Fidel y una agridulce victoria final sobre sus enemigos

Había escapado, literamente, mil veces de la muerte, pero esta era la que le tocaba. Sin embargo, aún en el instante final, Fidel Castro acaso haya tenido ocasión de esbozar una última, triunfante, sonrisa: aunque la festejen con ruido en Miami y algunos en la propia Cuba, su desaparición no traerá lo que soñaron sus enemigos.

Por un lado, porque le llegó de viejo, a los 90 años, y no prematuramente o producto de uno los tantos atentados que eludió. Por el otro, porque no supone el derrumbe de la revolución que hizo con sus propias manos, con tanta pericia militar como política y, cómo no, represiva.

Si la Revolución Cubana fue su gran obra, también lo es la transición que supo construir desde hace diez años, cuando la salud le marcó un límite infranqueable. La dejó entonces en manos de su hermano Raúl, apenas menor pero bastante más saludable, lo que de hecho eliminó la posibilidad de que su muerte significara, cuando viniera, un golpe letal al régimen. Así, Cuba logró en los últimos diez años una cierta normalidad que no se verá alterada con su salida definitiva de la escena.

En ese lapso, Fidel dosificó al extremo sus apariciones. Alguna foto o video con ciertos visitantes extranjeros (siempre en su infaltable jogging del equipo olímpico nacional), alguna todavía más esporádica aparición pública, alguna columna en la prensa oficial. Estas últimas le servían, claro, para marcar presencia y para fijar posición sobre ciertos temas fuertes de la actualidad internacional, pero fundamentalmente para marcarles la cancha a sus propios sucesores: si la Revolución, con su partido único y su economía centralizada, habría de mutar, sería muy de a poco.

Así, hay menos presos políticos, pero estos siguen existiendo. La actividad privada se va abriendo camino, pero enfrenta límites fuertes. La libertad de expresión parece crecer, pero el control de la prensa sigue siendo férreo. El acercamiento a Estados Unidos es un hecho, pero la combinación de un embargo que persiste y la llegada al poder de ese enigma que se llama Donald Trump hace imposible entrever su desarrollo.

Mientras, la red de contención que le prestaba en la región una constelación de gobiernos que, a falta de mejor definición, llamaremos «progresistas» ya no es tal. Sin Argentina y sobre todo Brasil, la realidad es otra. Para peor y todavía más importante, el chavismo, el gran sostén energético y económico de Cuba, atraviesa sus peores horas. La resistencia de Nicolás Maduro es hoy, acaso, una necesidad más acuciante para el régimen cubano que la propia presencia del comandante Castro.

De este modo, al morir, Castro se anotó una victoria postrera sobre sus detractores: la Revolución no se irá con él. Pero hasta ese punto llega lo que un hombre, por decisivo que sea, puede controlar. El futuro de Cuba es una enorme incógnita y el régimen apenas atina a demorar un proceso que se presume ineluctable.

Cualquiera que pase hoy por la isla advierte los síntomas de descomposición del sistema. Desde que el fin de la Guerra Fría, que acaba de perder a su último gran símbolo, y los rigores del «período especial» inventaran allí el turismo a gran escala, nada volvió a ser lo que había sido. El ingreso de divisas generó una sociedad de dos velocidades: una dolarizada y creadora de consumo, y otra local, cerrada, de supervivencia. Esto hoy es notorio, cuando los autos circulan cada vez más por las avenidas y rutas de Cuba, cuando los viejos vehículos de los años 50 son apenas una postal turística y un lugar común de las ilustraciones de artículos de la prensa extranjera y cuando los ingenieros se vuelcan ilusionados a nuevas oportunidades laborales como «bar tenders» de hoteles para acceder a las codiciadas propinas.

Fidel Castro fue uno de los fundadores del «socialismo real» del siglo XX, una realidad que, cabe suponer, habría sumergido a Karl Marx en la ira, en la introspección o en un asombrado mutismo. Una realidad que, lejos de preparar la emergencia de una sociedad de la abundancia, necesariamente comunista, eternizó la transición eterna del inmovilismo.

La Cuba castrista fue eso, pero también mucho más. Fue una que, aun con dosis imperdonables de represión, logró en sus primeras décadas construir equidad, acceso a la salud, extensión de la educación y organización de la defensa civil en una medida que debe generar admiración.

Ha sido un error repetido comparar a Cuba con Miami; más propio es hacerlo con su vecindario del Caribe y América Central, que en general no brilla por el progreso. Pero la vida no se detiene, y pretender que la paz de un cementerio perpetúe las viejas conquistas es una ilusión condenada al fracaso.

Esa es, justamente, la Cuba que deja Fidel. Una que ya no será la que él construyó sino una que debe resolver el modo en que una nueva libertad de pensar, de decir y de hacer se conjugará con la libertad de producir, de vender y de lucrar. Una que mantenga todo lo que convenga mantener con una que remueva todo lo que urge superar.

Pero Fidel no será el líder que entre con su gente en esa tierra prometida. Su rol histórico fue otro, un rol que, a no dudarlo, seguirá siendo un motivo de debate apasionado por décadas. Él venció a sus enemigos, pero el futuro ya no le pertenece.

(Nota publicada en ámbito.com y en Ámbito Financiero).