El voto electrónico, una experiencia con bemoles

Nueva York – Tanto se habla de voto electrónico en la Argentina, que bien valió la pena observar cómo funciona aquí. A falta de mayores controles, este enviado logró hacer la cola en la escuela de la Avenida Amsterdam y 60, entrar al recinto, ver cómo se controlaba la identidad de los votantes, sacar fotos y llegar hasta la propia máquina de votación. Todo sin que nadie le preguntara nada.

La espera fue muy larga, pero las máquinas estaban mayormente desocupadas. El gran filtro eran los trabajadores electorales que, con tanta amabilidad como parsimonia, contrastaban las tarjetas de identificación de los ciudadanos con sus registros.

Todos aquí tienen un documento estadual. Para quienes manejan, es una licencia de conducir. Para quienes no lo hacen, es una simple tarjeta de identificación. Y a diferencia de otros estados, lleva foto.

A falta de un documento nacional de identidad, cada estado fija sus reglas y en muchos ni siquiera es necesario presentar documento alguno. En eso se basó Donald Trump para denunciar que el sistema está “amañado” y es fraudulento.

En un esquema que, como este periodista pudo comprobar al moverse con tantas libertades, se basa en la nueva fe y que supone que nadie va a hacer trampa, el republicano aseguró que los padrones están inflados con muertos y que el Gobierno de Barack Obama les dio identificaciones a inmigrantes ilegales, que así pudieron registrarse.

“Es una mentira. Es imposible que semejantes cosas ocurran a gran escala. Los registros están actualizados y las personas sin papeles no votan”, le dijo a Ámbito Financiero Frankie Miranda, Vicepresidente Senior de la ONG Hispanic Federation.

Después del control de identidad, el votante recibía una gran boleta de papel donde, a modo de un “multiple choice”, debía pintar con birome sus opciones y una carpeta de cartulina para envolverla, de modo de preservar el secreto.

Había siete categorías: presidente y vice, senador federal, representante al Congreso, senador estadual, legislador estadual, juez de la Corte Suprema local y juez de la Corte Civil.

Una curiosidad: había “colectoras” y, por ejemplo, se podía votar a Hillary Clinton a través del Partido Demócrata, del de las Familias Trabajadoras y del de la Igualdad para las Mujeres. A Donald Trump, en tanto, se llegaba a través del Partido Republicano o del Conservador.

Otra: para los cargos judiciales no había alternativas republicanas.

Una vez frente a la urna, simplemente había que introducir la boleta, como si fuera una tarjeta de débito en un cajero automático. La máquina se encargaba, lector óptico mediante, de contabilizar el dato. La votación que acompañó este enviado falló: “El voto ha sido contabilizado pero la boleta no quedó almacenada”, decía un cartel en la pantalla. La cara de incertidumbre del dueño de ese pedazo de la voluntad popular era inenarrable.

Los medios informaron durante la jornada que muchas máquinas fallaron en diversos puntos de esta ciudad y que en algunos colegios se le ofreció a la gente simplemente dejar sus boletas marcadas en cajas improvisadas con la promesa de que más tarde serían procesadas en alguna que funcionara. Hubo airadas quejas.

La forma de votar en otros estados es muy diferente, ya que no hay una ley federal que regule el proceso.

Las máquinas que predominan en el país son de dos tipos: unas de pantalla táctil y otras, como las de Nueva York, de lector óptico. En muchas regiones se ha denunciado un nivel de obsolescencia elevado que no garantiza un escrutinio justo debido a que, otra vez, el Gobierno federal no es el que hace las inversiones sino los estados o aun los condados, que deben asumir costos demasiado elevados para sus presupuestos cada cuatro u ocho años, tiempo que convierte en caducos los equipos.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).