Desvela a Chile el dilema de crecer más rápido o con mayor equidad

El cambio de mando de este domingo en el palacio de La Moneda mostró, por segunda vez, la salida de la socialista Michelle Bachelet y el ingreso del conservador Sebastián Piñera. Tal como ocurriera el 11 de marzo de 2010, esa alternancia repetida da cuenta de un estado de deliberación profundo en la sociedad chilena, típico de los países que han logrado un crecimiento sostenido y la gestación de una clase media que, en determinado momento, comienza a pujar por el reconocimiento de derechos hasta entonces ausentes.

Esas aspiraciones legítimas apuntan a una distribución más equitativa de los frutos del sistema económico fundado por el pinochetismo, que produjo prosperidad pero al costo de fuertes rezagos sociales. En ese punto comienza el conflicto: ¿es el capital privado el que debe quedarse con la parte del león, de modo de seguir siendo motor de un proceso vigoroso de inversiones volcado a la exportación, o el sistema debe reforzar el consumo doméstico, cambiando sus bases de sustentación?

Esa pregunta, que por supuesto no es meramente intelectual sino que supone una aguda puja distributiva, tiene en economía un nombre conocido. Es la “trampa de los países de ingresos medios”. Si el empate social que se produce en el momento de su irrupción se eterniza, la política comienza a oscilar con demasiada frecuencia, impidiendo el establecimiento de un sistema medianamente consensuado. Ni más ni menos que el dilema chino actual y que el drama argentino posterior al peronismo fundacional, que explica en buena medida el estancamiento de nuestro país.

Lo anterior no significa que Chile vaya a estancarse o que no pueda lograr un nuevo consenso en temas profundos como el modelo de crecimiento y el de distribución de la riqueza. Pero sí da cuenta de un momento atravesado por un conflicto crudo.

Bachelet deja el poder con una imagen positiva del 39%, de acuerdo con la encuesta que GFK Adimark difundió el último viernes. El número, respetable, mejora en 11 puntos el de seis meses atrás pero empalicede con respecto al 84% con el que la médica socialista había dejado el poder el 2010. No hay que sorprenderse demasiado. Hace ocho años, el Chile de economía trasnacionalizada recién ingresaba en la etapa dura de la crisis económica global; el de hoy, recién se recupera de ese estrago.

Si algo había explicado el regreso de Bachelet al Gobierno era la expectativa de un sector creciente de la sociedad de, justamente, avanzar hacia un reparto más justo de la renta. Eso requería reformas tributarias y de acceso a los servicios básicos que se escenificaban en las calles con protestas hasta entonces desconocidas en pos de mejoras en el transporte y, sobre todo, de gratuidad de la educación.

Si algo distingue el legado de la Bachelet 2.0 es el haber atendido esas demandas. En un chilean way (al modo chileno), diría su sucesor eterno, esto es a través de avances graduales, demasiado graduales para algunos, pero acordes con el ritmo que impone una sociedad en el que las visiones conservadoras siguen tallando fuerte en la consciencia colectiva.

El inicio, inevitablemente, pasó en 2014 por reforzar las arcas públicas a través de una reforma tributaria que gravaron más al sector más acaudalado de la sociedad y a las grandes empresas. El Gobierno que acaba de terminar se ha enorgullecido de haber obtenido el 92% de los excedentes del 1% más rico de los chilenos.

Eso le permitió a Bachelet avanzar, al año siguiente, en la agenda por la gratuidad de la educación universitaria, tan cara como excluyente para las familias trabajadoras. Claro que no la impuso de modo universal en lo inmediato, como le reclamaban en manifestaciones multitudinarias, pero sí terminó con el lucro como uno de los fines del sistema y estableció un esquema para ir avanzando gradualmente. Hoy, más de 162 mil jóvenes gozan de una oportunidad que antes no tenían.

La despenalización del aborto en los casos de violación, inviabilidad del feto y de riesgo de vida para la madre también puso a Chile en el camino de la modernización.

La promesa de una reforma laboral resultó menos espectacular en sus resultados, expresión de que tocaba el hueso del modelo, basado en un nivel de flexibilidad de las relaciones entre patrones y trabajadores con pocos parangones en Occidente.

Lo mismo cabe decir de su idea de actualizar la Constitución, tendiente a facilitar las mayorías y criterios para su reforma, a reconocer más cabalmente derechos individuales y sociales y a reconocer los de las minorías indígenas. Esta, producto de un amplio debate social, se plasmó en un proyecto que fue remitido al Congreso solo seis días antes del final del mandato y cuyo destino será difícil en manos de una legislatura conservadora.

La impronta reformista de Bachelet, con sus claros y oscuros, será reconocida en el tiempo, más allá de la erosión que le provocaron algunos escándalos que involucraron a su propia familia en negocios inmobiliarios poco claros.

Pero lo que definió el último proceso electoral en favor del derechista Piñera fue, seguramente, la economía.

El crecimiento en la era Bachelet fue del orden del 1,8% anual, muy mediocre para lo que ha sido la historia del país en las últimas décadas y también en relación con los logros de su primera gestión.

Si en el primer mandato de la socialista el cobre, principal producto de exportación, cotizaba por encima de los 3 dólares, en el segundo ocurrió todo lo contrario, lo que lastró a toda la economía. El rebote, dicen los especialistas, ya comenzó y este año se acentuará, algo de lo que deberá beneficiarse Piñera, con una mejora esperada del PBI del orden del 3,7%.

Mientras, la deuda pública trepó a fines del año pasado a un 23,8% del Producto, el mayor ratio desde 1993, y el déficit fiscal llegó a un 2,8% del PBI, sin precedentes desde 2009. Los últimos han sido años en los que las inversiones extranjeras directas no fluyeron como deseaban muchos países, por lo que el funcionamiento de la economía dependió más del recurso al endeudamiento. ¿Será que la lluvia de inversiones que tampoco llega a la Argentina es un fenómeno en buena medida global? El problema, en todo caso, es hacer planes dándola por descontada.

Así las cosas, la idea que permeó en muchos chilenos es que las reformas sociales inclusivas supusieron un aumento del gasto público que es incompatible con el desarrollo de largo plazo. En esa cuña se gestó el retorno del conservadurismo al poder.

Le toca desde este domingo a Sebastián Piñera encontrar la cuadratura del círculo. De no lograrlo, dejará de atender demandas sociales que siguen siendo apremiantes y pospondrá la búsqueda de un modelo que goce de un consenso amplio. Tarde o temprano eso le provocaría reproches amargos.

Gobernar sociedades que comienzan a acostumbrarse al bienestar y reclaman condiciones de vida cada vez mejores no es sencillo. Pero es un precio que se debe pagar con gusto.

(Nota publicada en Letra P).

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