La cárcel, un destino posible para Lula (y una tumba para la izquierda brasileña)

¿Lula, preso? Lo que era impensable en el Brasil exuberante de hace algunos años, en el que los escándalos de corrupción, algunos graves como el “mensalão”, resbalaban sobre su cuerpo teflonado, hoy resulta una posibilidad concreta.

Lo ocurrido ayer es demoledor para él. El pedido de procesamiento de los fiscales de la operación “Lava Jato” (lavadero de autos) lo ubicó, por primera vez y formalmente, en la cúspide de una asociación ilícita destinada a financiar campañas políticas y lujos privados con dinero de la estatal Petrobras. Si la acusación lo convierte pronto en reo y, en algunos meses, deriva en una condena, el Partido de los Trabajadores descubrirá que el “impeachment” de Dilma Rousseff no fue el punto final de su calvario sino apenas el comienzo.

La era de la izquierda brasileña terminó, de hecho, el 31 de agosto con la destitución de Dilma. La caída en desgracia de Luiz Inácio Lula da Silva puede significar algo todavía más pesado: la destrucción por un tiempo imposible de ponderar, pero seguramente extenso, del proyecto que aseguró las prometidas “tres comidas diarias” a todos los ciudadanos.

¿Sería justicia? Claro, si las pruebas se demuestran contundentes, algo más complejo en lo que respecta acusación de que fue el jefe de todo el esquema que en lo que hace a las prebendas que le adjudican. Y sería una justicia plena, no selectiva, si los jueces y fiscales de la operación “Lava Jato” vencen las presiones de lo que queda en pie del sistema político, con el Gobierno de Michel Temer en primer lugar, y acaso sus propias tentaciones y no limitan su embate sólo a lo que lleve la sigla del PT. Eso todavía está por verse y hay razones sobradas para el escepticismo.

Por lo pronto, la mesa está servida para que el juez Sérgio Moro haga equilibrio, de modo de hacer tolerable una potencial orden de prisión (si se anima a dictarla). Lula está un paso más cerca de la cárcel, pero también lo está el otrora poderoso Eduardo Cunha, que actuó como verdugo de Dilma desde su puesto de presidente de Diputados y que acaba de perder banca, fueros y complicidades. ¿Brasil tendrá en un futuro cercano ya no una sino dos noticias conmocionantes?

Lula viene “sangrando” desde hace rato. El hombre que dejó el poder a fines de 2010 considerado por el 71% de los brasileños como el mejor presidente de la historia, hoy sólo recibe esa calificación de parte del 40%, según datos de Datafolha. Se trata de un nivel similar al que registraba en 2006, cuando la recuperación de su imagen, dañada por las derivaciones del “mensalão”, parecía difícil.

La misma Datafolha le adjudicó en su última encuesta de intención de voto el liderazgo entre todos los precandidatos para la presidencial de octubre de 2018. Tiene el apoyo de un 22%, magro pero considerable en el contexto de un desprestigio que, “Lava Jato” mediante, no perdona a casi nadie. Lo siguen la ambientalista y “ficha limpia” Marina Silva con un 17% y el socialdemócrata (conservador) Aécio Neves, mencionado varias veces por arrepentidos de la Justicia, con un 14%.

El problema de Lula es que concita el mayor nivel de rechazo, por lo que los sondeos lo dan perdedor en cualquier escenario de segunda vuelta.

Una condena, claro, lo sacaría de la cancha sin necesidad de consultar ningún sondeo. ¿Qué opciones le quedarían en tal caso a la izquierda brasileña? Ninguna demasiado prometedora.

Una sería el actual alcalde de San Pablo, Fernando Haddad, que buscará la reelección en las municipales del 2 de octubre próximo. Pero el hombre, que para zafar hasta esconde el logo del PT en su campaña, no la tiene fácil: los últimos sondeos lo ubican cuarto, con un flaco 9%. Sin triunfo no habrá futuro para él.

Otra opción es Ciro Gomes, exalcalde de Fortaleza, exgobernador de Ceará, ministro de Itamar Franco y del propio Lula y dos veces candidato presidencial. No pertenece al PT sino al Partido Democrático Laborista (PDT), pero eso no sería un obstáculo. Por un lado, porque fue uno de los críticos más enconados del “impeachment” a Dilma. Por el otro, porque nadie pide certificados de monogamia partidaria en un país en el que el transfuguismo es la norma. Así, en su carrera política ha desfilado por siglas como PMDB, PSDB, PPS, PSB…

Gomes no tiene mala imagen, pero las encuestas apenas lo registran. Y casarse con el legado del PT, acaso con un compañero de fórmula de esa agrupación, hoy no parece negocio para nadie.

Lula da Silva es un luchador. Pero su drama es que ya no pelea por una nueva resurrección personal ni por salvar un legado político insólitamente destrozado. Su quimera es no perder la libertad.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).