El PT se resigna al ocaso de Lula y busca nuevos rostros y estrategias

El Partido de los Trabajadores (PT) reaccionó con furia a la decisión del Superior Tribunal de Justicia (STJ) de rechazar un habeas corpus preventivo para impedir la entrada en prisión de Luiz Inácio Lula da Silva, condenado en segunda instancia por corrupción pasiva y lavado de dinero. Pero detrás de la ira asoma la confusión, dado que Lula es la gran carta de la agrupación para volver al poder del que fue despojado tras el controvertido juicio político a Dilma Rousseff en agosto de 2016. ¿Cómo seguir?

La situación del ex presidente es dramática. El cumplimiento de la condena a 12 años y un mes de cárcel por, supuestamente, haber recibido como soborno un tríplex en el balneario de Guarujá (San Pablo) de parte de la constructora OAS solo depende de dos instancias. Una, apenas formal: que el Tribunal Regional Federal Nº4 complete el “embargo de declaración”, una instancia explicativa solicitada por la defensa de Lula pero que no alterará su sentencia; dos, una posible -pero incierta, por ahora- intervención in extremis de la máxima corte brasileña, el Supremo Tribunal Federal.

El problema es que, si bien los jueces del STF se muestran divididos sobre qué hacer con el hierro caliente que significa el posible encarcelamiento de Lula, el cuerpo ya falló a favor de la constitucionalidad de que las penas por corrupción sean de cumplimiento efectivo a partir de, justamente, una confirmación en un tribunal de alzada. En Brasilia prima la percepción de que a lo largo de marzo podría quedar sellada la suerte del hombre que juró y cumplió hacer comer a todos los brasileños tres veces por día.

Teóricamente, aun preso, Lula podría seguir siendo candidato hasta que otra instancia judicial, el Superior Tribunal Electoral, se expida sobre la validez de esa pretensión. La llamada ley de “ficha limpia” establece que los condenados en segunda instancia pierden los derechos políticos. La fecha clave para la inscripción de las candidaturas es el 15 de agosto.

Sin embargo, y pese a que todas las encuestas dan a Lula como el máximo favorito tanto en primera como en segunda vuelta, las condiciones políticas y judiciales para que su candidatura sea posible se estrechan cada día más.

La presidenta del PT, Gleisi Hoffmann, resumió la postura de la agrupación de izquierda al asegurar que la decisión del STJ fue “un punto más en la persecución” contra el líder partidario y que este “sigue siendo nuestro candidato a la Presidencia”.

Pura porfía. ¿Por qué, entonces, Lula sigue recorriendo Brasil con un vigor que llama la atención por sus 72 años y su historial médico?

En el mejor de los casos, porque apuesta a poder estar al frente de la lista del PT en las urnas el domingo 7 de octubre. En el peor, porque seguirá el escrutinio desde la cárcel pero no tiene tiempo para perder si quiere instalar a un sucesor propio, como ya hizo con Dilma en 2010.

Una tarea difícil pero no imposible. Los nombres que podrían ser instalados parecen, hoy, limitados a dos opciones.

Una, es el exgobernador de Bahía (de 2007 a 2015) y jefe de gabinete en el tramo final de Dilma. Jaques Wagner. Como nordestino. Sería un bien dique de contención para los votos lulistas en la región que es el gran bastión del PT. A su favor tiene una condición fundamental: la operación Lava Jato (lavadero de autos) no lo ha rozado.

La otra es el exalcalde de San Pablo, Fernando Haddad, otro ileso de los sabuesos anticorrupción, no es una carta ganadora en ese colegio electoral, pero sí permitiría hacer allí una elección aceptable que sumaría unos cuantos puntos a nivel nacional. Se trata, con todo, de un candidato extraño para la impronta que está tomando este PT de guerra: es un moderado, trata de sumar votantes en un estado muy volcado a la derecha desde hace años y hasta dialoga con el mercado, al que trata de seducir señalando que reformas como la laboral y la del congelamiento del gasto público, impuestas por Michel Temer en versiones radicalizadas, pueden ser “revisadas” pero “no para volver a la situación anterior”.

Que Wagner y Haddad puedan ser cartas ganadoras es muy difícil. Más allá de no ser Lula y de las flaquezas que les son propias, ambos arrastrarían con una sigla gravemente desprestigiada en Brasil. Pero sumar, mantener resortes de poder, bancas, algún estado son objetivos imprescindibles si el PT y Lula pretenden alguna vez dar vuelta esta coyuntura trágica.

Algo a favor es que Lula podría arrastrar hacia ellos o hacia algún tapado, incluso extrapartidario, una cantidad de votos suficiente para al menos llegar en segundo lugar y aspirar a una segunda vuelta. Por eso es que sigue en campaña pese a los pronósticos sombríos sobre su futuro, podría pensarse.

No hay del otro lado ningún coloso y los sondeos muestran, por ahora, una larga serie de enanos electorales a los que no es descabellado enfrentar. Entre ellos sobresale el diputado Jair Bolsonaro, un ultraderechista que haría parecer casi progresista a Donald Trump o a Marine Le Pen. Muchos confían en su discurso de mano dura, protortura y machista. Pero muchos más le temen.

Brasil se encamina a nuevas conmociones y sorpresas.

(Nota publicada en Letra P).

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