Mario Abdo ganó las primarias en Paraguay: el coloradismo tradicional desplaza al liberalismo

“La soberbia ha sido vencida hoy y para siempre (…) Nosotros vamos a trabajar con humildad y les pido, que desde hoy, tendamos un puente para unir primero al Partido Colorado. ¡Desde mañana, todos somos Lista 1!”, arengó a sus simpatizantes Mario Abdo Benítez el domingo a la noche, al proclamarse vencedor de la primaria presidencial de la principal maquinaria política de Paraguay. ¿Hablaba el próximo presidente?

Mientras el vecindario sudamericano contenía el aliento ante los comicios chilenos, que marcaron el retorno al poder de Sebastián Piñera y, con ello, la aparente consolidación de un ciclo conservador, lo que ocurrirá en Paraguay de aquí a la votación del 22 de abril le introduce a esa presunción un matiz interesante. ¿El ahora candidato Abdo es más de lo mismo en relación con el saliente, Horario Cartes, o su entronización obliga a repensar los efectos secundarios de la receta liberal en nuestros países?

Buena parte de lo que se jugó ayer en la primera elección interna simultánea de la historia paraguaya para elegir a los candidatos a presidente, vicepresidente, senadores, diputados y gobernadores para las generales del 22 de abril fue una disputa entre “familias políticas”. “Marito”, como todos lo llaman, se quedó con el 50,93 % de los votos frente al 43,29 % del candidato de Cartes, el exministro de Hacienda Santiago Peña; entre ambos, convocaron a más de un millón de colorados a las urnas. Fue un choque fuerte entre el aparato tradicional de la Asociación Nacional Republicana (verdadero nombre de la agrupación hegemónica), nucleado en el movimiento Colorado Añeteté (“auténtico”), disidente esta vez, y el del cartismo oficial, no menos pletórico de recursos y formidable en su capacidad de persuasión pero que, en buena medida, le dio en los últimos años la espalda a los habituales influyentes y punteros del bajo clero partidario.

El presidente saliente, el gran derrotado, se rodeó de lo que sus rivales denominan con desdén como un “gabinete de ejecutivos”, un equipo de liberales que abjuró de las tradiciones populistas del partido. El coloradismo de paladar negro nunca toleró el precipitado ingreso de Peña, militante de toda la vida del Partido Liberal, su rival/enemigo. Todo agravado por el fallido intento de aquel de forzar un cambio constitucional para poder acceder a la reelección, lo que derivó en graves episodios de violencia a fines de marzo y principios de abril. He allí las principales razones de lo ocurrido.

“El resultado representa, en primer lugar, un freno a la acumulación de poder de Horacio Cartes. En los últimos años se compraron medios, aumentó la influencia del Gobierno en el Poder Judicial, se tuvo controlada a la Corte. Hubo un freno a esa acumulación de poder”, le dijo desde Asunción a Letra P el periodista y conductor de televisión y radial Luis Bareiro. “Y también hubo una reacción de la burocracia, porque la administración actual hizo recortes necesarios en el gasto público, por más que en el último tramo de la campaña terminó traicionando su discurso para garantizarse votos y haciendo lo mismo que antes denunciaba”, agregó.

Estela Ruiz Díaz, analista del diario Última Hora y de radio Monumental, coincidió por vía telefónica en que “lo fundamental de la derrota del cartismo tiene que ver con la cultura tradicional del Partido Colorado. Santiago Peña fue un candidato impuesto en forma vertical y soberbia por el Presidente a pesar de que haber sido del Partido Liberal es un estigma para él”, explicó la especialista.

Pese a un crecimiento económico promedio superior al 4 % en los últimos doce años y a una remarcable estabilidad de precios, Paraguay sigue siendo un eslabón débil dentro de la cadena de por sí débil que es América Latina. En países así, donde el mercado formal no llega a todos los rincones, el control del aparato del Estado resulta fundamental para el acceso a negocios de todo tipo, desde las contrataciones y concesiones hasta el incrustamiento de allegados en su estructura, pasando, cómo no, por la posesión de la llave de resortes aún menos confesables. “El Partido Colorado es terriblemente prebendario”, señaló Bareiro.

Pues bien, el parcelamiento de esas posiciones de poder es lo que se jugará en las próximas semanas y meses para saber si el Partido Colorado, la histórica lista 1, llega verdaderamente unida a abril, la clave para que Abdo sea, como casi todo el mundo pronostica, el seguro presidente por cinco años. El primer gesto público del vencedor consistió en dar señales de flexibilidad en ese sentido.

Más allá de la pelea de aparatos, existe, aunque sea todavía en un segundo plano, otro nivel de análisis, dado por los efectos de las políticas liberales del mandatario saliente. Uno de los aspectos en los que Abdo Benítez más machacó en su exitosa campaña fue el de la pobreza, que creció del 28 % en 2013 al 28,9 % a fines del año pasado. El derrame, si ocurre, no se dio hacia abajo.

“Una gran diferencia entre Paraguay y la Argentina es que la cobertura pública de las urgencias sociales aquí es infinitamente menor. La salud pública tiene terribles deficiencias y en educación Cartes nunca hizo un verdadero cambio. Los efectos (de las políticas oficiales) se sienten en el área social y por eso el sector disidente puso énfasis ahí”, explicó Bareiro.

Estela Ruiz Díaz recordó que “en Paraguay, las elecciones no son batallas ideológicas. Pero es cierto que Peña representaba más a ese modelo neoliberal, por la raíz su candidatura. Su condición de joven tecnócrata del Banco Central, alineado con las recetas internacionales, hizo que se lo viera de ese modo”.

En contrapartida, el senador “Marito” se ha opuesto al Presupuesto 2017, entre otros gestos de rebeldía. Y en la entrevista que le concedió a Letra P hace poco más de un mes, prometía garantizar la estabilidad y las reglas de juego económicas “pero construyendo un modelo más inclusivo”. ¿Cómo? Poniéndole un coto a un proceso intenso de endeudamiento y volcando más fondos a la política social, a educación y salud. “Una cosa es el crecimiento económico y otra el desarrollo”, señalaba.

¿Suficiente para decir que Abdo, hijo de quien fuera el histórico secretario privado de Alfredo Stroessner, es un populista? Para nada, pero sí para señalar que se rodeó de dirigentes y votantes que, en buena medida, sí lo son y que van a reclamar, al menos, una “tercera vía” que los contenga. Un elemento útil para ellos será (¿cómo no?) la carta nacionalista que promete jugar para renegociar el pacto entre Cartes y Mauricio Macri por la deuda de Yacyretá con nuestro país, que él desconoce.

Abdo Benítez tendrá enfrente el 22-A a la fórmula liberal-luguista, la misma alianza que venció en los comicios de 2008 e implosionó cuatro años después en medio de denuncias de golpe parlamentario. La ventaja es que, esta vez, el orden de la fórmula se condice con el peso específico de cada uno de esos sectores, con el Partido Liberal poniendo como presidenciable a Efraín Alegre y con la izquierda colocando como su compañero de fórmula al periodista Leo Rubin. Alegre venció ayer con más de 308.000 votos a Carlos Mateo, que se hizo con insuficientes 132.000.

“Hay una sensación de que el colorado que gana la interna va a ser el presidente de la República. Pero ahora se barajan nuevamente los naipes y veremos cómo reacciona la alianza entre el liberalismo y el sector de Fernando Lugo, que es quien tiene arrastre popular en la izquierda”, auguró la analista.

Si ese sector logra, al menos, condicionar la discusión preelectoral, poniendo en primer plano las carencias del modelo cartista, acaso la lectura del mapa político regional resulte menos lineal y a la postulada ola conservadora haya que colocarle, al menos, un sugestivo asterisco.

(Nota publicada en Letra P).

Anuncios