Más que a la independencia, Cataluña se asoma a un futuro de zozobras

Como se esperaba desde hace tiempo, más allá de las idas y vueltas que impone en la práctica un proceso tan apasionadamente defendido como repudiado, el Parlament de Cataluña acaba de aprobar, por 70 votos contra 10 y dos abstenciones, el nacimiento de “una república catalana como Estado independiente, soberano, democrático y social”. El objetivo debe comenzar, en lo formal, con el inicio de un proceso para avanzar hacia una carta magna, con una elección de constituyentes mediante.

Pero antes de eso, seguramente, se encontrará de frente, como también se descontaba, con una furiosa respuesta del Estado central español, que no aceptará que en esa rica región comience un proceso de desgajamiento que, al final, puede dejarlo convertido en un miembro decididamente periférico de Europa.

El mecanismo de defensa de Madrid será, en lo inmediato, la aprobación en el Senado de la intervención de la autonomía catalana a través del artículo 155 de la Constitución, lo que supondrá la remoción del Govern rebelde, la limitación de las atribuciones del Parlament, la toma de control de la administración pública regional (¿y de los medios de comunicación?) y la convocatoria a elecciones anticipadas en menos de seis meses.

Los independentistas que piensen que el júbilo de estas horas significa el final de la crisis se equivocan gravemente. Tanto como los españolistas que imaginen que el peso de la bota de Madrid pondrá pronto fin a lo que consideran una estudiantina irresponsable.

La independencia desencadenará la intervención y esta, probablemente, una movimiento de desobediencia civil cuyo alcance está por verse. Los sindicatos catalanes ya declararon una huelga hasta el 9 de noviembre y cada irrupción de las fuerzas de seguridad en dependencias oficiales y medios de comunicación autonómicos amenazará con recrear las imágenes violentas del referendo del 1 de octubre, que tan caro le costaron al Gobierno de Mariano Rajoy en términos de reputación internacional.

¿Y si la intervención se impone finalmente? ¿Qué pasará en las elecciones autonómicas que deberían ponerle fin en cuestión de meses?

No es impensable que la (nueva) irrupción del centralismo español en Cataluña refuerce el voto secesionista.

El error de quienes tachan sin más trámites como absurdo el proceso independentista es imaginarlo como una torpeza de cúpulas. Ignoran su arraigo social, algo que no será fácil remover con una intervención de seis meses.

Lo deseable sería que más temprano que tarde las partes alumbren una negociación que permita darle a esa presión un cauce constitucional y refrendado en las urnas. Sin eso, sin esa sensatez, la crisis será interminablemente dolorosa.

(Nota publicada en ambito.com).

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