Wall Street, la amenaza externa al modelo macrista

El derrumbe de las bolsas asiáticas presagiaba otra jornada difícil hoy en los mercados globales, después del “lunes negro” en el que el mercado neoyorquino cerró con la mayor caída en puntos de su historia: 1.175 (4,6 %). La Bolsa de Tokio se desplomó un 4,73 %, la de Hong Kong 5,12 % y la de Shangái 3,35 %, lo que se influyó negativamente en Europa (-2,64 en Londres y -2,32 en Fráncfort). Sin embargo, el desplome de los futuros en Wall Street a primera hora no fue definitivo y al cierre el Dow Jones rebotó un 2,33 %.

La marca de la rueda fue, con todo, una fuerte volatilidad, lo que hace imposible asegurar que la crisis de los últimos días haya terminado o suponga solamente un susto pasajero.

Está en juego nada menos que la posibilidad de un viraje brusco y duradero en el sentido de los flujos de capital, algo que si se concreta, puede impactar duramente en la Argentina y alterar el humor social y el programa de Gobierno de Mauricio Macri.

Hasta ahora, todo venía demasiado bien en la Bolsa de Nueva York. La economía estadounidense crecía a un ritmo interesante, cercano al 2,5 %, y el plan de recorte de impuestos de Donald Trump mejoraba las perspectivas para este año. La inflación se mantenía bajo control y el país entraba en el décimo de tasas de interés extraordinariamente bajas, resabio de la crisis de las hipotecas, cuyo hecho más visible fue la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008.

El humor cambió súbitamente el viernes, tras conocerse un informe según el cual los salarios industriales crecen a casi el 3 %, más que lo esperado por los analistas. Si, de la mano de esto, el peligro inflacionario reaparece, se supone que la Reserva Federal acelerará la política de retiro de dinero del mercado a través de un incremento más veloz de la tasa de interés de referencia, atrayendo hacia Estados Unidos a capitales que hasta ahora buscaban mayor rentabilidad en mercados como el argentino.

El viernes, el índice Dow Jones de acciones industriales líderes se desplomó simbólicos 666 puntos, a lo que siguió el pésimo día de ayer, suficiente para borrar todas las ganancias del año. Al flamante presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, el mercado no le dio ni siquiera la chance de acomodarse en su oficina.

¿Es normal que el Dow haya trepado un 25 % el año pasado, que el índice amplio (y más representativo) S&P 500 lo hiciera un 19 % y que el tecnológico Nasdaq subiera un 28 %?

La política monetaria expansiva de la Fed permitió sacar a Estados Unidos de aquella crisis y generó un círculo, virtuoso por las cuentas que engrosó pero, si la sangre llega al río, vicioso por sus consecuencias de largo plazo. La “bicicleta” versión Nueva York consistió en la toma de deuda a tasas ridículamente bajas y la inversión de ese dinero en la compra de activos financieros, un esquema que no puede resistir la previsión de un encarecimiento en el flujo de dinero.

“Lo primero es ver si estamos ante una burbuja en el mercado. Por ahora no parece, pero habrá que ver si lo que hoy claramente es una sobrerreacción se convierte en una corrección tipo burbuja”, le dijo a Letra P Luis Palma Cané, economista y titular de Fimades. “No tengo duda que por ahora es una sobrerreaccion, pero no sería la primera vez que una sobrerreaccion se convierta en una corrección”, agregó. La cuestión resulta crucial para el futuro económico y político de la Argentina.

El Gobierno nacional exhibió dos políticas económicas desde su asunción en diciembre de 2015. La primera etapa, que terminó después de las elecciones legislativas del año pasado, estuvo signada por una durísima política monetaria que, en los hechos, significó la única ancla contra la inflación, cuyo abatimiento era, se suponía, el principal objetivo. Hacia fin del año pasado, en tanto, el ala política encabezada por el jefe de Gabinete, Marcos Peña, le torció el brazo a Federico Sturzenegger y, al “recalibrar” (elevar) la meta de inflación para este año de 10 a 15 %, abrió la puerta a una gradual reducción del precio del dinero. La idea es no frenar el crecimiento (del que depende un aumento de la recaudación y el paulatino cierre de la brecha fiscal) y colocar al dólar un escalón más arriba.

Lo que se mantuvo, con todo, fue la aproximación gradualista (demasiado gradualista para el liberalismo de paladar negro) a la cuestión fiscal, mientras una agresiva política de toma de deuda en los mercados internacionales se traducía en un desequilibrio financiero creciente y en un ingreso de dólares tan intenso que derrumbó la cotización de la divisa, para desesperación de exportadores, economías regionales y productores que compiten con los importados.

Una eventual reversión de los flujos de capital hacia la calidad que ofrecen los activos estadounidenses encarecería el costo de financiamiento para la Argentina, lo que pondría en crisis el enfoque gradualista de Macri, Peña y Nicolás Dujovne.

Palma Cané mantiene la cautela. “Es claro que ante cada suba de la tasa en Estados Unidos, se incrementa el costo del endeudamiento, que pasaría a ser menos barato. Pero eso no es lo mismo que decir caro”, estimó. “El impacto obviamente es negativo. Nos va a costar más endeudarnos y habrá menos dinero disponible para los países emergentes, pero no es para tirarse por el balcón”, matizó.

El futuro depende, entonces, de que el mercado se autocontenga o que la Fed atine a dar las señales adecuadas. Ahora bien, el riesgo de que la corrección derive en pánico complicaría notablemente al país.

Ante un ambiente internacional adverso, el sostenimiento del objetivo antiinflacionario ya no podría mantenerse, como hasta ahora, en base al recurso fácil al endeudamiento. La alternativa, por la que la ortodoxia criolla brama desde hace meses, sería un retorno a la política de altas tasas de interés (ajuste monetario) y a una aceleración de la reducción del gasto (ajuste fiscal). Observar cada día la cotización del dólar y rezar para que no se escape y se traslade a los precios se convertiría en un ejercicio cotidiano en la emergencia.

“El problema básico de la Argentina no es la tasa de interés mundial sino lisa y llanamente el deficit fiscal que el Gobierno no ataca como debiera. Una cosa es el gradualismo, con el que estoy de acuerdo, y otra cosa es la velocidad crucero del mismo”, indicó el titular de Fimades.

Ciertos análisis políticos adolecen del mal de espiralizarse en el aire, mal en el que incurren algunos observadores y la mayoría de los jugadores del sistema financiero. Cuando Cambiemos se impuso en las legislativas, la euforia se trasladó a la Bolsa porteña, ya que se descontaba que el proyecto proempresa actual tenía asegurada la reelección de sus tres principales figuras: el Presidente, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta.

Esa línea de pensamiento no advirtió dos cosas. Una, que la realidad argentina es vertiginosa, tal como se comprobó apenas se cerraron las urnas, en el diciembre caliente en el que el país ardió por la modificación del ajuste de las jubilaciones. En ese mes, el humor social dio un vuelco (provisorio, claro) que devaluó la imagen presidencial. Dos, que todas las advertencias, de ortodoxos y heterodoxos por igual, apuntaban justamente al peligro de un escenario de suba más veloz de la tasa estadounidense. De concretarse, el “cisne negro”, por anunciado, no debería pasar de gris claro.

Lo notable es que esos análisis sobre un ciclo irreversible de Cambiemos hasta 2023 permeó en buena parte de la oposición política. Como se dijo: no hay hoy motivos para el pánico, pero nada asegura que el contexto internacional no se deteriore y, con él, el humor social. Pero si eso ocurre, probablemente la oposición encuentre una causa para abandonar su resignada división.

(Nota publicada en Letra P).

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