Venezuela, un enigma sin solución para la región

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La distancia que medió entre los deseos y los resultados que obtuvo el Gobierno en su iniciativa sobre Venezuela en la reciente Cumbre del Mercosur ilustra un dilema de larga data: ¿qué debe hacer la región con el Gobierno de Nicolás Maduro?

El canciller Jorge Faurie, que interpreta los lineamientos de Mauricio Macri y de Marcos Peña de manera más fiel que su antecesora, Susana Malcorra, trabajó en la previa de la reunión de Mendoza para que el bloque aprobara la presentación de un ultimátum: si el chavismo no cancelaba la controvertida elección de convencionales a la Asamblea Constituyente, se enfrentaría a una “suspensión política”. Esta sería la mayor sanción aplicable al quinto socio, equivalente a su retirada indefinida de todos los organismos y foros del Mercosur, ya que la expulsión lisa y llana no es considerada jurídicamente sustentable.

Finalmente, la resistencia uruguaya (impuesta a Tabaré Vázquez por la interna del Frente Amplio) y boliviana llevaron a un consenso que no fue más allá de la tradicional ambigüedad de los comunicados regionales, llenos de alusiones a la “preocupación”, las “exhortaciones” y los llamamientos al diálogo.

Con todo, la expectativa argentina es que, si Maduro termina por imponer una nueva Constitución que no sea hija de un proceso que incluya a la oposición y que lesione gravemente el principio “un ciudadano, un voto” por reservar escaños a movimientos sociales oficialistas, en el futuro cercano se pueda ir más allá. ¿Pero es eso lo mejor?

La disyuntiva que impone a la región la revolución bolivariana es de larga data. En los albores de la década populista sudamericana, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva pretendían convencer a Estados Unidos de que “contenían” a Hugo Chávez, por más que Washington haya encontrado motivos para dudar de ello tras lo ocurrido en la Cumbre de las Américas de 2005, que se realizó en Mar del Plata.

Pero si con Chávez Venezuela podía exhibir respeto a los procesos electorales, que legitimaban una y otra vez a aquel, tras su muerte y con Maduro la deriva autoritaria se hizo intolerable.

El rechazo del Tribunal Supremo de Justicia a la ley de amnistía en abril del año pasado convirtió a los políticos presos en presos políticos sin lugar para la duda.

La independencia de criterio que adoptó recientemente la fiscal general, Luisa Ortega, la puso al filo de la destitución y de la cárcel.

Aunque las protestas opositoras no son solamente pacíficas, la represión oficial espanta. La policía detiene a tanta gente como los servicios secretos, los “colectivos” reprimen tanto como la Guardia Nacional, tribunales militares condenan a los manifestantes arrestados y los allanamientos ilegales se repiten con alarmante frecuencia.

Para peor, las elecciones municipales y regionales previstas para fin de 2016 nunca se realizaron y la votación para la Constituyente sigue, como vimos más arriba, una lógica antidemocrática.

La región ha girado en buena medida al centro-derecha y Maduro ya no encuentra la indulgencia de antaño. Una y otra vez se piensa en sanciones económicas, pero hasta el irracional Donald Trump renunció hasta ahora a adoptarlas por la certeza de que golpearían menos al Gobierno que a una población ya demasiado castigada.

Sorprendería a más de un lector saber qué opinan en reserva sobre el madurismo algunas personas que tuvieron cargos de relevancia en el Gobierno de Cristina Kirchner pero que siguen defendiendo la idea de no aislar al chavismo. ¿Justifican su inacción? No necesariamente. Argumentan, de modo no muy diferente del que usaría Malcorra, hoy asesora presidencial, que romper del todo con Venezuela privaría a Argentina, Brasil y otros actores regionales de importancia de cualquier capacidad de influencia. En tal caso, ¿qué privaría a Maduro y al ala militar del régimen de llevar al extremo la persecución de la oposición?

Si el TSJ ha ilegalizado toda decisión de la Asamblea Nacional pero aún tolera sus reuniones, ¿qué impediría que el violento copamiento por parte de militantes chavistas de fines de junio se reedite de modo terminal?

Ahora bien, ¿esa influencia que se arroga el enfoque gradualista existe en verdad?

La historia reciente muestra que el chavismo solo cede bajo presión y siempre de modo provisorio o cosmético. Acepta dialogar cuando no le queda alternativa, pero termina por esterilizar todas las gestiones. Y sigue en su curso.

No hay respuestas fáciles al dilema. Pero acaso ayude a encontrarlas el dejar de incurrir en un error de diagnóstico que ha contribuido para qe la la crisis llegue hasta este punto: el chavismo es un proyecto que se asume como revolucionario y que no se permite marchas atrás que no sean meramente tácticas.

La región puede acompañar, pero sin olvidar que la única respuesta eficaz solo podrá llegar desde dentro de Venezuela.

(Nota publicada en el diario Río Negro).

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