Marina Silva: ganar es probable, gobernar será complejo

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No debe sorprender que el nombre de Eduardo Campos, exgobernador de Pernambuco y cabeza de fórmula del Partido Socialista Brasileño hasta su muerte el mes pasado, cuando fue reemplazado por Marina Silva, figure entre las decenas de supuestos receptores de coimas en el (enésimo) escándalo de Petrobras, denunciado el fin de semana. Independientemente de la veracidad de la denuncia, este tipo de campaña será el dominante hasta la primera vuelta del 5 de octubre, cuando quedará establecido el escenario para el inevitable balotaje que el domingo 26 consagrará el nuevo presidente de Brasil.
Más allá de lo que consideran parte de un juego desesperado, en el que ya no hay tiempo para evaluar si los intentos de dañar a la ascendente Marina son, antes que nada, disparos en el propio pie, los responsables de la campaña del PSB exudan confianza. La ecologista tiene todo a favor, creen, para terminar con doce años de hegemonía del Partido de los Trabajadores, un desenlace que, si se concreta, intrigará a todos los que fuera de Brasil idealizaron esa etapa, exagerando sus logros y disimulando sus carencias.
“Sí, estamos confiados. Por un lado, es clave que Marina esté instalada como una tercera vía entre la polarización del PT y el PSDB (el Partido de la Social Democracia Brasileña de Aécio Neves, de sesgo conservador): en una segunda vuelta, los votantes del polo que sea eliminado tenderán a apoyar a Marina. Además, los minutos asignados en televisión (que para la primera vuelta benefician a Dilma Rousseff en una proporción de seis a uno), serán iguales para el balotaje, diez minutos por día para cada candidato”, le dijo a Ámbito Financiero Diego Brandy, coordinador de comunicación de Marina.
Brandy es un sociólogo argentino de 50 años que se instaló en Recife, la capital pernambucana, en 2002, convencido de que, con el tiempo, Campos se convertiría en presidente de Brasil. Con amplia experiencia previa en la Argentina, donde había trabajado para Julio Aurelio y compartido tareas con los estrategas brasileños Duda Mendonça y Joao Santana (anterior y actual “gurúes” del PT, respectivamente), el olfato no le falló. Campos murió, pero su alianza con Marina Silva está cerca de probarse como una carta ganadora. En algún sentido, Campos, de quien Brandy se hizo muy amigo, triunfará.
De hecho, al “marqueteiro” (término que, aclara, no le gusta) argentino no se declara sorprendido por la suba de la fórmula del PSB en las encuestas. “Incluso antes de la muerte de Eduardo (Campos), nuestras encuestas lo ponían en un nivel cercano al 35%. Ocurría que las encuestadoras grandes preguntaban sólo por la intención de voto mencionando al candidato presidencial, no la fórmula completa. Entonces, Eduardo, menos conocido que Marina, lograba entre el diez y el doce por ciento de menciones. Pero cuando se presentaban las fórmulas completas, ya desde mayo el PSB medía lo mismo que ahora”, explicó.
Para Brandy, el escenario está consolidado y lo que obtiene Marina Silva no tiene nada de “espuma” por la muerte de Campos.
Pero tener todo para ganar no equivale a tenerlo también para gobernar. Y en ese terreno es que la posibilidad creciente de una “Marina presidenta” pone un enorme signo de interrogación sobre el futuro político de Brasil, dato que de ninguna manera puede pasar desapercibido en la Argentina.
Silva capitalizó como ningún otro dirigente político la gran disconformidad que se expresó en las calles en las multitudinarias manifestaciones de junio de 2013. Si el PT había sacado de la pobreza a 40 millones de brasileños, no había sabido mejorar en igual medida servicios que, dada la mayor demanda, quedarían saturados: transporte, vivienda, educación, salud y seguridad. En un sentido, toda una paradoja para el otrora marxista partido, su éxito “había sembrado las semillas de su propia destrucción”.
Marina, con su discurso opuesto a la partidocracia, canalizó el sentimiento de que la política era el gran obstáculo para las expectativas esa clase media ampliada, un sector que demandaba “mantener lo bueno que se hizo y cambiar lo malo”. No resulta excesivo escuchar en esa consigna algún eco argentino.
Así, por definición, la base electoral de Marina es heterogénea, “ni de izquierda ni de derecha”.
“La polarización extrema PT-PSDB era ficticia, no podía durar” en la campaña, señala Brandy. Era un microclima, parte de la política relatada por las dirigencias y los medios, no el modo en que la sentían los votantes reales, agregamos. Para ellos, lo que impide el acceso a una mejor calidad de vida es “la política”, el tipo de gobernabilidad que el PT (y, antes de él, el propio PSDB durante los ocho años de Fernando Henrique Cardoso) encontró en un sistema extremadamente fragmentado, algo en lo que también Brasil anticipó lo que ocurriría en la Argentina.
Ese tipo de gobernabilidad se basó en lo que se llama allí “presidencialismo de coalición”, esto es en la alianza del partido ganador de los comicios con muchos otros menores para dotarse de mayoría legislativa. Su expresión más visible es un gabinete elefantiásico de 39 ministros, punta del iceberg de una política de características todavía menos confesables.
Eso, en el argot político brasileño, se llama “troca-troca” o, en un término de impecable expresividad, “fisiologismo”. ¿Qué otra palabra podría dar cuenta mejor del enquistamiento de pequeños organismos parasitarios en el aparato del Estado, costoso tanto en presupuesto (cajas) como en corruptelas?
No es otra cosa lo que acaba de revelarse en el nuevo escándalo de Petrobras y, en 2005, con idéntica lógica, en el “mensalao”. Este tipo de esquemas dan cuenta, una y otra vez, de un rasgo estructural sobre el financiamiento de la política brasileña. Ante eso, el problema en una eventual presidencia de Marina Silva será conformar un Gobierno viable sin recaer en esos viejos pecados, sobre todo a partir de la aguda debilidad de la alianza que la sostiene.
El PSB y su aliado el Partido Popular Socialista (PPS) detentan hoy apenas 30 bancas en una Cámara de Diputados de 513 miembros (que se renovará en su totalidad) y solamente 4 senadores sobre un total de 81 (se eligen 54).
Las necesarias mayorías de 257 y 42, respectivamente (para no hablar de los 3/5 requeridos para leyes especiales) parecen inaccesibles para los “marineros” aun cuando logren el mes que viene una proeza en las urnas. ¿Y una coalición con un derrotado PSDB? Es una posibilidad, pero insuficiente. El partido de Neves tiene hoy apenas 44 diputados y su cosecha probablemente será inversamente proporcional a la del PSB. Mientras, esperan los acontecimientos los organismos vivos del “fisiologismo”, cuya reedición sería un golpe letal a la credibilidad de quien más lo ha denostado. La pregunta es quién domesticará a quién: ¿Marina a esa clase política incorregible o ésta a la ambientalista?
Por otro lado, las mencionadas demandas de “segunda generación” serán una carga para quien las está expresando tan bien en la campaña. Por su propia naturaleza, dependen acaso más de lo que hagan los gobiernos estaduales que el federal. Algo que es especialmente cierto en un país que, a diferencia de la Argentina, cuenta con regionalismos fuertes y un Estado central limitado.
Se acerca un desenlace apasionante, de esos que hacen historia. Efectivamente, Marina puede ganar y, con su programa proempresa y pro Estados Unidos, alterar radicalmente la política regional tal como la conocimos en la última década. Gobernar… Bueno, ésa será una aventura diferente.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).