Un acuerdo frustrante complica a Netanyahu

Hamás

¿Quién ganó? La pregunta, natural al término de cualquier guerra, nunca tiene respuestas fáciles en Medio Oriente. Sin embargo, el repaso de las reacciones de los protagonistas políticos de la que acabó ayer nos acerca al necesario balance.
Para el líder de Hamás en la Franja de Gaza, Ismail Haniye, el acuerdo de cese del fuego patrocinado por Egipto es “una victoria de la resistencia palestina”, mientras que el vocero de esa organización islamista, Sami Abú Zuhri, proclamó que “el débil y asediado pueblo (de Gaza) derrotó al ejército más grande de Medio Oriente”.
En tanto, mientras Israel esperaba un pronunciamiento personal de Benjamín Netanyahu, su vocero Mark Regev hablaba de “un objetivo cumplido, una meta a nivel defensivo: proteger a nuestra gente. Si ellos no atacan más a los civiles, (el cese del fuego) es algo bueno”.
La edición de internet del conservador Jerusalem Post señalaba anoche que “la mitad del Gabinete de ministros se oponía” al acuerdo.
“Netanyahu vio la oportunidad y salió corriendo de Gaza”, decía el progresista Haaretz en la web, y unos de sus principales análisis resumía: “Hamás 1, Israel 0”.
Ese mismo periódico adjudicaba a los “halcones” del Gabinete, el canciller, Avigdor Lieberman, y el responsable de Economía, Naftalí Bennett, una oposición tajante al arreglo, con lo que el futuro de la propia coalición parece cada vez más incierto.
En el centro, dentro del ala dialoguista del Gobierno, la ministra de Justicia, Tzipi Livni, pedía que Hamás no interpretara este final como “un logro político”. Y su par de Vivienda y Construcción, Uri Ariel, evaluaba que “un acuerdo que no incluya la eliminación de la amenaza de los cohetes y la desmilitarización de Gaza es menos de la mitad de lo que se necesita”. “Habrá que prepararse para el próximo round, que llegará pronto”, auguró.
Por último, Zahava Gal-On, del partido pacifista Meretz, se refirió al “dolor causado al pueblo de Israel por este Gobierno irresponsable”, que cosechó una “derrota estratégica” y le dio “una ganancia a Hamás”.
Como se ve, el sentimiento de frustración corría parejo de derecha a izquierda, de oficialismo a oposición, como inesperado corolario de una ofensiva militar que en un comienzo había gozado de un apoyo abrumador.
Se sabe que ningún Gobierno salido de las urnas puede permitirse que parte de su población viva permanentemente amenazada por la caída indiscriminada de cohetes enemigos. Desde ese punto de vista (parcial, claro, porque no pone sobre la mesa las continuas acciones israelíes que también obstaculizan la paz), resulta claro que el cese de esa acechanza es un punto a favor de la estrategia elegida.
Tal percepción seguramente aliviará a los civiles de las ciudades sometidas al fuego de Hamás. Pero, ¿era ése el único objetivo de la Operación Margen Protector, la más larga y costosa en vidas de palestinos e israelíes de las tres emprendidas desde diciembre de 2008?
A diferencia de las ocasiones anteriores (la mencionada de 2008-2009, la de 2012 y la actual), esta vez el Gobierno y los mandos militares israelíes se cuidaron de presagiar el desarme definitivo de Hamás. Pero la promesa estaba implícita en los partes de guerra que hablaban de la destrucción de depósitos de cohetes y de túneles, así como en las declaraciones políticas acerca de que cualquier arreglo debía impedir el “rearme” islamista.
El alivio parcial del bloqueo a la Franja de Gaza, la llegada de materiales de construcción y la prevista apertura del paso de Rafah, que la une con Egipto, impiden asegurar que tal rearme no se producirá. Se afirma que ese puesto fronterizo clave estará controlado, a ambos lados, por el “nuevo” Egipto laico y por las fuerzas policiales de la Autoridad Palestina, estructuradas en torno al moderado partido Al Fatah, pero pocos en Israel creen que ésa sea garantía suficiente. Podría ser breve la distancia entre esta coyuntura y el nuevo round presagiado por el ministro Ariel.
En cada uno de los conflictos mencionados, Hamás mostró proyectiles capaces de penetrar más profundamente dentro de Israel, algo que en esta ocasión se comprobó en Jerusalén y Tel Aviv, cuyo aeropuerto sufrió incluso severas restricciones. Nada más que la esperanza hace suponer que esta vez las cosas tomen un rumbo diferente. Seguramente esto explica la frustración de Israel y el triunfalismo de los islamistas que asumen una guerra de horizontes temporales y costos humanos indefinidos.
Las soluciones de fondo al conflicto palestino-israelí, es evidente, no están ni siquiera sugeridas en lo pactado ayer. El saldo parece magro para justificar tanto sufrimiento.
Más de 2.100 palestinos muertos, la mayoría civiles, 419 chicos. Una Gaza destruida, con miles de personas cuyas viviendas quedaron reducidas a escombros. Del otro lado, 70 israelíes muertos, 6 de ellos civiles. Mientras los líderes sopesan sus “logros”, queda absolutamente claro quiénes son los que siempre pierden.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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