Venezuela, hacia la etapa final de una disputa sin retorno

Lo que ocurrió ayer en Venezuela fue mucho más allá del juego del gato y el ratón que las fuerzas de seguridad y manifestantes antichavistas mantenían desde el 1 de abril, ese sangriento minué de protestas, pacíficas y de las otras, enfrentadas sin piedad por la represión estatal y paraestatal, que dejó casi un muerto por día. Ese promedio estalló ayer exponencialmente, lo que puso en blanco sobre negro el punto máximo de la rebelión de un sector muy amplio de la sociedad contra un régimen al que desconoce pero que conserva capacidad de daño. El futuro da más miedo que nunca.

Los rasgos distintivos de la respuesta antichavista a la realización de la amañada elección para una Asamblea Constituyente fueron, además de los intentos de organizar manifestaciones y piquetes, el de un boicot a gran escala, la destrucción de máquinas de votación y hasta un atentado con un explosivo al paso de una columna de motos de la Policía Nacional Bolivariana.

Boicotear una elección no es algo que se haga sin esperar consecuencias, por más que los movilizados lo enmarquen en el derecho a la desobediencia civil contemplado en el artículo 350 de la Constitución que Nicolás Maduro quiere reformar. “El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”, dice el texto.

Lo cierto es que desde hoy cabe temer una nueva ola de detenciones, requisas y represión.

Aquella carta magna, que, citando al Hugo Chávez de febrero de 1999, podríamos calificar de “moribunda”, expresaba la transición entre el viejo orden liberal y uno nuevo, revolucionario: introducía el reconocimiento a la economía comunitaria y popular, pero no barría en teoría con la propiedad privada; modificaba el ordenamiento tradicional en tres poderes y establecía las comunas, pero sin violar las libertades civiles y sin alterar el principio básico de “un ciudadano, un voto”. Maduro decidió que esa transición terminó y cubanizó el sistema de votación, reservando escaños para los movimientos sociales afines al régimen. Los elementos liberales que aún contenía la Constitución chavista, incluida la Asamblea Nacional (parlamento unicameral), corren peligro ahora de ser barridos del mapa.

Esta mutación elimina la ficción que vivió Venezuela en los últimos años, la de dos sectores enfrentados pero que reclamaban ser portadores de la verdadera defensa del orden legal vigente, una tabla de salvación a la que la oposición se abrazó de modo tardío. Las cartas están sobre la mesa: el régimen, convertido en una tiranía en toda la regla, es desconocido radicalmente por, digamos, “media Venezuela”.

Resultaron ayer más que sugestivos los informes sobre la ausencia de efectivos de seguridad en el este de Caracas, zona predominantemente antichavista. Fue, por un lado, un reconocimiento de las dificultades que encuentra el Gobierno para imponer su orden allí, lo que da cuenta de la magnitud del desafío que sufre. Pero, también, un modo de liberarlo, acaso como preludio para una represión que supere lo conocido.

El fin de la ficción por la que el chavismo convivía con resabios liberales significa también la erosión extrema de los liderazgos opositores moderados. Fue elocuente al respecto ver en los últimos días a Henrique Capriles, el gobernador de Miranda a quien la justicia del régimen inhabilitó políticamente por quince años, sumándose a los llamamientos a la insurrección.

Fue la cúpula chavista la que decidió destruir todos los puentes y eliminar a los moderados de enfrente, mientras cedía en algo y otorgaba la prisión domiciliaria a Leopoldo López, convocante de “La Salida” de 2014 y referente estelar del antichavismo radical. ¿Lo eligió también como su contraparte?

También en el plano internacional Maduro se deshizo de los moderados y dejó en el terreno al enemigo más enconado.

Es reveladora, en ese sentido, la crítica del chileno José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch, a Michelle Bachelet. “Lo que existe en Venezuela hoy es una vulgar dictadura cívico-militar”, declaró a El Mercurio. “Resulta sorprendente y desilusionante que la Presidenta Bachelet no haya sido capaz de calificar las cosas en Venezuela de acuerdo a los hechos, y haya insistido en que la fórmula para salir de esta crisis sea un supuesto diálogo entre las partes, entre oposición y Gobierno, como si aquí hubiera una especie de responsabilidad compartida”.

Vivanco tiene razón en que Venezuela soporta una dictadura y también en indignarse. ¿Pero qué otra cosa que llamar al diálogo puede hacer un jefe de Estado consciente de que la alternativa a la quimera de una negociación no es otra cosa que un desastre humanitario?

Argentina y otros países de la región desconocerán el resultado de la votación de ayer, pero el único capaz de dañar a fondo al régimen es Estados Unidos. Si bien sus acciones son de larga data, ahora se harán completamente perceptibles, sobre todo si pasa de las sanciones que tocaban a personeros del chavismo a imponer otras que impacten de lleno en el sector petrolero venezolano.

¿Sería un modo de forzar el futuro, como piden los maximalistas? Se verá. Pero eso en el corto plazo solo significará más sufrimiento para la población y una excusa extra para que el chavismo desate sus reflejos más dañinos.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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