La región se debe una respuesta a la escalada militar británica en el Atlántico sur

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La reciente decisión del Reino Unido de reforzar su posición militar en las islas Malvinas provocó una comprensible alarma en la Argentina, pero debería ser seguida con atención también en el resto de la región.
La medida, que consiste en la inversión de 268 millones de dólares en la próxima década para el despliegue de helicópteros de transporte de tropas, modernización del las comunicaciones, renovación del sistema de defensa misilística antiaérea y ampliación de estructuras portuarias, supone una escalada en la militarización del Atlántico Sur.
Varios factores llevaron al Gobierno de David Cameron a tomar esa actitud.
Por un lado, la decisión argentina de mejorar en algo su más que deficiente estructura militar aérea, erróneamente adjudicada en Londres a una compra o alquiler de aviones rusos. El proveedor probablemente será China o, en su defecto, Israel o España. Claro que esto no modifica el fondo de la cuestión, pero este está dado también por el hecho de la adquisición de una docena de aeronaves no supone ningún tipo de amenaza militar en la zona, más cuando resulta del todo clara la vocación argentina de solucionar el conflicto por la soberanía por medios diplomáticos.
Luego, hay que mencionar la inminencia de las elecciones del 17 de mayo, que su Partido Conservador encara sin garantías de éxito.
Por último, y de la mano de lo anterior, las fuertes críticas al impacto de las políticas de ajuste en el potencial militar del país, en medio de advertencias sobre la posibilidad de que el presupuesto asignado caiga por debajo del umbral mínimo del 2% del PIB requerido a todos los miembros de la OTAN. Hay que consignar que incluso la oposición laborista respaldó la decisión, que supone fortalecer los recursos bélicos de la dotación de 1.200 soldados que “protegen” a una población de 3.000 personas, lo que en proporción hace del archipiélago uno de los territorios más militarizados del mundo.
Pero hay, además, motivos geopolíticos a los que toda Sudamérica debería atender. Por un lado, el apoderamiento de los recursos naturales de las aguas que rodean a las Malvinas, tanto pesqueros como petroleros. En lo que hace a estos últimos, Como todas las explotaciones off-shore en aguas profundas, los bajos precios internacionales del crudo demora los desarrollos, pero las riquezas están allí y todo indica que el Reino Unido, a través de su colonia, se hará con ellas en el futuro próximo.
Esta presencia militar, desde ya, significa asimismo un dato que debe tener en cuenta un Brasil que tiene entre sus hipótesis de conflicto la necesidad de defender sus aguas, bajo las cuales descansa una enorme riqueza petrolera.
Hay, con todo, un dato de más largo aliento: los reclamos de soberanía sobre la Antártida. Como sabemos, estos están bloqueados por el Tratado Antártico de 1959, pero el Reino Unido no renuncia a ellos.
Ese país mantiene sus apetencias sobre el continente blanco y sus riquezas potenciales desde 1908, con lo que su reclamo es el más antiguo del que se tenga registro. Las Malvinas son una carta territorial fundamental para sustanciar esa aspiración.
Lo que no se debe olvidar es que el territorio que pretende el Reino Unido se superpone con los que demandan Argentina, Chile y Brasil.
La Argentina, como vimos en una columna anterior, tolera el apoyo logístico que se presta sigilosamente a buques británicos en e Brasil y Chile, por fuera de lo acordado en el marco de la Unasur, ya que valora más el respaldo diplomático explícito, que no ha tenido fisuras. Acaso haya llegado el momento, dados los intereses en juego, de revisar esas deferencias a Su Majestad.

(Nota publicada en InfoRel).