Después de los linchamientos (un futuro temible)

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Una mañana, nos despertamos repentinamente en un país totalmente diferente. El que conocíamos, legado por la mejor respuesta posible a su propia historia de pesadillas, la de la lucha paciente y pacífica de las víctimas hasta lograr una justicia tardía, ya no estaba allí . En su lugar aparecía una Argentina en la que personas temerosas no sólo podían sentirse libres de linchar a otro ser humano, sino también un cúmulo de justificaciones políticas y periodísticas de la barbarie.

Es imposible no escuchar los ecos del pasado: una amenaza, una exageración de ella, una violencia informal y descontrolada aplicada sobre el cuerpo de los supuestos culpables y una amplia (aunque no unánime, por fortuna) legitimación social de la brutalidad. Esta vez la amenaza ya no es el comunista o el terrorista; es el «delincuente», una persona que, aunque muy joven y posiblemente desarmada, puede robar un bolso en la calle y por esa razón hacerse merecedor de asesinato a manos de una turba . Una turba de «vecinos» respetables, por supuesto.

Cuando una oración comienza con una condena y es seguida inmediatamente por un «pero», podemos sospechar que el emisor está ensayando una justificación. De Sergio Massa hasta Mauricio Macri, pasando por muchos otros, hemos escuchado el argumento de que la «ausencia del Estado «, explica la tendencia. Por supuesto, todos ellos expresan su condena, pero, al mismo tiempo, dicen entender el agotamiento de la población con el crimen y nunca dan el paso de llamar a los miembros de esas turbas simplemente «asesinos» en lugar de «vecinos».

Seamos claros: la inseguridad es real, no una mera percepción, si comparamos a la Argentina actual con una más antigua. Pero aunque la policía a menudo es cómplice de los criminales y el sistema judicial es frecuentemente indulgente, no estamos viviendo en un estado de naturaleza hobbesiano, en el que cada uno ejerce una descontrolada violencia hacia los demás con el fin de preservar su vida.

El hecho de que un linchamiento pueda ocurrir en una calle perdida de Rosario, del Gran Buenos Aires o en Coronel Díaz y Charcas en plena Capital Federal debe hacernos pensar que el Estado no es necesariamente el problema, sino, más bien, una condición mental colectiva. No falta precisamente Estado en esa esquina de Palermo.

Por otra parte, debemos preguntarnos si el miedo y la ira son combustible suficiente para matar. ¿Qué otros sentimientos y qué falta de límites, qué clase de odio que se necesita para asesinar a alguien maniatado, para hacerlo en grupo y con nuestras propias manos?

El entorno social es crucial cuando se construye una situación como la actual. Las Ciencias Sociales han discutido esto a lo largo de su historia, y, de hecho, una de sus respuestas parece particularmente adecuada para describir lo que está pasando en la Argentina .

El sociólogo sudafricano Stanley Cohen acuñó en 1972 el concepto de «pánico moral», que describe como un proceso en el que «una condición, episodio, persona o grupo de personas emerge para ser definido como una amenaza a los valores e intereses de la sociedad, y cuya naturaleza se presenta en una forma estilizada y estereotipada por los medios de comunicación; las barricadas morales están a cargo de los editores, obispos, políticos y otras personas bien pensantes».

Lo hizo en un libro llamado Folk Devils and Moral Panics. The Creation of the Mods and Rockers. ¿Qué tiene que ver algo que alude a lo ocurrido con tribus urbanas juveniles del Reino Unido en los años sesenta con nuestra situación actual? Mucho, en términos de la construcción de una histeria social y de violencia centrada en un chivo expiatorio por medios de comunicación y líderes políticos.

En su libro, Cohen describe paso a paso el proceso de pánico moral, construido en torno a la creación de un «demonio popular».

Ese proceso sigue un camino . Comienza con una preocupación que se explica por ansiedades sociales subyacentes . Ese temor se expresa en primer momento en una reacción social confusa y desorganizada a la amenaza, es luego obsesivamente exagerada por líderes sociales y políticos y, muy especialmente, por los medios de comunicación modernos. Así, el estereotipo del demonio cristaliza en opiniones y actitudes organizadas que llevan a la reacción social.

En ese punto, Cohen describe una «fase de rescate y remedio», que deriva en la aparición de una «cultura de control social» que cae en manos de «agentes sociales» encargados de dar respuesta organizada y represiva a la amenaza. La desproporción entre el peligro real y la reacción social es siempre un rasgo clave.

El libro de Cohen está lejos de constituir un caso de estudio aislado. Por el contrario, inauguró una tradición historiográfica rica que aplica su modelo a una serie de casos de reacciones colectivas violentas y desproporcionadas a supuestas «desviaciones sociales», desde las olas delictivas en el Massachusetts del siglo XVII hasta la persecución de brujas y herejes por parte de la Iglesia, entre muchos otros tópicos.

Repasar rápidamente este enfoque nos permite deducir en qué etapa del proceso de la histeria social estamos hoy. La preocupación inicial ya está perfectamente instalada, así como la construcción del demonio popular, que en este caso se refiere no sólo a criminales probados, sino que también se relaciona con la juventud, la pobreza e incluso ciertos tipos raciales. Los medios han cumplido la tarea elevar al cielo temores sociales razonables a la inseguridad, algo decisivo en la generación de un estereotipo del «criminal» y en las justificaciones de los linchamientos . Hay un paso todavía por dar: establecer que la anarquía ya no es aceptable y, por lo tanto, que es necesaria una coordinación y aumento de las acciones represivas del Estado para restablecer la paz .

Este será el centro de la próxima campaña presidencial, a no dudarlo. La ofensiva de Massa contra el nuevo Código Penal, en la que mezcla aspectos que razonablemente podrían replantearse con simples distorsiones de la realidad, apunta en esa dirección. Logró así que liderazgos políticos gelatinosas como el radical y el macrista abandonen un proyecto de reforma al que sus principales especialistas había contribuido. «No es el momento de tratar el tema», concedieron finalmente. ¿Por qué no, si aún falta un año y medio año para la próxima elección presidencial?

Nadie, empezando por el gobierno nacional, parece dispuesto a discutir el problema de la inseguridad con sinceridad y en su conjunto, incluida la corrupción y los vínculos de la policía con el tráfico de drogas, la incapacidad y la falta de recursos de la justicia, la extrema y absurda burocratización de los procedimientos judiciales y un Código Penal existente desfigurado, en que la propiedad es un bien más valioso que la vida.

Si la clase política argentina quiere hablar en términos de estado de la naturaleza, recordemos que ese es un mero concepto analítico (y por tanto construido) que alude a una hipotética condición humana anterior a la constitución de un Estado organizado y dotado del monopolio de la violencia, y que sobre él hay diferentes miradas. De acuerdo con Thomas Hobbes, es una situación de extrema violencia y anarquía que se define como una guerra de todos contra todos. En términos de John Locke, es una situación potencialmente peligrosa pero no necesariamente caótica. Para Jean -Jacques Rousseau, finalmente, es una condición idílica de paz, inocencia y armonía.

Muchos de nuestros principales líderes políticos han hecho su elección : vivimos una «ausencia de Estado» y una «guerra de todos contra todos». Tenga cuidado, lector: están estableciendo las bases de un Leviatán como el diseñado por Hobbes. En su tiempo, eso significaba monarquía centralizada; hoy apenas mano dura y pura represión.