Trump y el sistema, una batalla que tendrá al mundo como rehén

En las últimas semanas, Barack Obama dejó de parecerse a lo que es un presidente de Estados Unidos “normal”. Decisiones como la renuncia al uso del derecho de veto para permitir que por primera vez en 36 años el Consejo de Seguridad de la ONU condene las colonias israelíes en territorio palestino; la expulsión de 35 diplomáticos de Rusia y una nueva ronda de sanciones económicas contra ese país; la liquidación de la desastrosa política migratoria de “pies secos, pies mojados” para los balseros cubanos (casi una incitación para que los desesperados arriesgaran sus vidas en el mar); la aceleración de las liberaciones de presos sin derecho de defensa de Guantánamo; y la conmutación de la condena de 35 años, la mayor jamás impuesta en la historia estadounidense por un caso de filtración de documentos oficiales, a Chelsea Manning, entre otras medidas, acercaron al saliente a lo que para buena parte del mundo sería el jefe de Estado norteamericano ideal.
Lástima que esperó tanto, casi ocho años, podría pensarse y que ahora, cuando Donald Trump desempaca sus valijas en la Casa Blanca, algunas de esas determinaciones valientes puedan volverse papel mojado o, directamente, revertirse.
Pero no vale ese lamento, porque Obama hizo todo eso cuando ya estaba de salida y cuando desafiar intereses poderosos ya no puede provocarle ningún daño en una futura elección por la simple razón de que ya no tendrá que afrontarlas. Lobby poisraelí, voto anticastrista en Florida, ciudadanos y organizaciones celosos de la seguridad nacional… el demócrata ya está lejos de sus condicionamientos. Es cierto que el Partido Demócrata puede sufrir en el futuro por ello, tanto como que sobra ahora el tiempo para que este dé las piruetas necesarias, con nuevas plataformas y candidatos, y los rencores de los poderosos pasen al olvido.
Obama no ha sido un cobarde por dejar esas medidas para el final. Suele decirse que el presidente de los Estados Unidos es el hombre más poderoso del mundo, pero acaso sea más correcto señalar que es el más presionado y condicionado.
Se trata de un país portentoso, qué duda cabe, cuya economía da cuenta de la quinta parte de la global. Un mundo en sí mismo, estructurado sobre una trama densísima de intereses, que tienen expresiones legislativas, judiciales, financieras, empresariales, cívicas, de lobbies varios. Ese es el país que limitó y hoy despide a Obama, quien se retira con méritos reconocidos pero lejos de haber concretado la promesa revolucionaria que encarnó en 2008. Es, también, el país que recibe a Donald Trump, quien en su estilo promete otro tipo de revolución, igualmente enraizada que la prometida anteriormente en un deseo profundo de cambio social.
Lo anterior nos lleva a la disyuntiva central. ¿Podrá el magnate cumplir con su promesa de dar vuelta a los Estados Unidos como una media, llevándose a la rastra a esos intereses poderosos? ¿O, en cambio, ese sistema pesado y complejo terminará por disciplinarlo y por convertirlo en un presidente “normal”? Esas son las preguntas que comienzan a develarse desde hoy.
A favor del primer escenario juegan las actitudes recientes del hombre que asumirá hoy el poder en una Washington convulsionada. Ni las presiones a empresas automotrices para que cancelen inversiones en México y las lleven a Estados Unidos (que lo equipararon a un Guillermo Moreno con Twitter), ni sus continuos enfrentamientos con grandes medios de comunicación, ni su verba insultante con los artistas que osan criticarlo parecen mostrar a un hombre que comienza a apoyar el pie en el freno.
A favor de la segunda posibilidad, la de un presidente que poco a poco se irá domesticando, aportan el relativo apoyo social con el que llega (un 40%, según una encuesta reciente); el reciente escándalo sobre el espionaje ruso en su contra (por su efecto en la opinión pública, no importa si real o imaginario), con “películas porno” incluidas; y los cuestionamientos que llueven a su legitimidad de origen, habida cuenta de que él mismo admitió que los hackers de Vladímir Putin influyeron, evidentemente a su favor, en la reciente campaña electoral.
Un problema mayor para el Trump “revolucionario” es que sus planes afectan intereses poderosos, desde las multinacionales que vienen apostando desde hace veinticinco años a la complementación comercial y productiva con México hasta la prensa, pasando por países y bloques enteros que comienzan a dudar de la confiabilidad de Estados Unidos como aliado. ¿Podrá realmente ir contra todo eso en la persecución de su visión?
Asimismo, puede limitarlo es ser un presidente sin partido. El Republicano solo le prestó, más que forzadamente, su chapa en la última elección y es más que dudoso que sus bancadas mayoritarias en las dos cámaras del Congreso vayan a responderle mansamente cuando sus iniciativas contradigan los principios y el programa de la agrupación.
No en vano, algunos analistas en Washington especulan con un presidente con fecha de caducidad anterior a cuatro y, ni hablar, ocho años. La hipótesis es la de un juicio político para el que no faltarían motivos: sus conflictos de interés, dada su decisión de dejar sus negocios a en manos de sus hijos en lugar de optar por un fideicomiso ciego; los tratos de sus empresas con otros países, notablemente Rusia; los secretos que puede esconder una declaración jurada que se le reclamó mil veces y nunca entregó; el posible rebrote de las denuncias de acoso sexual que lo hicieron tambalear poco antes de las elecciones; y los abusos de poder que, a no dudarlo, se le cuestionarán desde hoy mismo.
De acuerdo con esos análisis suspicaces, la condición de “hombre del partido” del vicepresidente Mike Pence será una acechanza permanente para él.
Esa tensión entre el programa de Trump y el Partido Republicano se vio con claridad en los últimos días, cuando los principales hombres que envió a buscar su confirmación en el Senado lo desairaron llamativamente en temas sensibles.
El futuro secretario de Defensa, general James Mattis, dijo en el Congreso que rechaza la tortura que Trump llegó a apoyar encantado y afirmó, a diferencia de este, que apoya el acuerdo nuclear con Irán.
El designado secretario de Estado, Rex Tillerson, lo desafió al describir a la Rusia de Putin como una “amenaza” mayor y al rechazar sus cuestionamientos al rol de Estados Unidos en la OTAN.
El inminente fiscal general Jeff Sessions también repudió el “submarino”, lo mismo que el nombrado jefe de la CIA, Mike Pompeo, quien además se distanció tajantemente de sus críticas a la comunidad de inteligencia.
¿Concesiones tácticas para vencer prejuicios y obtener el aval senatorial? ¿Una fidelidad ambigua, al presidente, claro, pero también a un partido que puede entrar en conflicto con él?
En un sentido, Trump es un populista de manual. Su discurso divisivo, de permanente “nosotros” y “ellos”, ya fue descripto por Ernesto Laclau, aunque el milmillonario no siquiera haya escuchado su nombre. Pero en otro, difícilmente encaje en la definición de populista un dirigente que es dueño de empresas y activos por 4.000 millones de dólares y cuya principal propuesta fiscal pase por hacer más ricos a los ricos. Estamos ante un hombre extraño y contradictorio, cuya comprensión acaso requerirá tanto de herramientas de análisis político como de rudimentos de psiquiatría.
Estados Unidos, con todo su poder, inaugura un tiempo turbulento. Poco a poco sabremos si el de ayer fue el último día del mundo que conocimos.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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