Brasil suma zozobras a una Argentina que cambia

 

Lejos quedaron los tiempos en los que las economías de Argentina y Brasil crecían con fuerza y en paralelo. Los dos países acumulaban riqueza y reservas en sus bancos centrales, al tiempo que la relación en el Mercosur marchaba armónicamente en lo comercial y dejaba espacio suficiente para una sintonía política sin precedentes.
Hoy, cuando nuestro país comienza un nuevo ciclo político y busca establecer su economía sobre nuevas bases, necesitaría más que nunca de la tracción del gigantesco mercado brasileño. Pero no puede contar con ello. Acostumbrada tantas veces a ser tratada como un lastre para el bloque regional y como el país que les exportaba sus problemas cambiarios y de restricción de divisas a sus socios, hoy es Brasil la mayor piedra en el zapato en una relación tan habitualmente complicada como imprescindible para los dos países.
Las noticias que llegan de allí son invariablemente malas… y cada día peores.
Por un lado, las políticas de ajuste destinadas a equilibrar las cuentas fiscales solo han derivado hasta ahora en una recesión profunda y en una consiguiente caída de los ingresos tributarios que, en lugar de resolver, hicieron más profunda la brecha fiscal.
Según cálculos del mercado financiero brasileño, recogidos por el Banco Central de ese país, la economía sufrirá este año una contracción superior al 3,15%, consumando su peor crisis en 25 años. Y, por si eso fuera poco, el año que está por comenzar no augura un rebote precisamente sino una retracción del 2%… previsión que empeora semana a semana.
En tanto, el desempleo trepó en los doce meses terminados en octubre último del 4,7% al 7,9%. Y el déficit fiscal de ese mes duplicó el de septiembre, toda una señal de que los esfuerzos son insuficientes o están mal encaminados desde la raíz.
El deterioro comienza a pegarles a los bancos, cuya tasa de morosidad llegó, también en octubre, a su mayor nivel en dos años.
No ayuda, ciertamente, a mejorar las cosas la persistencia de una crisis política de final imprevisible, con miembros clave de la clase política de Brasilia en ascuas y temiendo terminar presos.
El escándalo del “Petrolão” mantiene en prisión a varios de los principales empresarios y hasta banqueros brasileños, así como a prominentes figuras del oficialismo. A eso se suman los embates contra una presidenta que se encuentra en el subsuelo de la popularidad: los pedidos de juicio político por el supuesto maquillaje de las cuentas públicas de 2014 y hasta la posibilidad de que la justicia anule su reelección por la posible financiación de su campaña con dinero sucio. Nada de esto registra precedentes.
Todo este escenario, sumado a los recientes problemas económicos argentinos, hace que no deba sorprender la reciente caída del comercio bilateral, que se redujo en 2015 alrededor de un 20%. Volvió así a un nivel de 30.000 millones de dólares, con dificultades especialmente agudas en el sector automotor, clave para los dos países por su poder multiplicador del nivel de actividad.
Pero aunque el vínculo haya perdido intensidad, ambos países se siguen necesitando. Por un lado:

♦ Brasil sigue siendo, después de China, el segundo mercado para las exportaciones nuestro país, con especial énfasis en las industriales.

Por el otro:

♦ La Argentina es todavía el cuarto destino individual para las exportaciones brasileñas.
♦ Si en el acumulado enero-septiembre de 2015 las ventas externas totales de Brasil se redujeron un 16,3% interanual, en el caso de las destinadas a la Argentina cayeron menos, un 10,6%. Es decir que el mercado argentino fue más benigno que los demás para las empresas del vecino.
♦ Si se consideran solo los datos de septiembre, cuando la devaluación del real se hizo más notoria como factor de estímulo a las exportaciones, el retroceso de estas fue, en general, de un 13,8 % y en las dirigidas a la Argentina, solo un 5,7 %.
♦ Asimismo, también la calidad de las exportaciones que Brasil puede dirigir a Argentina marca un fuerte predominio de bienes con elevado valor agregado.

Pese a los nuevos rumbos que le ha dado a la política exterior nacional, el presidente Mauricio Macri mantiene a Brasil al tope de las prioridades. Sin embargo, aquel giro hace que el vínculo con el vecino se haga algo más problemático que en el pasado.
Por un lado, la fuerte distancia que la Argentina ha tomado de la Venezuela chavista, algo incómodo para el Planalto, encerrado entre un Partido de los Trabajadores afín al chavismo y una oposición que no deja de enrostrarle a la mandataria su permisividad con los excesos de Nicolás Maduro.
Por el otro, las señales del Gobierno nacional sobre el deseo de darle al Mercosur una mayor apertura, cobre todo en dirección al Pacífico, también hace ruido dentro del variopinto oficialismo brasileño y marcan afinidad más clara con la mirada del gran empresariado del país vecino que con su propio Gobierno.
Entretanto, resulta inocultable el deseo de acercamiento argentino a Estados Unidos, lo que servirá para equilibrar un haz de relaciones que, llamativamente, no tuvo a la superpotencia en su radar en los años precedentes. Eso estimula las fantasías: siempre Washington buscó introducir una cuña en el eje del Mercosur.
Cuando Dilma fue reelecta en octubre de 2014, parecía que Brasil encaminaba su transición y que esperaría al final del camino a la Argentina, que la completaría un año después. Pero la historia es imprevisible.
El comienzo de 2016 muestra a nuestro país ya lanzado a un nuevo rumbo y a Brasil todavía tropezando con sus viejos dilemas, políticos y económicos.
Sería mejor no caer aquí en el tremendismo de quienes, del otro lado de la frontera, se apresuraron a tratar a la Argentina como un caso sin remedio. La formidable relación que Argentina y Brasil lograron consolidar, más allá de los vaivenes, desde los tiempos de Raúl Alfonsín y José Sarney bien vale una nueva dosis de paciencia.
Brasil es un amigo al que siempre vale la pena esperar.

(Nota publicada en el Anuario de Ámbito Financiero).