El «brexit», o la venganza del Estado nación

El referendo que definió recientemente la salida del Reino Unido de la Unión Europea, generó una copiosa corriente de análisis en la prensa internacional, que iluminó relevantes consecuencias económicas y políticas. Un aspecto crucial del tema, sin embargo, pasó llamativamente desapercibido: ¿el brexit consagró también el retorno al primer plano del Estado nación como unidad de interpretación, poniendo fin al telos de la trasnacionalización económica y política, dado por sentado durante por tanto tiempo?

Se dijo, con acierto, que la corriente euroescéptica que se incubó por largos años en aquel país hunde sus raíces en una atávica desconfianza de la isla con respecto a lo que allí llaman “Europa”. También se habló del impacto que tuvo en la opinión de un número decisivo de británicos la fuerte llegada de inmigrantes de países europeos, posible merced al Tratado de Schengen que establece la libre circulación de personas en un amplio espacio continental. De la mano de eso, se señaló el hecho de que la población extranjera se haya casi duplicado en los últimos diez años, tanto por el arribo de comunitarios como de extracomunitarios, y el modo en que esto hizo más notorios los problemas laborales y la caída del salario de los trabajadores británicos de sectores económicos y geográficos poco competitivos.

Mucho de lo anterior se emparenta con el discurso xenófobo que parece ponerse moda en varios países, incluso centrales, tal como queda en evidencia con el ascenso de Donald Trump hasta el peldaño inmediato a la puerta de la Casa Blanca. Todo eso contribuye a que se observe el fenómeno como una lamentable curiosidad, como un reflejo meramente reaccionario que debe ser desestimado o, si se lo considera suficientemente amenazante, combatido.

Sin embargo, otra realidad aflora: acaso el Estado nación, tantas veces dado por muerto, no sea una mera antigualla sino, todavía, una realidad que da pelea. Por más que haya resultado tan severamente atravesado por el fenómeno de la globalización, por la circulación planetaria e instantánea de información y por el enorme crecimiento de poderes trasnacionales, desde los mercados financieros hasta gigantescas compañías, pasando por  la consolidación de bloques económicos regionales.

Muchos especialistas fechan el surgimiento del Estado nación en 1648, cuando se firmó el Tratado de Westfalia, y señalan la importancia de la Revolución Francesa en su generalización y del romanticismo político en su imposición final. ¿Es hoy un reflejo  defensivo, un amparo demodé? ¿O es, en cambio, una realidad bien adaptada a los nuevos tiempos?

Uno de los principales problemas de construcciones como la Unión Europea radica en la convivencia conflictiva entre entidades estatales y supranacionales, surgidas estas últimas de una transferencia de soberanía de las primeras.

Por mucho que la información circule libremente por el mundo y por mucho que las redes sociales y la tecnología perforen las fronteras, la política en nuestras sociedades de masas se sigue dirimiendo en términos básicamente nacionales. Las diferentes clases políticas siguen rindiendo cuentas ante electorados que mantienen esa escala, por más que muchos de los temas de interés escapen ya a las competencias de los gobiernos. Esta es la tragedia de la integración.

Valiéndonos del caso europeo, digamos, como ejemplo, que las tensiones demográficas son producto del proceso de integración, pero que son las autoridades nacionales, sin poderes para remediarlas, las que enfrentan sus consecuencias en las urnas.

En lo económico, esa fricción resulta más patente. Los países miembros de la eurozona resignaron sus monedas y cedieron al Banco Central Europeo sus competencias monetarias (un pecado que, no olvidemos, no cometió el viejo imperio). ¿Pero quién sufre el desgaste, quién paga en términos políticos cuando se desata una crisis del sistema, tal como ocurre desde 2008? No la burocracia de Bruselas, precisamente.

Por otra parte, el viejo proyecto de convertir a la UE en una federación requeriría disolver de hecho los Estados nacionales y trasladar hacia arriba la lógica democrática. Todo un reto que debería vencer no solamente cuestiones de procedimiento, escollos muy importantes dadas las enormes diferencias de población entre los socios, sino, fundamentalmente,  identidades muy arraigadas que no es sencillo erradicar. Acaso las mentalidades se muevan mucho más lentamente que las tecnologías y los capitales financieros.

El problema no es una extravagancia aquí, toda vez que el Mercosur atraviesa una doble encrucijada. Por un lado, la de su propia construcción, dada por las crisis sucesivas e interminables de sus dos miembros principales, Argentina y Brasil. Por el otro, la del modelo europeo que lo inspiró tres décadas atrás. Ya no hay referencias.

¿Cuántas competencias conviene ceder? ¿Qué límites debe tener la integración? ¿Es necesario revertir, como pretende el Brasil conservador de Michel Temer, la unión aduanera? ¿O hay que mantenerla, sosteniendo una frontera comercial, y abrirse al mundo como bloque, tal como propone Mauricio Macri? En definitiva, ¿hasta dónde llega el interés nacional?

En Europa, aquí y en todos lados, los problemas siguen siendo nacionales porque así lo determinan los seres humanos de carne y hueso, con sus identidades y con sus imaginarios. Y mientras los temas tengan esa escala, lo mismo que la política real, no la que se juega en despachos y oficinas lejanas, el Estado nación seguirá burlando los presagios de quienes se empeñan en darlo prematuramente por muerto.

Cerremos esta columna regresando al principio. El Reino Unido, vestigio de un imperio, no es, estrictamente, un Estado nacional. En realidad es uno plurinacional, que suma a ingleses, galeses, escoceses y norirlandeses. El big bang que acaba de desatar el brexit acaso depare una nueva sorpresa. La nación puede tomarse todavía una revancha más: la independencia de Escocia.

(Nota publicada en el diario Río Negro).