Del discurso a los hechos, el enigma Trump ya se revela

Nacionalismo, proteccionismo, retórica populista. Esos fueron los ejes del discurso de asunción de Donald Trump el último viernes en las escalinatas del Capitolio, cursos de acción que parecen confirmarse en sus primeras decisiones como presidente. ¿Pero en qué medida hay que creer que esas intenciones lo seguirán guiando en el mediano y largo plazo, cuando los conflictos políticos y sociales se hagan realmente intensos y cuando se ponga en marcha esa poderosa maquinaria trituradora de ovejas negras que es Washington?
Un modo de analizar la cuestión es volver sobre los discursos inaugurales de sus antecesores, por caso los dos más recientes, para descubrir en ellos diagnósticos, propósitos, realizaciones y también intenciones abortadas por la realidad. Eso nos dará pistas sobre el mundo que Trump pretende moldear a su gusto extravagante.
Bill Clinton pronunció su discurso inaugural el 20 de enero de 1993, cuando el sistema internacional salía, según sus palabras, de las “sombras de la Guerra Fría” y se transformaba en una era de “comunicaciones y comercio globales, de inversión móvil, de tecnologóa casi mágica y de ambición de una vida mejor que es ahora universal”.
Sabemos que la promesa de bienestar y democracia para todos fue, en muchos casos, un espejismo nacido del colapso del orden comunista, una posibilidad que el propio Clinton contemplaba ese día al alejarse de la ingenua (¿ingenua?) declaración del “fin de la historia” entonces en boga.
“Ya no hay una división clara entre lo que es externo y lo que es doméstico (…) El nuevo mundo es más libre pero menos estable. El colapso del comunismo ha convocado nuevas animosidades y nuevos peligros”, anticipó.
Buscaba una fundamentación de la intervención militar en el nuevo orden posterior a la Guerra Fría. “Actuaremos cuando nuestros intereses vitales o la voluntad y la conciencia de la comunidad internacional sean desafiados”, dijo. Reflotaba la antigua doctrina de la “intervención humanitaria”. El tiempo demostraría sus limitaciones.
En Somalia, Clinton incrementó primero el contingente dejado por George Bush padre, pero la pérdida de vidas de soldados estadounidenses terminaron de convencerlo de retirarlos. En Haití, donde restauró al electo Jean Bentrand Aristide tras un golpe, fue fácil. Durante el genocidio bosnio, intentó que Europa se hiciera cargo de su “patio trasero” pero finalmente impulsó bombardeos de la OTAN contra posiciones serbias. En la crisis de Kosovo, lanzó bombardeos sobre la ex-Yugoslavia, incluso sin el aval de la ONU. En Ruanda, su Gobierno fue un espectador pasivo y culposo del genocidio de un millón de personas.
Los buenos deseos muchas veces chocan con las posibilidades y con la voluntad de los actores que deben hacerlos viables. Por ejemplo, en Medio Oriente, estuvo más cerca que ningún otro presidente de lograr la paz, frustrada por el desacuerdo final entre el palestino Yaser Arafat y el primer ministro israelí Ehud Barak.
Si la política internacional entregó ese resultado matizado, en el plano económico doméstico logró alentar el crecimiento y cumplió su promesa inagural de “reducir nuestra masiva deuda”. Trocó la recesión en crecimiento y el déficit fiscal, en superávit.
Sus promesas de regenerar Washington, en cambio, lo pusieron más en entredicho que a ningún otro, con la ventilación de viejos escándalos comerciales y, sobre todo, con el estallido del escándalo del “sex-gate”. En ese sentido, el enemigo estaba dentro de él.
La guerra “humanitaria” de Clinton mutó en “preventiva” con George W. Bush. El discurso de asunción de este último estuvo lleno de alusiones a Dios y a la Biblia, abrevó en el concepto de un conservadurismo “compasivo” y, en el plano externo, giró en torno a la idea de que Estados Unidos debía exportar como un cruzado su modo de entender la democracia. “Si nuestro país no lidera la causa de la libertad, esta no será liderada”, señaló el 20 de enero de 2001.
En ese discurso anticipaba además su obsesión por “construir defensas más allá de cualquier desafío” y de “confrontar (la proliferación de) las armas de destrucción masiva, de modo de que el nuevo siglo nos ahorre nuevos horrores”. Tal vez Sadam Husein no haya prestado la debida atención a esos anticipos. “Los enemigos de la libertad no deben equivocarse: los Estados Unidos siguen comprometidos con el mundo, por historia y por elección, y moldeará un balance de poder que favorezca la libertad”, agregó. A su modo, esa vez no mintió.
Poco después, el 11 de septiembre de ese año, el terrorismo entraría brutalmente en su visión y se fundiría, bajo la influencia “neocon”, en la doctrina de la “guerra preventiva”. Si la invasión a Afganistán fue un ataque al santuario talibán de Al Qaeda, la de Irak fue el fruto amargo de un engaño histórico que recogía aquella vieja idea de liquidar los arsenales ajenos de armas químicas, biológicas o nucleares, incluso los imaginarios. La contingencia, esos atentados, terminó de dar forma a la visión que anticipó en su estreno y le dieron la forma más brutal.
Cuando Barack Obama recibió el poder y dio su discurso inaugural en enero de 2009, Estados Unidos estaba comprometido en tres guerras: las dos mencionadas y la que libraba con el fantasmal enemigo terrorista. Llamó la atención ese día que el primer presidente negro del país dijera, casi en clave bushista, la palabra “guerra”. Guerra al terrorismo.
Semejante esfuerzo militar y de inteligencia parecía, con todo, fuera de las posibilidades de un país sumergido en una impactante crisis, tal la palabra que el flamante presidente repetiría varias veces aquel día. La crisis era la de las hipotecas, la de la caída de Lehman Brothers, la de la recesión, la de un desempleo inédito en décadas.
Las intervenciones militares indiscriminadas, a lo Bush, resultaban materialmente insostenibles. Estados Unidos debía dejar de ser gendarme, debía apelar a la cooperación internacional y desactivar conflictos absurdos. La relación con Europa y la OTAN fue armónica, y la rivalidad con Rusia trepó en paralelo. Llegó a un acuerdo nuclear con Irán y normalizó la relación con Cuba. El embargo a la isla quedó fuera de sus posibilidades, por depender del Congreso. Tampoco pudo con Medio Oriente, en ese caso por la fuerza de lobbies que solo enfrentó a último minuto.
“Rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales”, dijo en aquel discurso inspirador. Pero la suya fue la presidencia en la que el espionaje de Estados Unidos, el global y el doméstico, quedó al desnudo por las filtraciones de WikiLeaks. La tortura, se presume, fue interrumpida, pero el ignominioso penal de Guantánamo sigue abierto pese a sus estériles esfuerzos. El sistema pudo con sus buenas intenciones.
Ante una población desmoralizada, Obama prometió una “revolución” y apeló a la “esperanza”. No podía eludir la crítica a la “codicia” y a la “irresponsabilidad” de un Wall Street que, siempre cauteloso, evitó mencionar. Y diluyó las responsabilidades al hablar de “un fracaso colectivo”.
En esa línea, se mostró desideologizado. “La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro Gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, sino si funciona”. “Cuando la respuesta sea sí, seguiremos adelante, cuando sea no, los programas terminarán”, propuso.
Ese canto al pragmatismo contenía, sin embargo, una buena dosis de ingenuidad. Cuestionó así a “quienes sugieren que nuestro sistema no puede tolerar planes demasiado grandes”. Todo podía resolverse en base al consenso.
Las altas aspiraciones de Obama encontraron otro límite en un tema que ya en su discurso inaugural enarbolaba como una marca de su gestión: “elevar la calidad de la atención sanitaria y reducir sus costos”. Los republicanos lo enloquecieron en el Congreso con ese tema, lo tildaron de socialista, abortaron su idea de generar un seguro estatal, diluyeron su propuesta y ahora, con Trump en la Casa Blanca y ese partido en control de las dos cámaras, se disponen a liquidar lo que quedó en pie.
También fue enfático entonces con la idea de combatir el cambio climático y de hecho hizo avances, pero otra vez los conservadores se disponen a revertirlos.
Obama alejó al país del abismo económico, generó un crecimiento razonable y redujo el desempleo al mínimo, como prometió aquel día. Pero su “revolución” quedó lejos.
Su subestimación de las resistencias del sistema y esa confianza ciega en el consenso terminaron una relativa decepción y parieron otra promesa “revolucionaria”, aunque bien diferente: la de Donald Trump.
A diferencia de sus antecesores recientes, el nuevo presidente evitó en su discurso el protocolar agradecimiento al saliente “por los servicios prestados”. Solo le agradeció a Obama su “magnífica” disposición en la transición. Al menos no fue hipócrita, ya que luego denunció una herencia de “carnicería” y describió el panorama de la industria como el de un cementerio. Embistió contra Washington, encapsulado en su interés y ajeno al de la gente. Con eso, dejó a “su” Partido Republicano tan mal parado como al Demócrata y llenó su futuro de promesas de conflictos, con extraños y con propios.
Juró lealtad al “pueblo”, erigiéndose en un líder extra o suprapartidario que mantendrá con aquel un trato directo. Él será la garantía del empoderamiento de “la gente”. Todas las mediaciones (la política, la legislativa, la mediática) quedan fuera de ese vínculo y, por resultarle competitivas, serán combatidas. Un populismo de manual.
Pero esto merece una salvedad. Populista, según los que abusan del término, fueron, por mencionar un par, Benito Mussolini y Hugo Chávez. Pero no fueron lo mismo. Para Trump el establishment es Washington, la clase política, no los Estados Unidos corporativos, el “uno por ciento”. En concreto: Trump no es Bernie Sanders y su “populismo” mal puede ser asimilado a lo que entendemos como tal cosa en esta parte del mundo.
Presentó un programa refundacional, pleno de acción. Habló de proteccionismo, de patriotismo y de la “tierra”. Todo un romántico.
Pero el nacionalismo es bifronte. Puede ser aislacionista o agresivo. Es impropio esperar lo primero de una potencia del porte de los Estados Unidos. Ese país no se encerrará en sí mismo, aunque los muros que lo rodearán así lo sugieran. Para Trump, el mundo se ha aprovechado de su país. México le robó empleos; China, dinero en un intercambio comercial injusto; los socios de la OTAN y Japón, plata para su propia seguridad. El nuevo presidente planea recuperar todo eso y no pedirá permiso para hacerlo.
El hombre acelera. Ya liquidó el TPP, lanzó el muro y desfinancia a organismos de la ONU. Y se prepara para terminar con el NAFTA, expulsar inmigrantes y restringir el ingreso de musulmanes.
Se creará muchos enemigos. Puede que el sistema lo doblegue y, como sus antecesores, no logre finalmente cumplir todos sus cometidos. Si fracasa, no sorprenderá a nadie cuando les ponga nombre a sus chivos expiatorios.
En un extremo, acaso su tiempo en el poder encuentre un límite. Pero la hoja de ruta está ahí y el enigma comienza a develarse.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).