El Mercosur sin Venezuela, un “éxito” de consumo interno pero un fracaso diplomático

Si la suspensión política (permanente) de Venezuela por parte del Mercosur era desde hace tiempo un objetivo de Mauricio Macri, hay que decir que su concreción en la reunión de cancilleres de San Pablo del último sábado significó un éxito político. Sin embargo, se trata de un éxito extraño, agridulce, porque supone a la vez la admisión de un rotundo fracaso diplomático: el bloque regional fue impotente tanto para impedir como para reparar nada menos que la ruptura del orden democrático en uno de sus miembros. Muy poco Mercosur.

Con la suspensión (que no es una expulsión, como repiten quienes se empeñan en convertir ese “éxito” en algo aún más rutilante), se excluye al Estado sancionado de todos los niveles de participación y representación dentro del bloque, tal como le ocurrió al Paraguay que en 2012 arrojó por la ventana a Fernando Lugo. ¿Aplicada la “cláusula democrática”, qué queda entonces por hacer con Venezuela, de qué modo la diplomacia regional puede influir en el futuro?

La pregunta resulta crucial cuando el régimen chavista no da señales de ceder en su ofensiva sino de todo lo contrario. La instauración de la cuestionada Asamblea Constituyente se tradujo de inmediato en la remoción la fiscal general, Luisa Ortega, y lo que sigue en el orden es el debate sobre una “Comisión de la Verdad”, la que se espera que despoje a los diputados opositores de su inmunidad para que sean juzgados por su supuesta responsabilidad en la ola de violencia desatada el 1 de abril en el país.

La situación resulta más dramática tras la denuncia chavista de un ataque contra una guarnición militar en Valencia. Pese a que referentes de la oposición salieron a despegarse de ese intento de encender la mecha de una rebelión castrense, no pasarán desapercibidos a los constituyentes los repetidos llamamientos de responsables de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) a una acción de la Fuerza Armada.

En ese sentido, la continuidad del ping pong que devolvió a Leopoldo López al arresto domiciliario puede ser entendida como una módica concesión para distraer a algún incauto mientras Constituyente prepara el embate final contra la Asamblea Nacional (parlamento).

Así las cosas, la única opción del Mercosur para ir más allá de lo ya realizado sería la aplicación del Protocolo de Montevideo sobre Compromiso con la Democracia en el Mercosur de 2011, conocido como “Ushuaia II”, que permite dejar sin efecto la vigencia del propio Tratado de Asunción, limitar el comercio y hasta el cierre de fronteras. En este caso sería un absurdo que, más que penalizar al chavismo, castigaría más a los venezolanos.

Así las cosas, jugada la carta más fuerte posible, nada queda por hacer más que mirar el partido desde la tribuna. La conciencia queda en calma, pero eso no genera necesariamente efectos políticos virtuosos.

Lo anterior, sin embargo, no necesariamente implica un cuestionamiento. Tampoco era una opción seguir reiterando vacías exhortaciones al diálogo a un régimen que desde hace tiempo se niega a entablarlo.

En realidad, los socios de Venezuela no tenían mucha forma de incidir, lo que lleva a otros cuestionamientos, en este caso sobre la calidad de la institucionalidad del bloque y la de sus Estados miembros. A sus debilidades congénitas, en suma.

El Protocolo de Ushuaia sobre Compromiso Democrático nació en 1998 tras el asesinato del vicepresidente de Paraguay Luis María Argaña. Fue aplicado por primera vez a ese país hace cinco años. Ahora le toca a Venezuela. Y convengamos en que si no se lo activó durante la destitución de Dilma Rousseff hace casi un año fue porque eso habría equivalido a un suicidio: ¿qué habría quedado del Mercosur sin Brasil? Tantas crisis ponen en cuestión más que nunca la solidez de la democracia en la región.

El chavismo 2.0 de Nicolás Maduro plantea un desafío a la imaginación. “El Presidente y muchos miembros del Gabinete tenían una visión muy, muy dura, y mi visión era que había que encontrar formas de tender puentes para ayudar a la salida del quebradero en el que está Venezuela”, dijo Susana Malcorra poco después de su salida de la Cancillería. Ella misma admitió que, en esa diferencia, Mauricio Macri había tenido razón y que la equivocada era ella. “El tiempo ha probado que mi confianza en que se encontrara una solución fue demasiado optimista”, completó. Jorge Faurie vino, entre otras cosas, a imponer la postura del mandatario.

El problema es que la “cláusula democrática” se le aplica a un régimen que no ve en su vulneración una anomalía contingente. El atropello es parte esencial de su proyecto, revolucionario antes que democrático. Al chavismo, el aislamiento le resulta funcional porque le suelta las manos.

Si al apartar a Venezuela el Mercosur fracasó, solo puede hablarse entonces de éxito en clave política y, sobre todo, de escala nacional y para el consumo estrictamente interno y preelectoral. Un modo más de polarizar artificialmente, apenas un nuevo relato que confunde un tren revolucionario lanzado a 200 kilómetros por hora con los rasgos fallidos de pasados proyectos populistas.

Venezuela nunca quedó ni siquiera cerca.

Venezuela nunca nos quedó ni siquiera cerca.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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