La luna y las mareas (o por qué cambia Sudamérica)

En noviembre del año pasado, el kirchnerismo le cedió el poder a una fuerza de centro-derecha, tan novedosa e hija como aquel del cataclismo de 2001.
Al revés que en la Argentina, con un proceso se dio sin la virtud del voto y en medio de un sinfín de conjuras y un polémico juicio político, el conservador Michel Temer reemplazó el mes pasado a Dilma Rousseff en Brasil.
El chavismo atraviesa su hora más crítica y, como nunca en diecisiete años, ya no logra explicarles a los venezolanos cuáles son los logros que le quedan y que invita a preservar. El destino no le promete casi nada.
Evo Morales comprobó en febrero último que no es invencible en las urnas, Rafael Correa se enfrenta al drama de la falta de sucesores viables y en Uruguay el Frente Amplio sigue gobernando, aunque en su versión más moderada: definitivamente, Tabaré Vázquez no representa lo mismo que José Mujica.
Sudamérica cambia aceleradamente y ya es posible hablar de un “efecto dominó”, en el que se suceden salidas o crisis en la mayoría de los gobiernos que, a falta de mejores definiciones, podríamos llamar “progresistas” o “populistas”.
¿Pero qué causa ese efecto? ¿Por qué la región gira (o amaga con girar) al mismo tiempo al centro-derecha? Como si se tratara de mareas que avanzan sobre la arena para luego retroceder, cabe preguntarse cuál es la “luna” que gobierna ese proceso con su influjo gravitatorio.
Algunos, se sabe, se conformarán con denunciar al “imperialismo” y la actuación de factores externos. Sin embargo, se supone que estos (que no existen, pero que los hay, los hay) son permanentes, tanto cuando el agua sube como cuando baja. ¿Por qué habrían de lograr su cometido justo ahora y casi en todas partes? La luna debe estar en otro lado.
Así, otros pondrán la mira en la evolución de las distintas sociedades involucradas, que sincronizan su paso, efecto demostración mediante, en un mundo en el que la información circula de modo instantáneo. La alternancia, que hasta hace poco parecía imposible, rompe esquemas en un lugar y cruza las fronteras.
Otros, insatisfechos con esas explicaciones, apuntarán a la dinámica política, a lo prolongado de las experiencias anteriores, a su desgaste natural y a su agotamiento conjunto.
La economía internacional será la clave para los que buscan más allá. Parece razonable que los gobiernos mencionados hayan surgido de dolorosos procesos de ajuste en sus respectivos países. Pero la sincronía del inicio de esas experiencias, con Venezuela en 1999 y Brasil y la Argentina en 2003, plantea una vez más el misterio de las mareas políticas y el de la luna que los determina.
Todas aquellas, lo mismo que las de Bolivia, Uruguay y Ecuador, se consolidaron en el poder en una etapa de precios elevados de sus materias primas de exportación, lo que les permitió encarar la aventura de procesos intensos de redistribución del ingreso.
También es plausible constatar que si bien fueron exitosas en repartir, fallaron en generar las condiciones de un ciclo de desarrollo económico sustentable y equitativo una vez que el deterioro de los términos de intercambio erosionó las bases de aquella redistribución y de su éxito político. La ampliación del consumo sin un incremento paralelo de la oferta de bienes y servicios tiene un alcance limitado.
La economía internacional no brinda más las extraordinarias condiciones que rigieron hasta la crisis global de 2008-2009. Ya no ofrece mercados ávidos de soja, carne, cobre, hierro y petróleo. Lo que abunda hoy son los capitales (relativamente) baratos que vuelven a llegar a la región, esta vez con la promesa de que servirán para crear infraestructura como nunca se vio. ¿Será así o comenzará otra vez a subir el agua de la decepción y el sobreendeudamiento, preludio de ajustes más bruscos que los que hoy afligen a tantos?
Mientras, entre el movimiento de las mareas, asoma con mayor claridad la “grieta”, tan vieja como la patria grande rota en mil fragmentos. Una división encarnizada que ningún periodista acaba de descubrir y ante la cual no tenemos derecho de sorprendernos si tan solo recordamos nuestra historia. A veces feroz, a veces anecdótica, pero siempre presente.
El reto es no entregarse sin límites a esa exacerbación peligrosa, por más que insistamos en preguntarnos cuál es y dónde está la enigmática luna que nos gobierna.
No olvidemos nunca a la hermosa Amalia.

(Nota publicada en el diario Río Negro).