Con el corazón y con la mente: todos a la plaza contra el 2×1

Pocas veces un fallo tan relevante como el emitido el miércoles último por la Corte Suprema, con una relación de fuerzas de tres a dos, tiene tantos argumentos jurídicos a favor como en contra. ¿Cómo plantarse ante eso?

Respeto mucho a Gustavo Arballo, entre tantos otros que lo defendieron. A Roberto Carlés, a Ricardo Gil Ladera, a Daniel Sabsay, y muchos más, que lo cuestionaron. ¿Quién es el que esto escribe, un politólogo fuera de forma y un trabajador de prensa del montón, para emitir una opinión válida?

Algo central es que hablamos de un beneficio que se otorga a hombres condenados por crímenes de lesa humanidad, es decir responsables comprobados de hechos que por su propia naturaleza ofenden el sentido moral de la humanidad en un estadio dado de la historia. Después de escuchar y leer argumentos jurídicos y después de razonarlos, claramente todos los supuestamente ofendidos podemos entonces discutir el tema. Un tema jurídico y moral.

Tanto respeto a algunos de los juristas que han argumentado a favor y en contra, y los fundamentos que expusieron y que no pretende discutir acá, que entiendo que hay dos bibliotecas respetables en torno al asunto. Lo que nos agravia a tantos, entonces, es que una mayoría de la Corte haya optado por la que menos sirve al ideal de justicia, a la moral e incluso, a la paz social. 

También se puede opinar (¿cómo no?) sobre los magistrados que fallaron. Muchos nos sentimos sorprendidos por lo realizado por Elena Highton… sensación que voy a dejar en esta enunciación. Hay quien sospecha de sus motivaciones profundas, pero el riesgo de ser injusto obliga a la prudencia.

Sí quiero  decir algo sobre los jueces Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti, juristas valiosos pero que, en mi entendimiento, nunca debieron sentarse en esas sillas. Y no por este fallo, sino por haber aceptado en su hora un intento (fallido) de nombramiento en comisión que violaba cualquier razonamiento serio sobre la Constitución que deberían interpretar y defender. Ese solo hecho los convirtió, opino, en hombres moralmente descalificados para una tarea tan importante.

El punto anterior lleva a otro: el grueso de la clase política relevante. Era entonces y sigue siendo hoy inadmisible que los senadores que votaron sus pliegos se indignen contra quienes les reprocharon haber ignorado esos hechos, entregándose a un toma y daca con el Ejecutivo.

Pero la clase política relevante no se agota en ellos. Hay que considerar lo hecho o, más bien, lo callado por actores relevantes del Gobierno y de la oposición.

En el Gobierno hubo una primera y deplorable reacción del secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, seguida de una “corrección” cuando menos tibia del ministro de Justicia, Germán Garavano. El respeto a los fallos judiciales, una obviedad lindante con lo ridículo, no es un argumento. Luego, el repudio al fallo que hace pocas horas dio a conocer el jefe de Gabinete, Marcos Peña, resultó tan destacable como moroso.

En la oposición revista de modo prominente, para empezar, un hombre que se graduó como abogado muy recientemente, durante la campaña presidencial de 2015, y que, por lo tanto, uno supone actualizado en la materia. Aún calla. Lo mismo que su socia progresista.

Callan también líderes que pretenden renovar su partido, tan enfrascados en acomodar la interna que no tienen tiempo de enterarse, reflexionar y sentar posición sobre un tema tan relevante y sobre otros también clave, como la epidemia de femicidios, por caso. Podrían emitir algún comunicado, un breve tuit en 140 caracteres y después volver a lo suyo, evidentemente más relevante. ¿Habrá que esperarlos? Esos renovadores no son conscientes de los ítems que agregan cada día a la agenda de lo que deberían enmendar.

No es que uno reclame necesariamente condenas. Ya se dijo que hasta las opiniones honestas y favorables a la aplicación del “dos por uno” a delitos contra la humanidad resultan atendibles. Lo que se reprocha es la cobardía, la espera de las reacciones de otros, el veredicto de encuestas y focus groups, el oportunismo.

¿Cuántas veces se puede victimizar a tantos damnificados? Los familiares de secuestrados, desaparecidos, torturados, asesinados, violados, apropiados y exiliados ya sufrieron demasiado. Primero, con las pérdidas personales; luego, con la autoamnistía militar, con la obediencia debida, con el punto final, con los indultos. Y ahora con el “dos por uno”, que «es aplicable» justamente porque aquellas trabas al imperio de la ley rigieron en su momento, sin las cuales todo el debate sobre actual sería abstracto. Pero lo cierto es que el fallo promete una suelta masiva de represores, entre ellos algunos de los peores emblemas del terrorismo de Estado.

Mientras esos dirigentes han pasado de su viejo talante de analistas políticos a mantener un silencio asombroso, otros argentinos, porqué no, defienden el fallo con honestidad. Hay, sin embargo, otro tipo de personas que festejan.

Este pelaje de satisfechos por el fallo ultragarantista de la Corte es el que hasta hace instantes no  se cansaba de abjurar del garantismo. Se trata de un grupo que, más grave aun, incluye a criminales convictos que no pasaron un solo día en prisión durante los años de vigencia del desafortunado beneficio del «dos por uno» por haber eludido durante décadas a la justicia en base al ejercicio ilegítimo del poder, al lobby y hasta a conatos de golpe de Estado. Criminales que, claro, no les dieron ninguna garantía a sus víctimas

Con el corazón y con la cabeza: un fallo tan evidentemente injusto, tan ofensivo para la conciencia de la humanidad y tan amenazante de una paz social que no nos sobra merece todo el repudio. En nombre de la justicia y del imperio de la ley.

Acaso la decisión de la Corte resulte ya una lápida para la causa de los derechos humanos en la Argentina, dado que la misma se ha blindado con un fallo reciente con respecto a la revisión internacional de sus decisiones.

Que por lo menos quede el testimonio.

El 10, todos a la plaza.