Entre Atatürk y el islam, Turquía espera el próximo estallido

El golpe fallido del viernes a la noche y la madrugada del sábado cuenta todavía con una única versión, la del Gobierno turco, que acusó a los seguidores del clérigo Fethullah Gülen. Se trataría, en caso de que aquella sea cierta, de un golpe de nuevo cuño, completamente diferente a todo lo conocido en 1960, 1971 y 1997, asonadas en las que las Fuerzas Armadas actuaron como bastión laico del Estado, y al de 1980, cuando el peligro a conjurar era el socialismo revolucionario.
En este caso, estaríamos ante la irrupción de un factor islamista dentro del ámbito castrense, uno del que no se había tenido mayores noticias hasta ahora.
En efecto, la red de Gülen, llamada “Hizmet” (“el servicio”), siempre fue un factor poderoso en el poder judicial y en la policía, con una ideología islamista pero tolerante hacia otras confesiones y amigable con la libre empresa.
Más que un partido, “Hizmet” es una suerte de logia, cuyos miembros promueven a sus camaradas en el aparato del Estado. Por eso, algunos en Occidente la han comparado al Opus Dei.
Si la versión de Erdogan es cierta y Gülen fue desde su exilio EE.UU. el titiritero de esta trama, Turquía había quedado por primera vez inmersa en un conflicto violento entre dos facciones del islamismo político. Una, la del clérigo, supuestamente golpista: otra, la del propio presidente, en cuyo Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), predominan cada vez más las concepciones islamizantes de la sociedad y quedan neutralizadas los defensores de un conservadurismo laico, que pretendían llevar a la agrupación hacia un sendero comparable a la de las democracias cristianas europeas.
Inicialmente como primer ministro y hoy como presidente, en momentos en que pretende reformar la constitución para dotarse de mayores poderes, Erdogan fue llevando desde 2002 a la sociedad turca hacia una islamización creciente. Lo hizo extendiendo la educación religiosa a los grados inferiores de la escuela primaria, modificando poco a poco los programas de estudios (al punto de relativizar en las currículas el evolucionismo a expensas de un creacionismo musulmán) y privilegiando a la red de escuelas religiosas, cuyo presupuesto multiplicó por siete.
El problema con ese relato del golpe es que da cuenta de una sola Turquía, la islamista. La otra, la secular, cuyo garante de ultima instancia han sido siempre las Fuerzas Armadas impregnadas del legado de Mustafá Kemal (Atatürk), está llamativamente ausente.
Ese choque de visiones sobre la naturaleza del país, sobre su identidad y su destino encuentran una expresión impactante en Estambul. Enorme ciudad, fascinante, parte europea y parte asiática, en la que pasean chicas de jeans ajustados y maquillaje intenso junto a otras que llevan diversas variantes de velo, desde el hiyab (el pañuelo de colores que apenas cubre el cabello) hasta otros, integrales y negros como el niqab. La tolerancia mutua es tensa e impuesta por un empate en la cúspide del poder: el que arrojan los votos de los islamistas y el poder fáctico de los militares.
Acaso Erdogan, mientras acusa a sus antiguios aliados gülenistas, pretenda jugar a tres bandas y aprovechar el viento de cola del posgolpe para neutralizar a esas Fuerzas Armadas laicas, que siguen gozando de una elevada autonomía funcional, en la selección de sus cuadros, en el manejo de su presupuestos, en sus programas de formación y en sus condiciones de reclutamiento, refractarias a los jóvenes provenientes de escuelas religiosas.
La confianza excesiva es un arma de doble filo. Jugar la carta de los “fethullahcis” para golpear, silenciosamente, a los elementos tradicionales de la milicia puede resultar peligroso. Tarde o temprano esa otra Turquía volverá a emerger. Y está armada hasta los dientes.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).