Un tono suave fue el perfecto vehículo del potente mensaje de Francisco

Congressional-Pope

Fue extraño ver ayer a un papa hablando ante la Asamblea Legislativa de los Estados Unidos. Y más extraño -y ciertamente emocionante- ver a un papa argentino expresando allí, en uno de los mayores centros del poder mundial, donde los casi todopoderosos jefes de la Casa Blanca encuentran límites y donde se deciden invasiones y guerras asimétricas, puntos de vista que hacen al mejor sentido común de quienes vivimos en esta parte del mundo.

No mencionó a Cuba ni al embargo (bloqueo) estadounidense, pero fue claro respecto de la necesidad de tender puentes y superar conflictos perimidos. No habló de las torturas de la CIA ni de Guantánamo, pero abogó con fuerza por el respeto a los derechos humanos. No pidió la legalización de los once millones de inmigrantes sin papeles que viven en el país, pero defendió con contundencia sus derechos. No pidió específicamente que se reciba a los refugiados que mueren por llegar a Europa, pero se convirtió en su mejor abogado. No condenó como tantas veces los excesos del capitalismo, pero en ningún momento permitió que los débiles estuvieran ausentes. Pidió defender la vida, la de los inocentes y también la de los culpables de delitos.

Fue un Francisco a pleno, que logró con palabras suaves y pausadas, y evitando alusiones directas y por tanto divisivas, hacer que su mensaje llegue de modo más potente y pleno allí, donde se cuecen los grandes asuntos mundiales. Hasta su precario inglés incitó a los presentes a esforzarse en entender su mensaje.

Atrajo a los republicanos al incorporar a Abraham Lincoln como uno de los personajes en torno a los que estructuró su mensaje. Pero aquél, se sabe, no fue cualquier presidente republicano. Fue el que emancipó a los esclavos negros, cuando el Partido Demócrata expresaba intereses más tradicionales y se ubicaba a su “derecha”. Un modo claro de marcar que las verdades de hoy pueden suponer el olvido de las del pasado.

Además, rescató, al hablar de Martin Luther King, la lucha inconclusa por los derechos civiles en un país que, semana a semana, es noticia en la prensa mundial por la brutalidad de sus distintas policías, que se ceban con las minorías étnicas. Sumó a esa figura la de Dorothy Day, símbolo de la necesidad de complementar aquellos derechos individuales con la esperada justicia social. Y cerró con Thomas Merton la necesidad de dialogar con el diferente y abrirse a Dios.

Pese a los modos suaves, el de Francisco fue un discurso difícil de digerir para la actual derecha estadounidense, cada vez más recalcitrante, con su Donald Trump y su Tea Party.

Mencionó a Dios mucho menos que, en un tiempo equivalente, cualquiera de esos políticos que hacen campaña usando su fe como bandera. A quienes rechazan con fiereza a los inmigrantes les aclaró que “todos hemos sido extranjeros” alguna vez. A quienes incitan la islamofobia les recordó que ninguna religión está a salvo del fundamentalismo. A quienes unen acríticamente cristianismo y libre empresa, les habló de los pobres y de la necesidad de que el desarrollo no atente contra la “casa común”.

Un momento especialmente elocuente de la habilidad con la que filtró su mensaje se produjo cuando pidió“respetar la vida en todas sus etapas”. De inmediato, tras la imponente salva de aplausos de quienes se oponen al aborto, abogó por la abolición mundial de la pena de muerte, recordándoles a aquellos cristianos que segar una vida adulta y privarla del derecho a la rehabilitación y el arrepentimiento también es un pecado. Impactó cómo quienes se habían puesto de pie un segundo antes, callaran un después… y viceversa.

En la política internacional, como en la vida, hay cosas importantes, pero que no le importan a casi nadie. Y otras, que le importan a mucha gente, pero que no logran cambiar la historia.

Lo de Francisco de ayer importó, y mucho, en todo el mundo. ¿Fue importante también? Eso dependerá del modo en que su mensaje, el de ayer y el de todos los días trascienda en el tiempo. El papa Bergoglio ya anticipó que su pontificado será corto y hasta jugó con la idea de renunciar como Benedicto XVI.

Del rumbo que tome la Iglesia a partir de ese día por ahora desconocido dependerá que ese mensaje, el mejor que puede emanar de allí, construya un sentido común global y duradero.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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