Brasil: el malestar juvenil persiste, sordo, en forma de apatía

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Brasilia – Ésta es una ciudad singular, distinta al resto de Brasil pero que, a la vez, resume las mayores contradicciones de este país. Lejos de hacerla inútil para comprender este universo apasionante, esto la convierte en un lugar en el que la realidad resulta particularmente visible.

Aquí los grandes abismos sociales del país resultan más evidentes que en ningún lado. El alto funcionariado, con salarios de primer mundo y privilegios que sólo se consiguen en lo más profundo del tercero (como su régimen jubilatorio), convive con una población que mira de lejos sus lujos por más que consuma más que nunca antes (Lula lo hizo). Y aquí se cocinan los grandes negociados de una clase política en buena medida incorregible.

Esta joya arquitectónica concebida por Oscar Niemeyer, fundada en 1960 y que es Patrimonio de la Humanidad, debía alcanzar, según el plan original, 600.000 habitantes para el año 2000. Pero la realidad fue más fuerte que la maqueta y dio su propia forma, caprichosa, a la “ciudad ideal” soñada casi en términos platónicos (vaya paradoja) por un arquitecto comunista. Hoy son más de 2,5 millones los habitantes de Brasilia.

Así, era natural que las aristas filosas de la realidad brasileña que se dejaron ver en las sorprendentes protestas de junio del año pasado se hicieran presentes también aquí. Igual que en San Pablo o Río de Janeiro, su clase media y sus jóvenes salieron a la calle a expresar su insatisfacción.

Se aseguraba que el Mundial de fútbol la haría aflorar de nuevo, pero la queja no volvió a prender. Ni siquiera porque aquí está el estadio Mané Garrincha, erguido a un costo de 900 millones de dólares y considerado por muchos todo un monumento a la corrupción.

“La clase media salió de las calles y el Gobierno comenzó con la represión para asegurar la Copa”, le dijo a este enviado Benício Schmidt, politólogo y director de Verbena Editora. ¿Pero qué pasó con esos jóvenes, con su “irritación difusa”, como la definió en su momento con acierto la columnista Eliane Cantanhéde?

Ámbito Financiero fue a buscarlos a la prestigiosa Universidad de Brasilia, uno de los emblemas de la resistencia a la dictadura que asoló el país entre 1964 y 1985, testigo de abusos y desapariciones. Si en un mundo tal necesariamente debe haber de todo, lo que más abunda es la apatía y cierta desorientación.

“Yo voto a Dilma”, le dice a este enviado Lucas, de 19 años y estudiante de Lenguas Modernas. “Es la más tolerante, la menos homofóbica y la única que no descalifica como sectas a los ritos afrobrasileños”. “Mi voto es sobre todo social, pero también miro lo económico. En eso hubo mejoras, aunque reconozco que también hay retrocesos importantes”, agrega.

Otros parecen mucho menos convencidos. Gabriel, su compañero de carrera, tiene 18 años y se declara indeciso. “Por mi edad, estoy obligado a votar pero no me siento lo suficientemente maduro. Yo no viví más que gobiernos del Partido de los Trabajadores. Me dicen que la gente hoy vive mejor, pero realmente no puedo comparar”, explica.

“Sí, yo me movilicé en junio del año pasado; me parecía bueno que la juventud mostrara interés y yo quería ser parte de ese momento. Después todo se diluyó”, se resigna.

Caio, de 22 y estudiante de Agronomía, es demasiado joven para ya no creer en nada: “Voy a anular mi voto, no vale la pena votar. Nunca vi ni creo que haya nunca un cambio real”.

Luciana, de la misma edad y de la carrera de Biología, se siente cerca de las ideas ecologistas de Marina Silva. “Además, estoy cansada de la polaridad entre el PT y el PSDB. El PT dice que invirtió mucho en salud pública, pero yo, que soy de Bahía, sé que lo hizo en las grandes ciudades, en las vidrieras de Brasil, y se olvidó del interior de los estados, de los pequeños pueblos”.

Lucas, de 25 y estudiante de Economía, va a anular el voto en la primera vuelta del domingo. “En la segunda aún no sé qué voy a hacer”, dice enigmático, como si le desagradara especialmente algún candidato que no termina de señalar. “Fui a una marcha en junio (de 2013), pero después ya no, porque el Gobierno se apropió del movimiento”, se queja, acaso dando alguna pista. “Todo eso terminó en nada porque la clase política está demasiado cómoda”, dispara.

Sin embargo, ese malestar, por difuso que sea, sigue latente, y el próximo Gobierno, sea cual sea, haría bien en no menospreciarlo.

El analista Marcelo Rech le dijo a este diario que “la economía va muy mal y la inflación viene fuerte, lo que produce un fenómeno nuevo: no es solamente la élite que está descontenta, también los sectores más pobres”.

El reconocido politólogo norteamericano-brasileño David Fleischer recuerda que “los malos servicios públicos, el transporte, la salud, la educación y la seguridad” siguen siendo factores de queja profunda, sin que nada se haya hecho para mejorarlos desde entonces.

Benício Schmidt suma a esos males “las muchas denuncias de corrupción en el Estado”. Y con respecto a los servicios, “que de hecho son un desastre, Dilma siempre habla de un mundo de fantasía que la población no ve que exista”.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).