Dilma se rebela contra los peores augurios

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Los números fríos de las encuestas ya preocupaban: Dilma Rousseff lograba detener la caída de su intención de voto pero de ninguna manera recuperar el terreno perdido, y el crecimiento, por ahora modesto, de la oposición vaticinaba por primera vez una segunda vuelta impredecible en octubre. Pero las peores noticias llegaron de boca del gurú de opinión pública del Partido de los Trabajadores, Joao Santana, quien sentó a la presidenta con su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, en la residencia oficial de la Alvorada. Los datos cualitativos, más reservados, como la confianza del electorado en la capacidad del gobierno mejorar la economía, presagiaban dificultades todavía mayores. Ni bien trascendió la voz de alarma interna, la mandataria decidió que ya es hora de retomar la iniciativa. El problema es que, a diferencia de las tres elecciones anteriores ganadas por el PT, numerosos elementos se conjugan para pensar que esta vez la posibilidad de un cambio de era política es concreta. Por un lado, y esto muestran tanto los datos reservados de Santana como los de encuestas hechas públicas, hay una sensación de cansancio social con una etapa que duró ya extensos doce años. Los precios suben y la economía crece poco, males cuyas causas la propia Dilma confesó ayer ignorar. Un tiro en el pie. Además, el oficialismo parece víctima de su propio éxito. Al promover a millones de brasileños a una nueva clase media baja modificó la propia agenda que lo sostuvo en el poder, sumando demandas de segunda generación, como educación, salud, seguridad, transporte, vivienda y lucha contra la corrupción, las que emergieron con claridad en las sorprendentes manifestaciones de hace un año. Esto no es ajeno a que, a lo largo de su tiempo en el poder, el PT haya cambiado radicalmente su base electoral. De ser un partido socialista, afincado en las populosas barriadas obreras del Gran San Pablo, pasó a tener como nuevo bastión al atrasado nordeste del país, tierra fértil en tiempos cercanos de caudillos conservadores locales. Nadie debe extrañarse por esto, un efecto de las políticas de masiva asistencia social en esas regiones postergadas y réplica de una tendencia conocida hace décadas en otros países sudamericanos. En la Argentina, por no ir más lejos, donde el peronismo de los años 40  pisó fuerte con velocidad en el norte pobre, apoderándose de los viejos aparatos conservadores y reciclando, de ese modo, la puja histórica con el radicalismo. Y qué decir de lo que ocurre hoy, después de que el kirchnerismo hubo perdido en las últimas legislativas en los distritos industriales de Córdoba, Santa Fe (por un campo) y hasta en la provincia de Buenos Aires, sede de lo más importante de su columna vertebral sindical, salvando la ropa en provincias como Chaco, Tucumán, Santiago del Estero y Formosa. Volviendo a Brasil, ese desplazamiento del eje de poder del PT del centro-sur rico al norte pobre es otro elemento de cuidado para Dilma. Cuando fue elegida, cuatro años atrás, la pérdida de votos en la primera de esas zonas fue compensada con las ganancias en la segunda. Pero esta vez la sangría puede ser mayor. Por un lado, el opositor Partido de la Social Democracia Brasileña del candidato Aécio Neves, el que sugiere voluntad de jibarizar el Mercosur, es inexpugnable desde hace mucho en San Pablo, el primer colegio electoral del país. Además, el propio postulante es el hombre fuerte del segundo distrito más poblado, Minas Gerais, que gobernó dos períodos. El triunfo de Dilma en Minas en 2010 parece hoy un recuerdo lejano: enfrentado con el ala paulista del PSDB, Aécio jugó entonces de modo ambiguo, lo que le generó el apodo de “Lulécio”, con el que aquélla le señalaba la “traición” de haber dejado hacer al PT. Hoy manda él. ¿Podrá volver el norte a compensar esa sangría? No es seguro. Detrás de Neves despunta Eduardo Campos, del Partido Socialista Brasileño (PSB), un centrista dispuesto a una alianza opositora para el balotaje. Campos fue gobernador de Pernanbuco, justamente en el norte, donde exhibió éxitos contra el crimen con su Pacto Pela Vida. Justo una de las mayores demandas actuales. La lista parece abrumadora, pero la mandataria también tiene elementos a favor. Primero, “la lapicera”, tan eficaz en Brasil como en Argentina para asegurar lealtades. Segundo, una imagen personal positiva, más allá de las críticas a la gestión. Tercero, la bala de plata: el inoxidable carisma de un Lula da Silva que por fin enterró sus ansias de retorno y le prometió lealtad. Igual que en 2010… aunque muchas cosas parezcan hoy tan diferentes.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).