Un clamor de cambio que cayó en las peligrosas manos de Trump

Nueva York  – Sorpréndase, lector: la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos  trae una primera buena noticia. Se trata del descrédito terminal de esos instrumentos de manipulación y de malversación de la democracia en que se ha convertido buena parte de lo que da en llamarse “encuesta de intención de voto”. Preguntan mal, interpretan peor; o son o se hacen. Los sondeos nacionales, los engendros estadísticos que son los promedios de esos relevamientos (realizados sobre estudios que se hacen con métodos diferentes), las compulsas en los estados y las proyecciones para el Colegio Electoral cayeron, como en el “brexit”, en el ridículo. Hasta el lunes se decía que Hillary Clinton tenía una probabilidad de triunfo del 84%, algo tan fácil como acertar un tiro de 36 yardas para un pateador de la NFL… Que esas encuestas descansen en paz de una buena vez.

Desde una Nueva York que no deja de ser un rincón, destacado, pero rincón al fin de este país diverso y portentoso, Ámbito Financiero se sorprendió desde el comienzo de esta cobertura por haber encontrado una corriente de opinión oculta, “vergonzante”. La de aquellos que se decían indecisos pero que en sus fundamentaciones mostraban un deseo fuerte de cambio. Lo consignamos claramente.

Si usted, lector, pretende encontrar aquí un análisis que hable de un país que súbitamente cayó en un rapto de locura colectiva y que cedió a los cantos de sirena de un ultraderechismo imperdonable, cierre el diario, pague su café y siga con lo suyo. Hay asuntos más apasionantes que tratar.

En todos los procesos históricos trascendentes emergen hombres o mujeres capaces de sentir la vibración de la sociedad y de hacerla circular a través de su cuerpo. En este, el hombre fue Donald Trump.

Lo que encarnó fue, ni más ni menos, que la rebelión de más de la mitad de los Estados Unidos contra la otra parte, algo menor, la de los satisfechos. Habló de industria, de protección del trabajo nacional, de ponerle freno a una inmigración que muchos ya consideran excesiva, de dejar de pagar la seguridad de socios internacionales que solo obtienen ventajas a expensas del bolsillo roto del Tesoro estadounidense.

Habló contra el establishment y denunció la corrupción, con lo que tocó una cuerda sensible a la que pocos le habían prestado atención.

Corrupción es el ocultamiento de los mails de Hillary Clinton, con el posible propósito de borrar las huellas del dinero extranjero que, se dice, compró influencias en su época de secretaria de Estado. Corrupción son los lobbies, que financian a los legisladores que, a espaldas de sus mandantes, van a ocupar lugares clave en las comisiones legislativas encargadas de regular y controlar determinadas actividades. Corrupción es Washington.

Se equivoca quien piense que esto es un panegírico de Trump. Habló de muros y de deportaciones masivas, así como de torturar a sospechosos. Humilló y sugirió haber abusado de mujeres, insultó a los inmigrantes, prometió cerrar las fronteras a todos los musulmanes. En sus tiempos de empresario, eludió o evadió impuestos a mansalva y se negó a alquilarles viviendas a los negros. No se privó de nada.

Con esas demasías se forjó la imagen de alguien “un poco” deslenguado, sí, pero también capaz de pararse con firmeza ante poderes con los que los hombres y mujeres comunes no pueden desde hace décadas.

Algunos en la Argentina se ilusionan con esa imagen de transgresor, una suerte de “peronista wasp”. Vamos… ¿Cuán opuesto al establishment terminará siendo alguien que, al fin y al cabo, es un megaempresario, dueño de una fortuna de U$S 3.700 millones, que propone desregulación para la grandes corporaciones y un impuesto plano que penalizará más a los pobres y beneficiará más a los ricos?

Cabe suponer que en algún momento encontrará su límite, si su ego se lo permite. O, si no lo hace, quien encontrará su límite será nada menos que Estados Unidos.

Con Israel, por hablar de un lobby poderoso en este país, ya encontró ese giro realista. Empezó las primarias hablando de “neutralidad” en la cuestión palestina para terminar desfilando como todos ante la AIPAC, el grupo de presión que cambia mucho dinero por respaldo.

Cuando promete mostrarle los dientes a China para que la competencia comercial sea leal, ¿calcula los riesgos? Cuando habla de dejar de costear la seguridad de “socios” que no hacen nada por sí mismos, ¿habla de Japón? Esos países son, respectivamente, los tenedores número uno y dos de Bonos del Tesoro, el primero con nada menos que el equivalente a U$S 1,19 billones y el segundo con U$S 1,14 billones. El esquema es perverso, es cierto. China financia el déficit comercial norteamericano que ella misma ocasiona; Japón, el fiscal ayuda a consolidar por vía militar. Pero por abstruso que sea, el esquema es de salida traumática.

Pero más interesante que hablar de Trump lo es hablar del “trumpismo”, esa ideología cualunquista que le impuso a la fuerza al establishment de un Partido Republicano que, ahora sí, caerá indefectiblemente en un desconcierto total.

El avance de la tecnología de la información y de la inteligencia artificial tienen al filo del exterminio a casi a mitad de los empleos de este país. La industria se robotiza a la velocidad de la luz, los autos están a punto de funcionar sin choferes, el comercio deviene rápidamente en electrónico, la prensa editorial tiende a deshacerse del papel y la logística… El cambio está en marcha, lo que se discute es su ritmo, que estará marcado por la propia evolución tecnológica, el nivel de las inversiones y, cómo no, las resistencias sociales.

A los obreros que perdieron sus empleos a manos de competidores de las maquilas mexicanas no les hace falta leer esos informes. Sienten la tendencia en su propia carne. Seguir siendo clase media en este país es cada vez más difícil, y en muchos casos se logra en base a niveles de endeudamiento privado insostenibles.

Veamos algunos datos. El 1% más rico de los estadounidenses capta el 21% de la renta nacional, contra el 8,9% de 1973. Pero la desigualdad es tal, que el debate político ya no gira siquiera en torno a los ingresos de ese 1%; ahora se habla del 0,1%. Este minúsculo sector se queda con el 4,9% de “la torta”. Así, la clase media representa hoy menos de la mitad de la sociedad, lo que marca una retracción de 12 puntos con respecto a los años 70.

De todo eso habló Trump a su modo, al apelar a “la clase trabajadora” y al levantar a un bebé al que presentó como un “futuro obrero de la construcción”. Todo poco creíble en alguien como él.

Prometió el regreso de la industria, del carbón, del acero. Aseguró que limitará la inmigración, lo que devolverá a Estados Unidos a sus orígenes blancos. Embistió contra el libre comercio. Fue contra la propia realidad y ofreció una vuelta al pasado. Ya sabemos que eso es imposible, ¿pero qué utopía presentó Hillary a la gente que viene demasiado golpeada? Ninguna. Así terminó su vida política.

Sobraron las alarmas. Bernie Sanders, en las primarias demócratas, fue la última. Antes, el propio Barack Obama, que vendió una revolución y a la hora de entregar la mercadería distribuyó un reformismo herbívoro y desdentado

Trump prometió mucho y desde enero le llegará la hora de pagar. Encarnó lo que la periodista brasileña Eliane Cantanhêde definió en 2013 como un “malestar difuso” contra Dilma Rousseff. Ya sabemos cómo terminan esos malestares.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).