La grieta se instala como nunca en EE.UU.

Nueva York – Ella tiene 69 años y él, 70. Para el que pierda las elecciones de hoy probablemente no haya revancha. Más porque esta es la ocasión de sus vidas: Hillary Clinton solo podría ganar una elección si su rival es alguien tan extravagante y temible como Donald Trump; Trump sólo podría ganar si su rival es alguien tan resistido y sospechado como Hillary Clinton.

Terminó ayer una campaña agresiva, en la que términos como corrupción, engaño, fraude, evasión de impuestos, xenofobia y misoginia se incorporaron al discurso cotidiano de la más alta política, obligando a una población agotada a tomar partido.

En sus últimas apariciones, no hubo una sola vez que el magnate, jugado a matar o morir, no adosara al nombre de su rival un adjetivo descalificador.

Cada mañana, todos los suscriptos al mailing de correo electrónico de la campaña republicana recibimos un mensaje inaugural: “La pregunta del día para la torcida Hillary”. La misma, claro, versa sobre el escándalo de los mails enviados desde un servidor no oficial en sus tiempos de canciller, o sobre los aportes de Gobiernos extranjeros y magnates a la Fundación Clinton, o sobre el doble discurso que le desenmascaró WikiLeaks sobre libre comercio…

Ella, sobria casi hasta el punto de congelamiento, hace decir a otros lo que prefiere callar: Trump es un xenófobo, un misógino y un peligro para el mundo.

Lo que sorprende es que ese lenguaje no sea exclusivo de los candidatos, que al fin y al cabo se están jugando sus vidas políticas. La grieta, al revés que la birome y el dulce de leche, no es un invento argentino.

“Mucho de esto se debe al fenómeno Trump, pero el conflicto bipartidario es anterior y se nutre de una competencia ideológica y electoral muy dura por el control del Congreso”, le dijo a Ámbito Financiero el politólogo Robert Shapiro. “Los medios cubren un conflicto que existe, pero lo amplifican. En la medida en que la gente elige selectivamente los medios que refuerzan sus propias opiniones y predisposiciones, esto hace más difícil para los líderes políticos moderar sus puntos de vista”, agregó.

Eso se nota a la legua. La cadena Fox no hace más que hablar de los escándalos de la dama. CNN, entre otras, convoca a analistas alineados con los dos partidos, pero muchos de sus propios periodistas hacen columnas con un tono que parece referirse más a una elección venezolana que a una estadounidense.

Para desazón de los admiradores de la democracia estadounidense y de una sobriedad política que en esta ocasión se reveló como irremediablemente perdida, no solo se hizo encarnizado el discurso. Las hilachas de la interferencia política en organismos que se supone son autónomos se vieron como nunca antes.

Tres años atrás, Barack Obama puso al frente del FBI (la policía federal) al republicano James Comey, a quien le tocó lidiar con el “email-gate” que tortura desde hace tiempo a Hillary Clinton. No se trata solo de que ella haya usado un servidor privado y no el oficial durante sus años como canciller (2009-2013) y que, por ello, haya puesto secretos de Estado en peligro de “hackeo”. Lo que sus enemigos sospechan es que actuó así para eludir los controles sobre la posible influencia de gobiernos extranjeros y lobbies poderosos sobre la política exterior del país, lograda a cambio de donaciones a la fundación familiar.

Bajo fuerte presión, Comey determinó en julio que no había méritos para presentarle cargos criminales, pero en un dictamen inusualmente politizado, dio munición a sus adversarios al opinar sobre una conducta “peligrosamente descuidada”.

La “sorpresa de octubre” fue que, debido a una investigación por acoso sexual a una menor contra el exmarido de una cercana asesora de la candidata, el FBI se encontró con nuevos correos salidos de la computadora de esta. Comey le aviso al Congreso de la novedad y reabrió el caso, derrumbando a Hillary en las encuestas y dándole a Trump una oportunidad providencial.

¿Se apuró a cerrar el caso en julio? ¿Quiso influir en la elección el mes pasado? Barack Obama lo cuestionó duramente por haber reabierto el caso y la prensa “mainstream” lo torturó por haber violado protocolos del FBI al hacer un anuncio público sin pruebas concretas. El desenlace: el domingo, Comey avisó que se pudo revisar la voluminosa “nueva” documentación (en tiempo récord, en verdad) y que Clinton puede respirar aliviada, ya que no habrá cargos contra ella.

El runrún aquí es que Comey, republicano pero hombre de Obama al fin, nunca quiso perjudicarla y que si reabrió el caso fue por presión del “bajo clero” del FBI, que le advirtió que ocultar los nuevos mails podría costarle la cabeza.

Se suponía que en este país la policía federal actúa de modo autónomo y que es ajena a carpetazos y operaciones políticas. Adiós a la inocencia.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).