Un domingo distinto y de vigilia en Nueva York

Nueva York  – A dos días de las elecciones que tienen en vilo al mundo, los neoyorquinos vivieron un domingo diferente, pendientes sobre todo del maratón que revolucionó la ciudad.

Una multitud acompañó a los corredores a lo largo del extenso recorrido, que comenzó en Brooklyn, pasó por Queens, entró en Manhattan, siguió hacia el norte en el Bronx, regresó al sur por Harlem y volvió a terminar en la isla, más precisamente en el Central Park.

Al sur del parque, sobre la calle 59, a los costados del vallado todos aplaudían y animaban a los atletas, una unanimidad que más de un candidato quisiera recibir.

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La seguridad era bien visible, pero todo transcurría en calma a pesar de la vaporosa alerta antiterrorista que puso en guardia a las autoridades del estado y la ciudad. Para pasar un primer vallado y ver ese tramo de la carrera, la policía hacía un cacheo uno por uno, pero mucho menos exigente que en, digamos, un Boca-Temperley.

La multitud ni quería pensar en las elecciones. “Fue una campaña larga, no fue cosa de algunos meses como es habitual. ¡Siento que estamos en campaña desde hace dos años!”, le dijo a este enviado Katherine, una profesora jubilada que llegó al maratón con una amiga. “Nueva York vota a Hilary. Punto”, zanjó rápidamente.

Mark, del otro lado de la grieta, se declaró indeciso… digamos. “Lo único que sé es que voy a ir a votar. Ella no me da ninguna confianza”, adelantó. No la nombró siquiera. ¿Voto cantado?

Yendo hacia el este y bajando por la Quinta avenida, muy cerca de ese tramo del maratón, también se juntaba gente, incomparablemente menos verdad. Apenas unas decenas de personas, en general turistas y un par de periodistas como este enviado de ámbito.com, observaban una curiosa escena en la puerta de la Trump Tower. Dos hombres extraños, un rubio en calzoncillos y sombrero de cowboy cantaba temas folk en clave trumpista con otro, cubierto con un tapado de piel.

El mediodía era desapacible, bien de otoño. Un poco de sol, un poco de nubes; no frío, pero sí ventoso. Se ve que por eso uno tenía calor y el otro frío.

Gracias a Dios, en un momento pararon con sus rimas y se largaron a hablar de política con los curiosos. “Estamos acá para expresar nuestro compromiso con Donald Trump, el hombre que va a cambiar este país”, decía el rubio en cuero. “Y no somos racistas: amamos a los hispanos. De hecho yo estoy casado con una inmigrante ilegal”, agregó con credibilidad cero. “¿¡Con una ilegal!?, fingió sorpresa el friolento.

Cerca, en un digno segundo plano, un muchacho ofrecía pins del candidato: 1 por 3 dólares, dos por 5. Nadie compraba.

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Alguien les permitió a todos usar la vereda de un edificio tan custodiado.

Mientras, las calles del Midtown se llenaban de gente con otras inquietudes. Algunos salían de misa, otros paseaban en familia, muchos buscaban bares y restaurantes para un brunch.

Ni carteles, ni mesas con militantes, ni volantes. Si uno no pregunta, parece que las elecciones aquí no existieran. Pero llegarán. Será el martes. Habrá que ver si después de ellas, los Estados Unidos se siguen pareciendo a los que siempre conocimos.

(Nota publicada en ambito.com).