Francisco y el terrorismo: mucho más que poner la otra mejilla

Decir que Francisco es un líder tanto religioso como político no es una novedad. Pero esa definición, usada tantas veces más para criticarlo que para elogiarlo, debe ser complementada con otra: si el terrorismo es un mal de época, que ya adoptó un perfil incontrolable, el papa argentino es el líder político que mejor entiende el tipo de amenaza al que se enfrenta la humanidad.
Mientras Francia, acaso el país del mundo más agobiado por la nueva tendencia, debate si crea un Guantánamo de cuño propio, con presos sin cargos, juicio ni defensa, y en las dos orillas del Atlántico se discute colocarles tobilleras electrónicas a simples sospechosos de radicalismo islamista, Jorge Bergoglio plantea un enfoque diferente.
No se puede decir, no es verdad y no es justo, que el islam sea terrorista”, les dijo a los periodistas que lo acompañaron en el avión que lo llevó días atrás de regreso de Polonia al Vaticano.
Su planteo no responde simplemente al mandato católico de la misericordia. Francisco entiende que el nuevo terrorismo llegó para quedarse, que erradicarlo es una tarea de largo plazo (y verdaderamente incierta) y que ningún intento en ese sentido será exitoso sin el concurso de las jerarquías musulmanas, que seguramente deberán ser más activas y valientes que hasta ahora para aislar a quienes malversan el islam en medio de una orgía de muerte global.
A ese fin apuntan los esfuerzos del pontífice por cultivar todo lo que sea posible el diálogo interreligioso, un afán que, recordemos, fue una constante en su trayectoria. En esa línea se inscriben iniciativas como la asistencia de centenares de musulmanes a las misas que se celebraron en Francia e Italia en homenaje a Jacques Hamel, el cura de 84 años degollado por dos terroristas en una iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, Normandía.
“Si no pueden conseguir una bomba o balas, destrócenles la cabeza con una piedra o asesínenlos con un cuchillo, atropéllenlos con sus autos, arrójenlos al vacío desde un lugar elevado, estrangúlenlos o envenénenlos. Si tampoco pueden hacerlo, quémenles la casa, el auto o su empresa, destrocen sus cosechas. Y si tampoco pueden, escúpanles la cara”. Esa fue la incitación contra cualquier occidental lanzada por Abú Mohamed al Adnani, un portavoz del Estado Islámico, en un video emitido en 2014.
Desde entonces, se terminó de identificar un terrorismo de nueva generación, practicado por “lobos solitarios”, frecuentemente personas con desequilibrio emocional, que se radicalizan a la velocidad de la luz y que actúan de modo independiente, sin recibir órdenes de ninguna jerarquía y por mera adhesión espontánea a grupos como el EI.
Se equivoca quien piense que ese terrorismo de bajo costo y casi “cuentapropista” es una extravagancia destinada al fracaso. Al contrario, responde a planes cuidadosamente elaborados por teóricos que no conviene subestimar y que, en un primer momento, se propusieron convertir a la Al Qaeda jerárquica de Osama bin Laden en una estructura flexible y capaz de resistir los embates de la inteligencia occidental, el espionaje electrónico, los drones, los asesinatos selectivos y los “sitios negros” de la CIA.
El más influyente de ellos fue, probablemente, un viejo allegado de Bin Laden, el alepino Mustafá Setmarian Naser (“Abú Musab al Suri”), quien le reprochó en su momento al fundador de Al Qaeda su irresponsable gusto por la espectacularidad y a quien se le perdió el rastro desde que cayó en 2005 en manos de paquistaníes, estadounidenses y, dicen, sirios.
Según él, el terrorismo, sobre todo en Europa, desencadenará una fuerte islamofobia que arrojará a los millones de musulmanes que viven allí en brazos de la yihad. Estos serán muyahidines en las tierras del islam o “lobos solitarios” en casa. El Estado Islámico se nutrió de esa doctrina, rudimentaria en sus métodos, alarmante en sus fines y temible en sus alcances.
Los cada vez más frecuentes atentados antiislámicos, las propuestas a lo Donald Trump de cerrar las fronteras a los musulmanes, el cierre de mezquitas, la identificación de sospechosos a granel caen justo en las previsiones de Setmarian Naser y en las expectativas del EI.
Francisco quiere comprometer a las jerarquías musulmanas “mainstream” en un curso diferente, no exento de riesgos personales, por otra parte.
Salvo Juan Pablo II, ningún otro papa reciente ha tenido una sensibilidad política tan clara. Su problema es que las soluciones de fondo llevan tiempo y no gozan de la hipnótica espectacularidad de los fuegos de artificio.

(Nota publicada en el diario Río Negro).