Brasil: el ajuste busca su candidato (y no lo encuentra)

No puede decirse que el complot desplazó del poder a Dilma Rousseff y puso en su lugar a Michel Temer haya sido una mera transición política en un Brasil convulsionado. Desde el primer día de un mandato obtenido a los Frank Underwood, bajo el principio de que “la democracia está sobrevalorada”, aquel supo cuál era su misión histórica: cambiar el rostro del país, sacrificándose, cual kamikaze político, en el altar de reformas tan impopulares que ningún gobierno electo por el pueblo se permitiría aprobar.

Así, hizo aprobar la reforma del techo del gasto público, según la cual este solo podrá crecer lo mismo que la inflación en la próxima década, renovable por una más, una decisión que significará un seguro deterioro de los servicios públicos dada pobreza de base de las prestaciones sociales y el propio crecimiento demográfico.

Asimismo, metió mano en el mercado laboral, generalizado a toda la economía la posibilidad de tercerizar las tareas en las empresas, incluso las que hacen al core business de las mismas. En ese sentido, logró aprobar en el Congreso una ley de cuño flexibilizador extremo, que solo después, a la hora de la reglamentación, decidió maquillar suavemente.

En tanto, la previsional, la más dura de todas, quedó atascada en un legislativo cuyos miembros comenzaban a preocuparse por su futuro en las elecciones inminentes.

Mientras, el calendario electoral avanza rápidamente hacia las elecciones de octubre. Como se sabe, Luiz Inácio Lula da Silva encabeza todas las encuestas de intención de voto, pero su futuro parece más cerca de la cárcel que del palacio del Planalto.

Los mercados financieros, habitualmente miopes, festejaron el movimiento temerista hacia un Brasil “moderno”, sin cuestionarse nunca la sustentabilidad política de reformas tan draconianas. Lula ya ha dicho que, si llegara al Gobierno, las sometería a un referendo de predecible resultado, pero se sabe que eso es de difícil concreción.

Según los sondeos, debajo de Lula está el abismo. Así las cosas, ¿qué candidato, con verdaderas posibilidades de éxito, podría asegurar la permanencia que el presidente de emergencia pretende legar? Los números fríos convierten esa pregunta en un albur.

El postulante natural, Aécio Neves, naufragó en las aguas turbulentas de la operación Lava Jato. Aunque, a diferencia de Lula, no corra peligro de prisión inminente (pertenecer tiene sus privilegios, se sabe), su carrera política quedó liquidada.

Detrás de él, asomó otro eterno presidenciable, el actual gobernador socialdemócrata (en verdad conservador) de San Pablo, Geraldo Alckmin. Pero se sabe que al hombre, derrotado en por el propio Lula en 2006, le cuesta mucho salir de su estado, algo que confirman las últimas encuestas. Según la última de la consultora CNT/MDA, registra una intención de voto de apenas el 6,4%.

La búsqueda de un plan B para el establishment es imperiosa. Hace pocos días, el que se lanzó fue el presidente de la Cámara de Diputados, el conservador Rodrigo Maia, un aliado de Temer que garantizó tanto el tránsito de aquellas reformas como la derrota de los pedidos de juicio político contra este. Pero el mismo estudio le dio una intención de voto imperceptible del 0,6%.

Otro que no despega es el actual ministro de Hacienda, el ex Bank Boston y presidente del Banco Central lulista Henrique Meirelles. Sería el sueño del empresariado, pero su problema en que en Brasil votan todos los ciudadanos.

Así, Temer salió a instalar en los medios la posibilidad de su propia candidatura. Su esperanza es jugar la carta de la mano dura, que parece tener mucho sex appeal en el Brasil de hoy, a través de la militarización de la seguridad en Río de Janeiro, pero los primeros resultados de esta tiene como hecho destacado el oscuro asesinato de una concejala (http://www.letrap.com.ar/nota/2018-3-15-14-39-0-el-asesinato-de-una-concejala-pone-en-cuestion-la-militarizacion-de-rio) y un debate político cada vez más agrio.

El resultado del intento parece cantado de antemano, ya que, de acuerdo con ese mismo sondeo, el 88% de los consultados afirmó que no lo votaría “de ninguna manera”. No sorprende, así, que sus intención de voto llegue a un ridículo 0,9%.

La mayoría de los guarismos mencionados de los precandidatos del “partido del ajuste”, transversal a varios partidos, están tan cómodamente ubicados dentro de los márgenes de error que habilitan incluso la humorada de especular con que en las urnas se traduzcan en un cero absoluto…

La que los mercados todavía no quieren admitir es la posibilidad, prematura aún para ser confirmada pero cada vez menos desechable, de que su hombre termine siendo el diputado de ultraderecha Jair Bolsonaro. En el estudio mencionado, este registra un respaldo del 16,8%, lo que lo ubica segundo, detrás de Lula.

Sin el líder de la izquierda en la carrera, Bolsonaro lidera todos los escenarios de primera vuelta y, en segunda, es capaz de pelear mano a mano contra cualquiera.

Ignorante confeso de las cuestiones económicas, los ejes de su discurso son la mano dura extrema, la apología de la dictadura militar, el aval a las torturas, la homofobia y la misoginia. Algo así como un Donald Trump recargado, lo que es mucho decir. Su talante populista de derecha lo hace sospechable para el mundo de los grandes negocios, pero él multiplica las señales de que puede ser el garante de las reformas. Armas en mano, claro.

Esta es la gran paradoja de las reformas. El establishment brasileño se enamoró del atajo llamado Temer, consiguiéndolas a través de un Gobierno impopular y manchado desde su origen. Pero mientras se vote, la prueba ácida del voto popular en algún momento pasa a ser parte de la ecuación.

El partido del ajuste aún busca a su candidato y cada vez le queda menos tiempo. Solo la previsible salida de Lula de la carrera mantiene el misterio.

(Nota publicada en Letra P).

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