Occidente reprime en casa los demonios que desató en Medio Oriente

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Cuando golpea el terrorismo, solo hay lugar para el dolor. Pero cuando el impacto se convierte en duelo, las preguntas emergen. Sobre todo dos: ¿cómo llegamos a esto?; ¿cómo se sale de esta amenaza constante?
Sin responder la primera no hay esperanzas para dar con la solución que reclama la segunda. Y la cruda verdad es que, si bien los demonios del islamismo yihadista anidan en los intersticios de una cultura que alguna vez deberá enfrentarlos cara a cara, Occidente ha hecho mucho por desatarlos y por traerlos a casa.
Para empezar, cuando Estados Unidos creía que derrotaba a la Unión Soviética al financiar y armar a los rebeldes islamistas que combatían la ocupación de Afganistán; de ese error nació Al Qaeda. Y luego, tras el 11-S en el que esta le mostró su rostro al mundo, con la pésima idea de invadir Irak de George W. Bush; de ella nació el Estado Islámico.
La invasión no solo dejó un tendal de cientos de miles de civiles muertos sino que rompió un precario equilibrio entre las tres comunidades que componían el país: el sur chiita, el centro sunita y el norte kurdo.
Semejante mosaico se mantenía unido en base a la feroz represión del régimen de Sadam Husein, por lo que la destitución y cacería de este provocó un vacío de poder que ocupó la mayoría (relativa) chiita y una violenta reacción del yihadismo sunita. Primero como franquicia local de Al Qaeda, luego como grupo autónomo, tras varios cambios de nomenclatura el autodenominado Estado Islámico rompió con la estrategia internacionalista de aquella y puso en marcha su proyecto de dotarse de poder territorial. Esto no es menor. Haber tenido éxito en esa empresa y controlar un amplio territorio en el norte de Irak y de Siria le permite hoy controlar yacimientos petroleros que son una fuente propia de recursos cuantiosos, algo de lo que la red de Osama bin Laden siempre careció.
En lugar de corregirse, el error de la intervención ciega se repitió en ocasión de la llamada “primavera árabe”, en la que Occidente creyó advertir el reflejo de un movimiento deseoso de avanzar hacia democracias liberales en varios países. No entendió que ese reclamo, si existe, es minoritario y ajeno a las grandes líneas políticas de los países involucrados. La destitución y linchamiento de otro dictador detestable como Muamar el Gadafi convirtió a Libia en un caos, en el que el Estado Islámico también hizo pie y donde pululan bandas que, entre otros males, explotan el inagotable negocio del tráfico humano hacia Europa.
Siria fue otro capítulo, peor si es posible, de esa torpeza. La “oposición moderada” que desea ver Estados Unidos acaso solo exista en su imaginación, y el aislamiento de otro tirano sanguinario, Bashar al Asad, solo le abrió la puerta a los avances territoriales del Estado Islámico.
Esa guerra, en la que diversos factores externos (EE.UU., Francia, Rusia, Irán, las monarquías del Golfo) intervienen de modo caótico, confundiendo aliados y enemigos, ha sido un poderoso imán para miles de jóvenes musulmanes de varios países de Europa. Estos pueden, con sus pasaportes franceses, británicos, españoles o italianos, ir y volver de la zona, radicalizarse y asesinar en casa.
La esperanza, tantas veces mala consejera, de que el ocaso de los dictadores alumbrara la democracia, solo hizo desapareciera la represión que contenía a esos demonios.
Ahora es tarde. Con ellos adentro, le tocará a la propia Europa reprimir, poner bajo injusta sospecha a sus habitantes musulmanes, espiar masivamente, conculcar libertades. Importará así la represión que antes aplicaban Sadam, Gadafi y Al Asad.
La libertad es, acaso, la víctima aun no contabilizada de las matanzas de París.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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