Venezuela, el país en el que los votos no son necesariamente poder

Entre el 6 de diciembre, cuando ganó las elecciones legislativas con más del 56% de los votos y se asignó dos tercios de las bancas en la Asamblea Nacional, y ayer, cuando sucumbió a las amenazas del chavismo de clausurar el Poder Legislativo, la oposición venezolana se dio todo un baño de realidad. En el medio quedaron la decisión del Tribunal Supremo de Justicia de dejar en suspenso la asunción de tres diputados del estado de Amazonas por presunto fraude, la desobediencia de la conducción opositora a la medida cautelar, la jura de los sospechados y la apurada marcha atrás de ayer. Mucho en tan poco tiempo.
¿Cómo se pudo pasar de un triunfo tan contundente en las urnas a una muestra semejante de debilidad? Solo a través de un mal cálculo, dado por sobreestimar las fortalezas propias y por ignorar las fragilidades. Desde Tucídides se sabe que la esperanza es la perdición de los débiles.
Entre su victoria electoral y la asunción de la nueva AN, la opositora Mesa de la Unidad Democrática se preparó para una guerra política que, sabía, sería inevitable. Para ello optó por nombrar al frente del parlamento unicameral a Henry Ramos Allup y relegar a Julio Borges. Experimentado, sobreviviente de la IV República y de verba combativa, el primero; más joven, renovador y en proceso de moderación, el segundo.
El socialdemócrata Ramos Allup avanzó de acuerdo a lo que se esperaba de él. De entrada, el mismo 5 de enero del debut, sorteó el reglamento interno de la cámara en la jornada inaugural y no le importó que, en protesta, los chavistas dejaran sus bancas. Luego hizo sacar del recinto todos los cuadros de Hugo Chávez y los de Simón Bolívar recreados, exhumación y técnicas de computación mediante, en tiempos de la revolución. Entre críticas incluso opositoras, sobreactuó su dureza al afirmar que no le importaba si los del comandante terminaban en el palacio de Miraflores, en manos de sus hijas “o en la basura”. Finalmente, decidió tomarles juramento a los tres diputados amazónicos.

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Ayer, lo dicho, debió retroceder ante la posibilidad de que el TSJ barriera con la AN por su desacato. Si eso hubiese ocurrido, de nada habría valido el triunfo en las urnas y a la MUD solo le habría quedado el recurso testimonial de la queja internacional. En resumen: en solo ocho días se chocó con una pared.
Para entender esto hay que recordar que el chavismo no es un gobierno más. Es un régimen que se asume como revolucionario y que, por lo tanto, pretende protagonizar toda una era política. La idea de la alternancia resulta ajena a sus cuadros más combativos.
El oficialismo controla 20 de las 23 gobernaciones de Venezuela, la gran mayoría de los municipios, todo el Poder Judicial, el sistema electoral y los organismos de control. Por si fuera poco, si el partido se complica, también tiene a los árbitros: el TSJ y la Fuerza Armada Nacional… Bolivariana.

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Es cierto: después de 17 años perdió el parlamento. Pronto se verá que ese no fue el final de ningún camino sino solo el comienzo de otro, lleno de acechanzas.
Ganar una elección no garantiza tener el poder. Solo lo asegura la política cotidiana y trabajosa.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).