Lula, el “salvador” que se eleva sobre los dramas de Dilma

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De pronto, aunque no imprevistamente, Luiz Inácio Lula da Silva rompió el silencio que hasta ahora había expresado su voluntad de no obstruir la gestión de Dilma Rousseff, justo cuando su heredera se expone a la peor combinación que puede entregar la política: denuncias de corrupción, medidas de ajuste y pérdida de iniciativa.
Lo hizo obligado por una realidad que lo muestra a él mismo por primera vez cubierto de óxido, sometido al efecto corrosivo de acusaciones que lo presentan como un “lobbyista” de las mismas grandes constructoras involucradas en el “Petrolão” y con encuestas que lo muestran perdiendo un mano a mano con la oposición. Toda una afrenta.
La prensa había filtrado el fin de semana un crudo diagnóstico suyo, según el cual “Dilma está en volumen muerto y el PT está por debajo del volumen muerto”, igual que las represas que quedan paralizadas por las sequías. “Yo también estoy en volumen muerto”, agregó a modo de concesión retórica. Ayer subió el volumen.
Tres argumentos sobresalieron en el discurso de Lula da Silva en San Pablo, durante un seminario organizado, entre otras organizaciones, por su propia fundación. Uno, el de un Partido de los Trabajadores carente de proyecto y obsesionado por la búsqueda de cargos y ventajas personales; dos, el de un “defecto” que no supo decir si es del partido o “del Gobierno”; tres, la necesidad de una renovación generacional.
Sobre lo primero, aunque no lo admita, mucha responsabilidad le cabe a él mismo, dado que en sus dos mandatos (2003-2010) convirtió al partido de izquierda en una fabulosa maquinaria electoral y política, que incluyó dosis masivas de pragmatismo y que incorporó como propias varias de las peores características de un sistema político demasiado dado a la negociación subterránea e inconfesable.
Lo segundo es directamente una acusación a una Dilma que privadamente advirtió “inerte” ante los problemas de gestión y revelaciones judiciales que supone conspirativas. Su sector, Construyendo un Nuevo Brasil, ensayó una crítica dura en el reciente congreso partidario de Salvador de Bahía, cuando culpó a la mandataria de haber impuesto un ajuste inequitativo y jamás consultado con las bases. El documento final del V Congreso del PT fue lavado y no recogió esos y otros dichos en las deliberaciones, pero el mensaje ya estaba pasado.
Lo tercero, la necesidad de una renovación generacional, es más una aspiración a futuro que una posibilidad concreta. No aparecen en el PT cuadros emergentes de dimensión nacional capaces de pelear en 2018 por la Presidencia. Solo él podría hacerlo.
El Lula que se presenta dispuesto a un renunciamiento histórico en pos de la juventud se exhibe, en realidad, como el puente de plata imprescindible hacia el futuro. Un futuro, por otra parte, muy similar al pasado, a su pasado, cuando el PT perseguía utopías que, según afirmó, tiene extraviadas hoy… con Dilma.
Lo que Lula hizo ayer fue anunciar que sigue en carrera, que el PT necesita una refundación y que solo él puede liderarla. Actuó movido por una coyuntura de urgencias inéditas en sus más de doce años de dominio de la política brasileña, cuando el horizonte espera en 2018 (o acaso antes).
El mes pasado, una fuente que conoce desde adentro la estrategia de la cúpula del conservador Partido del Movimiento Democrático Brasileño, imprescindible aliado legislativo del PT, le dijo a Ámbito Financiero que “ahora que la coordinación entre el Gobierno y el Congreso depende del vicepresidente [ndr: Michel Temer, del PMDB], hay que esperar los resultados. Mientras la coordinación funcione, Dilma seguirá. Pero si deja de funcionar, caerá”.
Llamativamente, el líder de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, denunció la semana pasada que “el olor en los pasillos” le indica que “existe un intento de sabotaje del PT a Michel. No tengo ninguna duda de eso”. “Cualquier intento de sabotaje terminará en una ruptura”, aclaró sin que hiciera falta.
Cunha es el líder del ala del PMDB más refractaria al cogobierno con el PT, pero su voz parece ahora menos aislada que antes, por lo que conviene prestarle atención.
Poco después de esas declaraciones, se supo que el Tribunal de Cuentas de la Unión le dio a la propia Presidenta un mes de plazo para aclarar denuncias de manipulación de las cuentas públicas. De eso depende que se le pueda imputar un “crimen de responsabilidad”, justamente lo que exige la Constitución para la apertura de un juicio político.
Tal es su fragilidad, que la mandataria ayer sintió la necesidad de salir a desmentir versiones que circulaban en las redes sociales sobre un problema serio de salud y hasta de un intento de suicidio.
Pero la tarea no se limita a Dilma. Demoler al PT como opción de poder requiere derrumbar, en el mismo acto, a su gran pilar, Lula da Silva. Esa es la urgencia que lo sacó de su letargo.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).