El pantano de Brasil seguirá complicando a la Argentina

Las expectativas sobre una reactivación de la economía nacional han pasado, sin concretarse, de trimestre en trimestre a lo largo de 2016. El consenso general entre los especialistas apunta ahora a un rebote en el año que nos espera a la vuelta de la esquina, aunque los pronósticos difieren sobre su magnitud y robustez.

Estos ponderan, al respecto, variables como la reducción de la inflación, una buena campaña agrícola, una retomada de la obra pública, una mejora relativa del consumo en el año electoral y (¡cuándo no!) una mejora de la inversión privada. Sus análisis, sin embargo, contrastan con un contexto internacional que amenaza con imponer nuevos límites.

Desde el triunfo de Donald Trump del 8 de noviembre ha quedado claro que los Estados Unidos se encaminan hacia una era de expansión fiscal como motor de un crecimiento más tonificado. Ese escenario gatilló finalmente el largamente esperado sendero de aumento de las tasas de interés, una mala noticia para países emergentes como la Argentina. El “vuelo a la calidad” de los inversores financieros promete tasas más altas, deuda más cara, dólar más alto y materias primas con freno de mano.

Sin embargo, lo que ocurra en Brasil, gigantesco vecino y principal socio, es todavía más importante para la Argentina. Y las noticias que llegan desde allí no son precisamente alentadoras.

La traumática salida del poder de Dilma Rousseff no se tradujo en una mejora de la situación política y las derivaciones más recientes de la operación anticorrupción Lava Jato (lavadero de autos) hacen pensar en una implosión en cámara lenta del sistema político, cuya crisis ya alcanza niveles épicos.

Lejos de ser la solución a los escándalos, el presidente, Michel Temer, se hunde personalmente en el pantano del petrolão 2.0.

Como si fuera poco arrastrar un nivel de aprobación paupérrimo del 13 % y uno de rechazo del 64 %, de acuerdo con un sondeo de Ibope, Temer enfrenta los efectos de la llamada “delación del fin del mundo” de setenta y siete exejecutivos de la constructora Odebrecht, en la que, según algunas filtraciones, se lo señala como gestor de aportes de dinero en negro para campañas electorales de algunos de sus aliados.

Esas delaciones deben todavía ser homologadas por el Supremo Tribunal Federal (STF), de lo que depende que puedan ser usadas como pruebas, lo que se sabrá no antes de febrero o marzo.

Para peor, el extodopoderoso presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, un hombre al que se atribuye haber estado ubicado por años en el centro de muchos negocios oscuros, cavila en la cárcel sobre la posibilidad de convertirse también él en un delator. El hombre se siente abandonado por Temer, pese a la ayuda que le prestó para sacarse de encima a Rousseff. “Voy a ser recordado como el hombre que terminó con dos presidentes en este país”, dijo hace tiempo. ¿Cumplirá? En el palacio del Planalto admiten que el miedo a Cunha es mucho más grande que el que inspiran los hombres de Odebrecht.

Hay más todavía. Para el primer trimestre de 2017 se espera que el Tribunal Superior Electoral (TSE) decida si las denuncias de financiación ilegal de la campaña Rousseff-Temer de 2014 ameritan la anulación del resultado, lo que, de concretarse, dejaría al actual mandatario pedaleando en el aire a la espera de que el Supremo le arroje un salvavidas.

Así, el futuro de Temer, el hombre que se soñó como el restaurador de la normalidad institucional y económica de Brasil, oscila entre la posibilidad de una renuncia, de un juicio político, de una destitución judicial o de una lenta agonía hasta el 1 de enero de 2019. ¿Qué mejora se puede esperar en este contexto para una economía en caída libre?

El Producto brasileño se derrumbó un 3,8 % en 2015 y caerá no menos de 3,5 % este año. La recuperación para 2017, que en algún momento se imaginó significativa, hoy se sitúa en un 0,5 % verdaderamente insignificante tras semejante derrumbe.

Sin embargo, Temer cuenta a su favor con el reflejo defensivo de una clase política que se siente amenazada por las delaciones de los hombres de Odebrecht. Unos doscientos dirigentes de todos los sectores animan las historias contadas por los “arrepentidos”, en buena medida diputados y senadores. Así, el Congreso cierra filas junto a Temer y se traba en una sorda guerra de poderes con los magistrados de la Lava Jato, con la Procuración General y con el ala del Supremo afín a aquellos.

Esto explica que el Presidente haya podido sacar adelante una enmienda constitucional (con tres quintos de los votos en dos votaciones de cada cámara) para ponerle techo al gasto público por nada menos que veinte años, permitiendo que solo se ajuste en cada ejercicio en base a la inflación. Sin considerar el aumento vegetativo de la población, esa cláusula supone un ajuste extraordinariamente drástico y duradero.

De la mano de esto, avanza con una dura reforma previsional, que ya tiene en pie de guerra a los sindicatos.

¿Cómo se concilian aquellas debilidades políticas con estos planes de máxima?

Si Temer cae, algo que no puede descartarse, el Congreso debería nombrar un reemplazante para completar el mandato. Pero si la crisis se hace demasiado grande, nadie descarta en Brasil la posibilidad de que se avance hacia elecciones anticipadas.

Como sea, en 2017 o, como sería lo normal, en 2018, los brasileños pasarán por las urnas, lo que hace difícil suponer que una opción ganadora pueda prescindir de la promesa de dar por tierra con el techo al gasto público, una medida repudiada por casi dos tercios de la población. ¿Cuál es la sustentabilidad del ajuste propuesto por ese Gobierno débil?

Michel Temer fue el hombre que eligió el establishment brasileño para generar un cambio de régimen económico, pero su falta de legitimidad de origen (dada por el controvertido impeachment de Rousseff) puede arruinar esos planes.

De Estados Unidos a Brasil, el mundo nos ofrece hoy un panorama que bascula entre la incertidumbre y la hostilidad. Las soluciones, parece, tendrán que llegar desde adentro.

(Nota publicada en el diario Río Negro).