El cielo se llena de nubes negras para Dilma

Todo en Brasil es una tensa cuenta regresiva. Se cuentan las horas hasta el viernes, cuando comenzará la sesión que desembocará el domingo en la votación de la Cámara de Diputados sobre el “impeachment”. Y se cuentan, claro, los votos que un sector y otro van arrimando, con ofertas políticas y, según los suspicaces de siempre, de otro tipo.
Cada sitio “online” actualiza continuamente su propio “placar (tablero) do impeachment”. Al cierre de esta edición, Estadão arrojaba 300 votos en contra de Dilma Rousseff, 125 a favor de ella y 88 indecisos, los cortejados por todos; Folha de Sao Paulo, en tanto, iba más atrasado: 281 a 113.
Como se sabe, la elevación del juicio político al Senado debe contar con el voto favorable de dos tercios de la cámara, 342 sufragios, y su bloqueo requiere que al menos 172 diputados se manifiesten a favor de la Presidenta, se abstengan o se ausenten. Así las cosas, nadie tiene asegurado todavía lo que necesita, y que el Gobierno no arroje la toalla y siga ofreciendo cargos y cajas en un gabinete futuro (e hipotético) es todo un indicio. Sin embargo, el Partido de los Trabajadores va recortando sus expectativas: los anuncios de hace unos días, que aseguraban 215 votos contra el “impeachment”, se hacían ayer menos optimistas y citaban unas 200 voluntades. Pronto se sabrá la verdad.
El clima, sin embargo, no es favorable a Dilma y a su principal operador político, Luiz Inácio Lula da Silva, quien aún no pudo asumir como jefe de gabinete (a propósito, ¿lo hará alguna vez o, acaso, los diferentes tiempos de la política y de la justicia hagan abstracto el litigio?). Tras la reciente salida de la alianza oficialista del principal partido de la cámara, el del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el Gobierno había celebrado hace justo una semana la decisión de permanecer en ella del cuarto más numeroso, el derechista Partido Progresista. Sin embargo, la conocida división entre los 47 diputados del PP acerca de cómo votar el “impeachment” derivó en estampida tras una reunión que habrían mantenido el líder partidario, senador Ciro Nogueira, y el persuasivo vicepresidente Michel Temer. Ayer la agrupación puso marcha atrás: anunció que también abandonará al Gobierno y, aunque su bancada votará dividida, Lula ya no tiene asegurado el piso de al menos veinte votos progresistas con los que contaba.
El PP no será el único partido que vote dividido el domingo. A modo de demostración, es ilustrativo repasar cómo sufragó cada una de las 25 agrupaciones que componen la cámara en la comisión especial de 65 miembros que recomendó el lunes el avance del juicio político.
Más allá del conocido resultado global, 38 a 27, dos partidos votaron divididos, justamente los que resultan clave para el domingo: el PMDB y el PP. En el primero, 4 votaron diputados por el “impeachment” y tres contra él; en el segundo, fueron 3 y dos, respectivamente. El juego está abierto.
Si se habla de un ambiente adverso para el Gobierno, no se pueden pasar por alto las últimas declaraciones de Dilma, por demás nerviosas. Si ella no se ha cansado de denunciar el juicio político como un intento de golpe de Estado, su lenguaje ayer fue más allá, al afirmar que Brasil vive, además, un tiempo de “farsa y traición”. La obra, según ella, obedece a un guion escrito por el titular de la cámara baja, el “pemedebista” Eduardo Cunha, un hombre indeleblemente manchado por la corrupción pero que por ahora logra sobrevivir gracias a la vista gorda de una oposición que no teme dejar en el camino jirones de su ética con tal de derrumbar al PT. También tiene, afirmó ayer, “copyright” de Temer, quien quedó en evidencia el lunes al filtrarse su ensayo de un discurso con todo casi de asunción del poder. Todo ha llegado tan lejos que lo ocurrido no le importa a casi nadie.
Los mercados festejan a cuenta, ayer con otra suba del 3,66% de la Bolsa de San Pablo, pero estabilizar a Brasil acaso resulte más complejo que sacarse de encima a la desangelada Dilma. En su descarado discurso, el vice prometía un “Gobierno de unidad” y le pedía a la población “muchos sacrificios” (más ajuste, en portugués culto), pero acaso el bastón de mando esté enjabonado para él. No solo pesan en su contra pedidos de juicio político por la misma causa que la que tiene acorralada a Dilma, las “pedaladas” fiscales, sino que ha sido mencionado por arrepentidos del “petrolão”. Por si eso fuera poco, está pendiente todavía el fallo del Superior Tribunal Electoral, que puede anular el resultado de las elecciones de octubre 2014 por supuesta financiación ilegal de la fórmula oficialista. Temer, hábil jurista, pretende que el TSE analice sus cuentas y las de Rousseff de manera separada, pero para los magistrados esa “pedalada” jurídica parece difícil de digerir.
Toda ejecución tiene, se sabe, un componente de espectáculo. Y Brasilia tendrá “show” el domingo. El ignífugo Cunha planea colocar pantallas gigantes en la Explanada de los Ministerios para mantener informadas a las cerca de 300.000 personas que se concentrarán para seguir la votación. Ojalá que el vallado de un kilómetro que están colocando las autoridades locales impida choques. Además, Cunha dispuso que el orden de votación sea, curiosamente, geográfico: del sur rico al norte pobre. Así, los primeros conteos tenderán a abultar la cuenta a favor del “impeachment” y recién al final el PT podrá exhibir realmente lo que le queda. Todo sea por crear climas, hasta el minuto final.
Lula, en tanto, lucha en varios frentes. Uno, para tratar de salvar lo que resta del Gobierno. Otro, claro, para no ir preso. Pero si no logra lo primero y sí lo segundo, tiene un “plan B”: buscar otra vez la Presidencia en 2018 o acaso antes, si a Temer el capital no le alcanza para pagar sus cuentas pendientes. En ese sentido, resuena todavía una de las frases más crípticas de su discurso del lunes a la noche durante un mitin oficialista en Rio de Janeiro: Dilma, dijo, “hizo un ajuste que no le gustó a ningún compañero. Ahora la compañera Dilma aprendió una lección: su mercado no son los banqueros, es el pueblo trabajador”.
¿Una arenga para retener el respaldo de la calle? ¿Un desahogo contra alguien que no lo escuchó a tiempo? ¿Un modo de despegarse, de cambiar el discurso antes de otra aventura electoral?
Brasil cuenta las horas para un final que, acaso, no sea tal.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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