El negocio del fútbol en un torbellino político

Las fiestas nunca duran para siempre y la de la corrupción en la FIFA encontró su punto final cuando la entidad que Joseph Blatter condujo con mano de hierro por 17 años cometió el pecado imperdonable de mezclar negocios enormes y opacos con la política internacional.
Decir que la elección de Rusia como país organizador del Mundial de 2018 implicó la postergación de los deseos del Reino Unido y que la de Qatar 2022, los de los Estados Unidos tiene gusto a poco. No se trata solamente de los negocios, por cierto jugosos, que esas decisiones les quitaron a algunas empresas de esos países, poca cosa en proporción al tamaño de sus economías. Se trata, más bien, de algo que no podía preverse cuando se realizó esa doble votación controvertida en diciembre de 2010: que Rusia y Qatar quedarían inmersos en un torbellino geopolítico que los enfrentaría con Washington y otras importantes capitales occidentales.
Se sabe que Rusia está sometida a sanciones económicas y políticas internacionales desde su anexión de la península de Crimea, el año pasado, y su involucramiento en la guerra civil de Ucrania, que alcanzan a varios de sus bancos y empresas más importantes y a jerarcas del régimen de Vladímir Putin.
Si la elección de Rusia por parte de la FIFA ya había sido polémica y estado cruzada por innumerables rumores de coimas, esa crisis política internacional hizo recrudecer las demandas occidentales de un retiro de esa plaza. Esos reclamos se hicieron más airados en julio del año pasado, después de que rebeldes prorrusos del este de Ucrania hubieron derribado un avión de Malaysia Airlines con casi 300 personas a bordo. ¿Qué país llevó la voz cantante del reclamo de un boicot deportivo mundial a Rusia? El Reino Unido.
Blatter se alineó con Putin y rechazó los pedidos: el fútbol no debía mezclarse con la política y aislar a un país no es un buen modo de resolver los conflictos, alegó estrenándose como insospechado analista internacional.
El Reino Unido no estuvo solo en ese reclamo. Varios senadores estadounidenses le dirigieron una carta que él, excesivamente seguro de sí mismo, rechazó hace un mes en similares términos. No advirtió (o no le importó) que con su porfía comprometía a importantes patrocinantes de la organización a solo tres años del nuevo mundial.
En tanto, Qatar es otro foco de tensión internacional. País dueño de la tercera reserva de gas natural del mundo, se lanzó desde hace años a una intensa campaña de relaciones públicas.
Organizó los Juegos Asiáticos de 2006. A través de su aerolínea de bandera comenzó a patrocinar al Barcelona, uno de los equipos de fútbol de mayor presencia global. Se adjudicó, con sospechas más grandes aun que en el caso de Rusia, la Copa 2022.
Su monarquía absoluta fundó una cadena de TV internacional, Al Yazira, pletórica de recursos y excelente producción, que con su línea editorial expone el principal punto de fricción de Qatar con Occidente: su apoyo a las rebeliones de la “primavera árabe” y a movimientos islamistas como la Hermandad Musulmana de Egipto, el Hamás palestino y a facciones militares ligadas a Al Qaeda en el conflicto de Siria.
Esas posiciones han sido un revulsivo para Estados Unidos y diversos países árabes de tendencia prooccidental, sobre todo Arabia Saudita y Jordania. De este último país proviene el derrotado rival de Blatter, príncipe Alí bin Husein, medio hermano del rey Abdalá II, que volverá a la carga.
En tanto, Dubái es uno de los siete miembros de los Emiratos Árabes Unidos, para el que trabaja Diego Maradona. Se sabe cuánto odia Maradona a Blatter y lo mucho que respaldó en los días previos a la votación de la semana pasada al jordano.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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