Temer disfruta su hora, pero el futuro solo le promete espinas

“Es sorprendente que un vicepresidente en ejercicio conspire abiertamente contra la presidenta. En ninguna democracia una persona que haga eso sería respetada. A las sociedades humanas no les gustan los traidores”, dijo ayer Dilma Rousseff en referencia a Michel Temer. No jugó a los dados. Aparte de decir su verdad y de tomarse una revancha (módica tras el demoledor revés del domingo a la noche), apuntó a desgastar una figura que, aun antes de reemplazarla en el palacio del Planalto, ya luce algo marchita.
Tras la foto que hizo difundir el domingo, mientras miraba sonriente por televisión la sesión de Diputados que abrió el juicio político a su supuesta jefa, ayer el hombre habló a través de voceros. “Nos espera una gran responsabilidad. Ahora viene la parte más difícil”, dijo. Sus 75 años lo aconsejaron bien: optó por la discreción después de la “gaffe” memorable del discurso ensayado que se filtró por WhatsApp.
Lo suyo nunca fue el alto perfil, y si alguna virtud tiene, es más la habilidad para negociar en las sombras que su carisma. La única que no comparte esa mirada es su hermosa esposa, Marcela Tedeschi Araújo, de 32 años.
La gente no lo quiere. Según la última encuesta de Datafolha, si se votara hoy, Temer sacaría, en distintos escenarios entre el 1 y el 2% de los votos.
De acuerdo con la misma consultora, el 68% de los manifestantes anti-Dilma que se dieron cita el domingo en la avenida Paulista cree que su Gobierno sería muy malo, malo o regular y el 54% pidió que sea destituido junto con aquella. Las mediciones en las marchas oficialistas le resultaron directamente fatales, claro. En tanto, entre la población en general, la expectativa de un Gobierno Temer entre muy malo y regular llega al 70%.
Si, como se espera, el Senado se deshace de Dilma y él asume, “tendrá que recuperar la economía para que no le ocurra lo mismo que a su antecesora, y cien días todo lo que tendrá para presentar, al menos, un programa concreto”, le dijo desde Brasilia a Ámbito Financiero el analista político Marcelo Rech, director del instituto InfoRel.
“Temer fue muy inteligente al involucrar a los empresarios en la batalla del ‘impeachment’. Ellos quieren cambios en la economía y Dilma desde hace mucho que ya no les inspiraba confianza”, explicó.
El problema es que los aliados de ayer pasarán por caja mañana mismo. Así se lo hicieron saber ya las patronales que jugaron a fondo en la campaña contra la Presidenta, entre ellos Paulo Skaf, presidente de la Federación de Industrias del Estado de San Pablo (FIESP), la mayor entidad empresarial del país, afincada en la provincia natal de Temer. El hombre de negocios empeñó su ímpetu militante y, dicen, su capacidad de financiamiento.
Reservadamente, los empresarios de la industria, el comercio y el sector agropecuario ya le hicieron llegar su “pliego de condiciones”, según dijo hace poco Folha de Sao Paulo. Este incluye el abandono definitivo de la idea de restaurar el “impuesto al cheque” y cualquier otro gravamen, flexibilizar las relaciones laborales, que las negociaciones salariales se realicen a nivel de empresa, ajustar severamente el gasto público y “racionalizar” las partidas destinadas a planes sociales. Será por eso que en aquel discurso fallido el aspirante a Presidente les anticipaba a los brasileños “muchos sacrificios”.
El plano político también le promete turbulencias. El mismo Congreso que él operó con la habilidad de un Frank Underwood le impondrá condiciones. Fragmentado como está entre partidos, sellos y pymes, lo enfrentará a la voracidad de múltiples facciones ansiosas por mantener o regresar al calor que solo da el poder. Su propio partido, el del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), es un mosaico de tribus enfrentadas, que responden a varios caciques.
Ese mismo Congreso, que acaba de conocer el sabroso gusto de la sangre humana, lo tendrá también a tiro de “impeachment”. Se sabe que hay pedidos en su contra, justamente por la misma razón que le está costando la vida política a Dilma, las “pedaladas” fiscales, que también él cometió en varios decretos.
No olvidemos además la posibilidad de que el Tribunal Superior Electoral directamente anule, por supuesta financiación ilegal, el resultado de las elecciones que lo consagraron junto a Dilma en octubre de 2014.
Mientras, el principal partido de la oposición a Rousseff, el de la Social Democracia Brasileña (PSDB), le impuso ayer, a cambio de su respaldo, once condiciones, entre las que se destacan que no entorpezca la operación “Lava Jato” (en la que él ha sido mencionado como sospechoso por un “arrepentido”), el mantenimiento de los programas sociales y una disminución drástica del número de ministerios, desde los extravagantes 31 que deja Dilma.
Claro, el PSDB le ofrece apoyo, pero todo indica que será externo: ¿quién quiere pegarse a un Gobierno que deberá llevar a cabo un nuevo ajuste? En octubre habrá elecciones municipales y 2018 será un año directamente de campaña presidencial.
Sin apoyo en la calle, a Temer le queda apoyarse en los poderes fácticos. Por eso prepara un gabinete a gusto de los mercados, un “dream team” en que figurarían los expresidentes del Banco Central Henrique Meirelles y (o) Armínio Fraga, y el socialdemócrata más cercano que tiene, el excandidato presidencial José Serra, entre otros.
Los empresarios le reclaman ajuste y regreso del crecimiento, algo así como la cuadratura del círculo. Y los políticos serán avaros a la hora de compartir con él la foto en los anuncios dolorosos.
De a poco, la sonrisa satisfecha del domingo puede comenzar a mutar en mueca.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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