Shimón Peres, un obstinado que puso la paz al servicio de la seguridad de Israel

Lunes 7 de abril de 1997. Shimon Peres visitaba la Argentina y ofrecía una conferencia de prensa. Tratándose de una figura que había estado como ninguna otra en el centro de la historia reciente de Medio Oriente, se imponía una pregunta que parecía escapar a la coyuntura pero que, en el fondo, podía ayudar a explicarla.

Isaac Rabin había sido asesinado en noviembre de 1995, la derecha intransigente ya se había instalado como sector hegemónico de la política israelí con Benjamín Netanyahu en el poder y el proceso de paz de Oslo, el que les había valido a aquél y al propio Peres el premio Nobel, iba camino a la muerte. Un retroceso que comenzó entonces quien, no curiosamente, aún encabeza el Gobierno. Este periodista le preguntó:

-Apenas usted perdió las últimas elecciones con Netanyahu, Leah Rabin dijo que el gran error del Partido Laborista fue no haber convocado a comicios anticipados inmediatamente después del asesinato de su marido, de manera de aprovechar el apoyo que los ciudadanos daban en ese momento al proceso de paz. ¿Un principio ético le hizo cometer un error político?

-Me era imposible llamar a elecciones después del asesinato de Rabin por tres razones. Primero, porque en ese momento se me había encargado poner en práctica los acuerdos de autonomía con los palestinos y yo temía que si no me encargaba personalmente, todos los pactos cayeran. En segundo lugar, para convocar a elecciones anticipadas era necesario contar con una gran mayoría en el Parlamento (…). Por último, verdaderamente no quise utilizar ese asesinato políticamente ni que más tarde se me pudiera achacar eso.

¿Había que creerle? Nada indicaba que otra fuera la respuesta real al interrogante que, acaso, encierra la causa última de lo mucho y doloroso que ocurrió desde el día en que Yigal Amir apretó el gatillo.

¿Había hecho bien? ¿Su convicción personal merecía semejante costo colectivo?

Para bien o para mal, dependiendo de dónde se pare cada uno ante el conflicto israelí-palestino, ese era Shimon Peres. Un hombre de convicciones fuertes y de impronta tan decisiva en la historia de su país desde el nacimiento como de suerte tan esquiva en las urnas. Mucho más un visionario y un estadista que un político. Acaso en eso descanse otra parte de las respuestas que su figura encerraba como ninguna otra.

Niño polaco emigrado a Israel antes de la Segunda Guerra.

Guerrillero de la Haganá.

Organizador de las Fuerzas de Defensa de Israel y padre del plan nuclear secreto que aseguró la existencia del proyecto sionista.

Cerebro del ataque de 1956 llevado a cabo por Israel, Reino Unido y Francia al Canal de Suez egipcio.

Responsable del rescate de los pasajeros en Entebbe (Uganda, 1976); de la retirada del sur de Líbano en 1985; de los bombardeos a la sede de la OLP en Túnez ese mismo año; de la invasión al Líbano de 1996 en respuesta a Hizbulá, que derivó en el trágico ataque al campo de refugiados de Qana, que dejó más de cien civiles muertos.

Figura histórica del Partido Laborista.

Arquitecto de los Acuerdos de Oslo y, por esa razón, premio Nobel de la Paz en 1994.

Idealista capaz de hablar, en medio de un conflicto sin fin, de la inevitabilidad de una integración entre Israel y el futuro Estado Palestino, incluso en términos de un mercado común.

Canciller, ministro de Defensa, primer ministro y presidente, entre otros cargos de.

Padre fundador y prócer en la breve historia de Israel.

¿Hombre de paz o de guerra, finalmente?

Antes que nada, alguien que bregó para lograr que la paz dejara de ser una contraindicación y se convirtiera en un soporte de su verdadero y último objetivo: el interés nacional y la seguridad de su país.

Triunfar, acaso, sea simplemente dar determinadas peleas, pasar y confiar en quienes puedan retomarlas algún día. Un hombre de convicciones, al cabo, que murió en la madrugada israelí de ayer sin dejar a la vista a nadie que parezca capaz de hacer que la felicidad de los suyos no equivalga a la miseria de los otros.

De ese modo se reveló en esa mañana de otoño de 1997, al responder con calma resignada la pregunta extemporánea, ese entripado personal de un periodista argentino que, sabía, nunca terminaría de comprenderlo.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).