Macri ordena a su tropa y mira de reojo a los perdedores del modelo

Intrigado por lo poco que duró la luna de miel posterior a las legislativas de octubre pasado, por lo efímero de los pronósticos que daban la reelección en 2019 como un hecho, por los diez puntos de imagen perdidos desde diciembre y por la dificultad de remontar esa ladera inesperada, el Gobierno busca darse un nuevo protagonismo.

Las encuestas que el jefe de Gabinete Marcos Peña le acercó a Mauricio Macri dan cuenta de un sentimiento social de creciente pesimismo que resulta complejo revertir, veneno para una administración que había hecho de las expectativas positivas su escudo contra los rigores del sinceramiento económico que se propuso como objetivo. El desconcierto es tal que en los despachos oficiales se celebra el lograr tirar la pelota afuera, instalar temas no económicos en los medios y ganar tiempo hasta que junio ponga en primer plano las gambetas de Lionel Messi.

Esos sondeos, con todo, contienen una clave en la que reparó el Presidente. Si quienes consideran que la situación económica del país estará en los próximos meses peor o mucho peor son casi el 45%, el porcentaje de quienes proyectan de ese modo su futuro personal es, al menos, diez puntos menor.

Ante ese “gap”, tal la definición del propio mandatario, Macri les reprochó en la última reunión de gabinete ampliado a sus funcionarios la falta de garra para llenar lo que considera un vacío comunicacional. Esa reprimenda es la razón por la que varios hombres del poder sorprendieron en los últimos días con referencias, incluso directamente agresivas, hacia distintas expresiones críticas.

Las permanentes diatribas contra los sindicatos de docentes son una muestra de ello.

También lo es la “invitación” del ministro de Producción, Francisco Cabrera, a los industriales a que “dejen de llorar y se pongan a invertir y a competir”, respondida, a su vez, más por necesidad que por convicción por el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Miguel Acevedo, y por José Urtubey.

Y, claro, la columna en el diario La Nación con la que hizo ruido el secretario de Hacienda, Rodrigo Pena, en defensa del gradualismo y contra los cruzados del ajuste hard core. En ese texto, el subordinado del ministro Nicolás Dujovne hace una fuerte defensa del gradualismo fiscal y embiste contra uno de los abanderados más críticos de la tesis del shock, José Luis Espert, a quien le refutó una columna anterior.

Docentes e industriales son una categoría; Espert es un individuo. Pero en realidad Rodrigo Pena puso sutilmente en la figura de ese economista, ajeno a la galaxia PRO, una queja que el oficialismo reparte puertas adentro, si es que se puede considerar a esta altura parte del oficialismo a hombres como Carlos Melconian y Alfonso Prat-Gay. Esa, la de los economistas que abren fuego amigo cada vez más intenso, es toda una categoría.

Si las elecciones legislativas de octubre supusieron el punto más alto de la confianza ciudadana en el Gobierno, ese cénit también marcó el inicio de un relativo (y reversible, ¿cómo no?) declive. Desde entonces, a dos años de la asunción de Macri, la parte del electorado que es afín a Cambiemos, pero que no es su núcleo duro, dio por terminada la transición y comenzó a juzgar al Gobierno más por sus resultados que por la “herencia recibida”. El período, se sabe, coincidió con un irritante ajuste previsional, con escándalos por irregularidades de ministros y segundas líneas, con ajustes de tarifas que suman dolores a los ya aplicados, con un relajamiento de la política monetaria que es toda una declaración de impotencia en la lucha contra la inflación, con un salto fuerte del dólar y con el inicio de negociaciones paritarias en las que, aferrado a la idea del 15% sin cláusula gatillo, el Gobierno les dice a varios sindicatos que este año, otra vez, el salario será la gran variable de ajuste de la economía.

Mientras refuta con dureza a los críticos, la Casa Rosada instala temas en la agenda que le sirven para correr del foco las espinosas cuestiones económicas -mano dura, inmigración, aborto, paridad salarial-. Forma así alianzas de opinión cambiantes y busca desarticular el clivaje binario de la política, que no lo venía favoreciendo. Parece que la grieta K/anti-K paga cada vez menos.

La estrategia funciona en el corto plazo. Pero, si se observa bien, las quejas de los empresarios por el “costo argentino” y la de sindicatos como los de docentes, cada vez más sonoras, comienzan a conformar una coalición de los perdedores del modelo, desde industriales que atienden al mercado interno hasta categorías de trabajadores de sectores con problemas de competitividad, pasando claro por los estatales.

Lo otro, las reyertas con economistas supuestamente “del palo”, alude a otros perdedores: los que fueron expulsados por las movidas palaciegas.

Tras dos años de gracia social, mediática y autoadjudicada, el macrismo comenzó a gobernar. Y eso siempre deja heridos. Que estos confluyan en una expresión política potente es otra cuestión.

La instalación de temas, relevantes todos pero que obturan el clivaje principal, es como un piquete ante el paso de la ambulancia. El Gobierno gana tiempo.

(Nota publicada en Letra P).

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