Los niños siempre son las víctimas (aun si el Estado Islámico los usa como terroristas)

El del fin de semana fue, si se confirma lo asegurado por el Gobierno de Turquía, el primer atentado en ese país cuyo autor material es un niño, uno de entre 12 y 14 años en este caso. Pero no es, ciertamente, el primero de esas características, ya que desde hace tiempo los chicos son las primeras víctimas de todas las facetas de la “guerra en cámara lenta” del terrorismo que ha descripto el papa Francisco.
Víctimas, siempre víctimas. Ya sea como desplazados y refugiados que suelen no llegar a destino, algo de lo que el sirio Aylan Kurdi se convirtió, con sus tres años truncos en la orilla de una playa, en doloroso símbolo en septiembre del año pasado.
Como supervivientes, tal el caso de Omran Daqneesh, también de tres años, cuya imagen de conmocionada impavidez conmovió al mundo la semana pasada. O como su hermana, casi un fantasma sentado junto a él en la misma ambulancia, a quien pocos prestaron la debida atención.
También como víctimas fatales, una legión. A modo de ejemplo reciente, mencionemos a Alí, el hermano de 10 años de Omran, que resistió hasta ayer las hemorragias que le causó el bombardeo de su casa en Alepo.
Y, claro, como atacantes. Pero lejos de convertirlos en victimarios, las noticias sobre chicos usados para llevar a cabo atentados describen otro costado que los constituye como víctimas.
Una de sus “ventajas” es que pasan desapercibidos con mayor facilidad, como se sabe desde los ataques a tropas estadounidenses en la guerra de Vietnam. Otras son que la falta de conciencia sobre la enormidad que van a cometer los convierte en desertores menos probables y que el adoctrinamiento con promesas de felicidad eterna les resulta más creíble.
La tendencia reciente se remonta a la guerra de Afganistán en 2001, donde algunas madrasas (escuelas coránicas) constituyeron semilleros de pequeños usados como carne de cañón.
Secuestrados o entregados por sus padres, adoctrinados o directamente forzados por adultos a colocarse chalecos explosivos que se detonan a distancia, son utilizados habitualmente por grupos terroristas como el somalí Al Shabaab o el nigeriano Boko Haram. Se calcula que tres cuartos de los ataques de este último son realizados por mujeres o menores.
El Estado Islámico, señalado ayer por la masacre de Gaziantep (Turquía), ha provocado espanto repetidamente con videos que muestran a niños ejecutando a rehenes, dando arengas con cinturones de explosivos colocados o directamente de a decenas en instancias de “entrenamiento”.
Según cifras de UNICEF, el organismo de Naciones Unidas para la infancia, en el caso de la guerra en Siria, 8,4 millones de chicos, cerca del 80% del total, están atrapados en el conflicto o se cuentan como desplazados.
De acuerdo con el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, una ONG de oposición a la tiranía de Bashar al Asad, casi 15.000 niños murieron como consecuencia de la violencia desde el inicio de la guerra hace casi cinco años y medio.
Esas pérdidas, como la del “victimario” (una víctima más, en verdad) de Turquía, ya no tienen reparación. Queda pendiente la pregunta de qué se puede hacer aún por los “afortunados”, los que “solo” enfrentan cotidianamente el espectáculo de la violencia, la muerte de sus familias, el desarraigo, el hambre y la interrupción absoluta de la escolarización.
El mundo, por ahora, no tiene respuestas para darles. Y sin esas respuestas, no habrá futuro para nadie.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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