medio de fuertes expectativas de poder conciliar crecimiento y mejoras sociales, pero al poco tiempo, invariablemente, cayeron en niveles enormes de descrédito. La tendencia  incluye a Alejandro Toledo, al Alan García domesticado por los factores económicos de su segundo mandato, al alguna vez sospechado de chavista Ollanta Humala, y al recientemente defenestrado Kuczynski. ¿Cómo se explica la coexistencia de un auge económico tal con un descrédito semejante de la política?

Oscar Vidarte, politólogo de la PUCP, le dijo a este medio desde Lima “se trata de un fenómeno del siglo XXI. Antes no se daba. No le ocurrió a Alberto Fujimori y ni siquiera al Alan García de su primer mandato, que, como se sabe, terminó de un modo desastroso.

“En la PUCP hicimos encuestas que demuestran que no hay una crisis en las percepciones sobre el modelo económico, que de hecho tiene un apoyo altísimo, de entre el 80 y el 90%. El problema no está allí, aunque es cierto que no chorrea como se quisiera”, añadió.

Bruno Rivas va un paso más allá. “Creo una gran parte de la población tiene una relación de amor-odio con el modelo económico. Por un lado, nadie quiere poner en riesgo lo que este ha obtenido para el país y está instalado un sentido común que hace temer cualquier propuesta electoral que lo cuestione. Esto ha polarizado mucho a la sociedad: fíjese que todas las elecciones recientes se han terminado resolviendo de manera muy estrecha”.

La cuestión del “derrame” puesta en juego por Vidarte pasa entonces al primer plano. El “milagro” es enormemente dependiente de la actividad minera, que da cuenta de cerca del 75% de las exportaciones peruanas. Y se sabe que ese sector es el que menos empleo de calidad genera, comparado con la industria, los servicios y el campo.

El índice oficial del desempleo es bajo, del orden del 7%, pero tres cuartas partes de la población económicamente activa se desempeña en la informalidad. Esto dice varias cosas. Primero, sobre niveles salariales insuficientes. Segundo, sobre la calidad de prestaciones sociales que dependen de un presupuesto equilibrado pero enormemente limitado por la existencia de una enorme economía en negro. Por último, sobre el conjunto del mercado laboral. Una informalidad semejante es mucho más eficaz en sus efectos flexibilizadores que cualquier ley.

Los sucesivos gobiernos peruanos se ufanaron de haber logrado derrumbar los niveles de pobreza. En efecto, la llamada “pobreza moderada” se desplomó del 45,5% en 2005 al 19,3% diez años después. Y la “extrema”, bajó en el mismo período del 27,6% a apenas el 9%.

¿Pero cómo se mide esa pobreza? O, en otras palabras, ¿cuán cómodos quedan quienes salen de ella en un contexto de veloz enriquecimiento de las franjas altas de la población?

La “pobreza moderada” alcanza a los peruanos que tienen un ingreso de 4 dólares diarios y la “extrema”, 2,5 dólares. No es demasiado decir…

Si a ese estado de ánimo social se suma la reiteración de escándalos, no debe sorprender que la política haya caído en un descrédito tan grande.

“El problema es político. Venimos de años de un gran desarrollo económico, pero las expectativas de la población siempre son malas. Además, hay una percepción de que la corrupción es elevada y que hay una gran inseguridad. De hecho, en encuestas internacionales Perú figura siempre entre los países con peores expectativas populares. Sin embargo, curiosamente, no es el país más corrupto ni el más inseguro de la región”, contó Vidarte.

Toledo está prófugo y refugiado en Estados Unidos debido a sospechas de su involucramiento en el escándalo Odebrecht. García, es investigado por enriquecimiento ilícito y lavado de dinero. Humala está con prisión preventiva por corrupción y asociación ilícita. Y Kuczynski tendrá un largo periplo por los tribunales para explicar sus lazos con la constructora brasileña. Póker.

No sorprende entonces que la crisis de la política se vincule “con la existencia de gobiernos muy débiles, que no cuentan con grandes cuadros ni articuladores políticos capaces. Llegan en base a partidos que son simples cascarones, que no tienen raíces en la población, que no llegan con un trabajo político en la sociedad. Eso hace que cuando les llega la hora de tomar decisiones y se confrontan a la imposibilidad de cumplir propuestas de campaña inviables, rápidamente pierden ese link con la sociedad”, señaló Vidarte.

La política está en crisis en Perú, pero el modelo económico parece asegurado. Martín Vizcarra, el vicepresidente primero que servía desde el año pasado como embajador en Canadá, regresó de urgencia a Lima y este viernes asumiría el Gobierno. No es, ni por asomo, un crítico del statu quo. La gobernabilidad, en una coyuntura tan precaria, asoma como su talón de Aquiles.

Y, mientras tanto, el virus de la insatisfacción sigue corroyendo a una sociedad que no atina a expresar con todas las letras las razones de su malestar.

(Nota publicada en Letra P).