A ganar a lo Boca (más que nunca)

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Buenos Aires, sábado 16 de mayo, 17:54 horas

Aún no se conoce la sanción de la Conmebol contra nuestro Boca Juniors, pero se la intuye durísima. Ante una situación que ya no podremos evitar, conviene empezar a pensar un futuro que se nos va a hacer cuesta arriba.

Primero hay que señalar la absoluta solidaridad con el Club Atlético River Plate, su plantel profesional, sus hinchas y todos aquellos que se puedan haber sentido afectados por los hechos de violencia del último jueves a la noche. Corresponde un pedido sentido de disculpas y un compromiso firme de que jamás vuelva a ocurrir algo así.

Estoy profundamente en contra de las sanciones genéricas, fundadas en las responsabilidades de “los clubes”. En primer lugar, porque basta con meter presos a los delincuentes, filmados in fraganti, con hacer inteligencia para dar con sus secuaces y protectores. Para eso sería necesaria una decisión política que no está y que no aparecerá como por arte de magia después de que caiga un escarmiento duro pero inútil contra nuestra institución.

Insisto en este punto: ¡Están filmados! ¡Pónganlos presos! Y, de paso, ¿qué espera el club para expulsar a los plateístas que se la pasaron tirando botellas al campo, fotografiados también?

Segundo, porque Boca (o River, o Nueva Chicago…) somos todos, sus decenas de miles de socios y sus millones de hinchas, quienes nos veremos afectados por acciones que no nos son propias. En momentos de tanta crítica justa y también ensañada, corresponde aclarar que la abrumadora mayoría de nosotros no tiene nada que ver ni con violentos, ni con barrabravas ni con dirigentes que, como en todos los clubes, los amparan. Ni con políticos, sindicalistas y jueces que alguna vez deberían responder por sus actos. Pagaremos justos por pecadores. Así se quiso.

En tercer lugar, se le causa un daño enorme al club en lo económico, por la cuantiosa pérdida de ingresos futuros que sufriría de suspendérselo de torneos continentales, recortando sus posibilidades de trabajar para el barrio y para toda la comunidad, víctimas colaterales de los impulsores de la mano dura que, ya se sabe, no sirve para nada.

Creo, por último, que ese tipo de sanciones solo les sube el precio a los inadaptados. Su autocontención, de ahora en más, en Boca y en cualquier club, saldrá carísima, porque su poder de daño se ha probado inmenso. Sin erradicación de las barras, todo será gattopardismo puro, un maquillaje para que nada cambie, pura hipocresía para calmar hoy, mañana tal vez ya no alcance, ya no a los afectados o a los verdaderamente escandalizados sino a quienes fingen y exageran ese sentimiento con cálculo frío.

No recuerdo el año, tal vez alguien que lea esto me ayude. Era la presidencia de Mauricio Macri, y este se negaba a entregar entradas a la barra. En ocasión de un partido con Newell’s Old Boys, los violentos viajaron a Rosario y arrojaron una bengala desde el exterior del estadio hacia el campo de juego. Boca recibió una sanción en forma de quita de puntos, perdió ese campeonato y muchos festejaron, pero quedó un antecedente nefasto: sin decisión del Estado de actuar contra esos energúmenos, los clubes debían comprar su tranquilidad. Así se hizo.

El actual presidente, Daniel Angelici, gestionó, peor que sus antecesores, ese legado. Hoy no tenemos una sino dos y acaso tres barras bravas, que se pelean a tiro limpio por negocios que, se supone, se les habilitan. Un solo grupo con pretensiones que quede disconforme es un camino directo al desastre.

Desde hace tiempo, en el torneo que tras el retorno de Carlos Bianchi al club nos encontró penúltimos, algo extremadamente curioso ocurre con los arbitrajes. Ese campeonato fue escandaloso. La saga continuó a lo largo de 2014 en cada clásico jugado con River. El partido de ida por la Sudamericana en la Bombonera fue un ejemplo notable de eso. Y el anterior, también la ida por la Libertadores en el Monumental, un disparate incomprensible. Tengo sospechas sobre lo ocurrido, pero al no tener pruebas prefiero callar.

Angelici no supo o no quiso en todo ese camino defender el interés de los hinchas. Ni siquiera atinó a hacer una declaración en la que, como era su obligación, alertara sobre la instigación a la violencia que surgía desde los campos de juego. Angelici no estuvo a la altura. Ahora habrá que esperar con paciencia los tiempos electorales y sacarlo del club, junto al resto de su Comisión Directiva.

Hay que sacar, también, la política nacional mal entendida de Boca. Eso, una puja de intereses ajenos a nuestro deseo como hinchas, nos está haciendo mucho daño. Nuestras inquietudes ý preferencias políticas nacionales ya las dirimiremos democráticamente, con el voto, en el momento y el lugar indicados. No en el Boca de todos.

Esto no significa que personas con simpatías políticas no puedan o deban colaborar en la etapa que se viene, que será difícil. Al revés, deben hacerlo. Pero lo que nadie deberá hacer es pretender apoderarse de Boca Juniors como una plataforma de poder o, peor, como una caja de financiamiento político.

Lo que venga deberá ser plural, amplio, generoso y tener las ideas claras. Si hay apoyo del Estado, no verso puro como hasta ahora, deberá plantearse el objetivo de echar a los barras. Si no, la historia puede repetirse.

Los hinchas deberemos entender que tiene que terminarse la tolerancia con ellos, con sus actos de violencia, con sus consignas despreciables. El “matar otra gallina y a Racing el tercero” no debe sonar nunca más en la Bombonera.

Boca debe ser pionero en la lucha contra la violencia en el fútbol, contra la discriminación, debe pelear como institución por las causas sociales más nobles. Todos debemos comprometernos a eso.

El primer paso en ese camino es respetar reglas de convivencia. La Conmebol, como la AFA, están a años luz de ser ejemplos de transparencia, pero Boca participa de sus torneos, avala sus reglamentos y se somete a sus procedimientos. Si hay un exceso en nuestra contra, como hinchas de buena fe, deberemos morder la bronca y aceptarlo.

En lo deportivo también se viene una etapa dura. Se dice que no jugaremos por un buen tiempo torneos internacionales; ya nos ha pasado, cuando no cumplíamos buenas campañas y ni siquiera nos clasificábamos. Claro que desde hace tiempo nos acostumbramos a ser el equipo sudamericano más copero de las últimas décadas; ese anhelo deberá esperar, al parecer. Si es así, hay que aceptarlo.

Mientras, habrá que reducir dolorosamente el plantel, redimensionarlo y aprovechar esa necesidad para terminar de desalojar a los líderes negativos que, sabemos, tenemos allí.

Luego, cuidar siempre las finanzas, último reaseguro de salud institucional y deportiva.

Por último, privados de la competencia internacional que tanto nos gusta, si es que toca, enfocar toda nuestra energía y potencia en las competencias locales. Si fuera posible, convertirnos en un equipo hegemónico, ganar todo lo que se pueda, con sana bronca deportiva. Lograr que todos se pregunten con molestia cuándo vuelve Boca al plano internacional, de modo de que distraiga allí algún esfuerzo.

Hay que convocar a los mayores ídolos del club, los que sean capaces de acercarse sin vedettismos a participar de un proyecto común, los que tengan capacidad y vocación. Esos sobran, lo que explica nuestra historia inigualable.

Lo que viene será duro, triste y, según siento personalmente, en buena medida injusto. Pero no hay que decaer. No nos están decretando un descenso ni la desaparición. Boca es enorme.

Ahora, a trabajar.