¿Echan a Dilma? Puede ser. Pero antes demolerán a Lula

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La amenaza nunca termina de concretarse, pero tampoco se disipa. Brasil sigue pendiente de la posibilidad de un proceso de destitución de la presidenta, Dilma Rousseff, algo que, si finalmente ocurre, no será en lo inmediato. Antes de eso, una amplia coalición política, empresarial y social pretende completar una tarea más profunda, esto es la demolición del Partido de los Trabajadores como factor de poder para las elecciones de 2018 y, con ello, el único elemento que lo sostiene pese a la irritante sucesión de escándalos de corrupción: la resistente popularidad de Luiz Inácio Lula da Silva.

Hay, de hecho, una iniciativa en marcha en el Congreso para impulsar el juicio político contra Dilma, que se apoya, en lo social, en la voluntad de cientos de miles de brasileños que la repudiaron dos veces en las calles en el último tiempo, y, en lo jurídico, en un presunto “crimen de responsabilidad”, lo que la Constitución exige como fundamento de un “impeachment”, por el presunto maquillaje de las cuentas públicas. Aunque esa iniciativa parece apresurada, ya que ni el clima social ni los números en el Congreso todavía alcanzan, crece la sensación de que, en paralelo, cada vez hay menos gente dispuesta a defenderla hasta el final.

Lo anterior no equivale, desde ya, a una dispensa de lo hecho por el partido de Gobierno. La percepción en Brasil, muy probablemente certera, es que esa agrupación convirtió un estado de corrupción previo y extendido pero difuso en un esquema general y perfectamente organizado. La izquierda brasileña, que antes de llegar al poder se presentaba como sinónimo de pulcritud, se debe (y sobre todo les debe a los brasileños) una explicación y una rectificación sincera que, por ahora, se echa en falta.

Ese camino hacia una corrupción estructural, simbolizado en el tránsito del más rudimentario “mensalão” al refinado “petrolão”, le sirvió al PT para consolidar su financiamiento y , con ello, su capacidad de aferrarse al poder. Entretanto, sumó por esa vía aliados (y cómplices) en buena parte del arco político, ya que los esquemas denunciados supusieron la compra espuria de mayorías parlamentarias que la izquierda nunca obtuvo en las urnas. No hay allí inocentes.

Dada la falta de pruebas concretas en su contra en el escándalo en Petrobras, y más allá de la “excusa” de una adulteración contable de los números fiscales, ¿realmente puede caer Dilma? Una fuente que conoce bien la estrategia en el Congreso del más alto nivel del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (la agrupación conservadora más fuerte del país y aliada vital de la Presidenta) le dijo a este periodista en un diálogo mantenido en Brasilia: “Ahora que la coordinación entre el Gobierno y el Congreso depende del vicepresidente [ndr: Michel Temer, del PMDB], hay que esperar los resultados. Mientras la coordinación funcione, Dilma seguirá. Pero si deja de funcionar, caerá”.

De más está decir que el PMBD, que controla las presidencias del Senado y de Diputados, puede tener la llave del éxito para los embrionarios intentos opositores de llevar adelante un juicio político. Algo que salva a Dilma por ahora es la división fatal que cruza a ese “gigante invertebrado” en muchos asuntos clave.

La estrategia de los enemigos del PT, cada vez más numerosos y audaces, no termina en Dilma. Varios hechos permitieron constatar en los últimos días la puesta en marcha de una ofensiva más ambiciosa, destinada a liquidar la posibilidad de que el PT, o, lo que es lo mismo, Lula da Silva, mantengan el poder en las elecciones de octubre de 2018.

Por un lado, el inicio de una investigación judicial por ahora solo preliminar contra el expresidente por presunto tráfico de influencias en África y América Latina en favor de la constructora Odebrecht. Según la revista Época, perteneciente al poderoso multimedios Globo, Lula se convirtió desde su salida del Planalto en 2011 en un “lobbyista” itinerante de esa compañía, a la que le habría abierto negocios por unos U$S 1.600 millones en terceros países con la financiación, llave en mano, de la banca de fomento estatal. Desde los días del “mensalão”, nadie había osado tocar a la figura más popular de Brasil. Y él recogió el guante. “Seguro que me van a criticar por ser agresivo, pero quiero decir mirando a la cara a la prensa: agarren a todos los periodistas de (la revista) Veja, de Época y metan a cada uno dentro de los otros y no van a encontrar ni el diez por ciento de mi honestidad”, bramó el exsindicalista metalúrgico en un discurso por el 1° de Mayo.

Entretanto, Fernando Henrique Cardoso, mientras dice que no hay que llevar a Dilma al precipicio, dejó de lado la cautela y publicó el domingo una columna, justamente en o Globo, en la que apuntó contra Lula como el máximo “culpable político” de los ecándalos y la mala gestión en Petrobras.

Mientras, el tesorero del PT, João Vaccari Neto ya está preso, lo que deja en las sombras la financiación de las campañas de la propia Rousseff. El mismo domingo, el círculo se amplió con otro hombre clave del armado electoral petista: el “marqueteiro” João Santana. Este ha sido un hombre fundamental de las victorias de la izquierda y es considerado un verdadero genio de las estrategias de campaña. Según dijo Folha de Sao Paulo, Santana es investigado por el presunto ingreso ilegal en Brasil de 16 millones de dólares en 2012 desde Angola. La sospecha, coincidente con la achacada a Lula, es que ese dinero pudo provenir de empresas brasileñas con contratos en ese país y que habría servido para financiar campañas electorales en casa. Todo lo que tenga que ver con el PT queda manchado. Ahora, incluso Lula da Silva, que recibió el martes a la noche un cacerolazo en las principales ciudades de Brasil mientras hablaba en TV contra un proyecto que generaliza la tercerización laboral en el país.

Mientras (¿llamativamente?), Lula, considerado aún el mejor presidente de la historia por más de la mitad de los brasileños, solo parece defenderse a sí mismo y empieza a hablar, por primera vez, de 2018, lo que en verdad, asegura, “asusta a la élite”.

“Evité muchas cosas porque soy un expresidente, porque Dilma es presidenta y porque quiero que gobierne este país”, dijo el viernes ante la platea de sindicalistas. “Estoy quietito en mi lugar, pero me están llamando a la pelea y yo soy bueno en la pelea. Yo vuelvo a la pelea”, avisó.

Un anuncio que expresa cuál es la pelea de fondo.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).