Inquieta en Venezuela la emergencia de un poder militar autónomo

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Infiltración de paramilitares colombianos. Sabotaje eléctrico. Conspiraciones financieras. Planes para asesinar al presidente. Oscuros preparativos opositores para matar a figuras antichavistas y culpar al gobierno. Cada día (y esto no es de ningún modo una hipérbole), Nicolás Maduro advierte sobre grandes complots en Venezuela, que asustan a muchos y hacen reír a otros tantos. ¿La denuncia de ayer sobre un intento de golpe militar debe engrosar la lista de esas demasías o constituye una amenaza real? Dados los antecedentes, imposible saberlo. Sin embargo, no hace falta especular cuando la realidad entrega elementos suficientes para entrever el curso que va tomando la historia. Así, realidad o fantasía, que Maduro hable de golpe militar blanquea por primera vez algo que en el palacio de Miraflores nunca se había admitido: la existencia de bolsones rebeldes en el seno de una Fuerza Armada Nacional Bolivariana que se asumía como enteramente alineada con el chavismo. Esta es, en efecto, la primera vez que se anuncia el arresto de tres generales en actividad por movimientos conspirativos. El antecedente más inmediato, de mediados de febrero, sólo involucraba a algún militar retirado en diálogos non sanctos con figuras de la oposición. Esto es diferente y que lo subyace, mucho más importante. El rasgo más relevante (y temible) de la política venezolana actual es que se dirime en las calles y a los tiros. La oposición más radicalizada, encarnada por el encarcelado Leopoldo López y la diputada que parece en vías de correr la misma suerte, María Corina Machado, se hartó de las derrotas electorales en cadena y apostó todo a una ola de movilizaciones pretendidamente insurreccionales bautizada “La salida”. En el combo vienen tanto las marchas pacíficas como la estrategia del piquete, la llamada “guarimba”. Este sector, vinculado ya en 2002 a la vía golpista contra Hugo Chávez, impuso su impaciencia a un Henrique Capriles que prefiere seguir el camino de la construcción política. Si las cosas no se salen de madre más de lo que ya se ha visto, acaso le toque otra vez a este dirigente (cuyo tino no habría que subestimar) recoger los fragmentos de oposición que queden entonces en pie. Mientras, el chavismo también tensa la cuerda al máximo a través de una erosión cada vez más impactante de cualquier atisbo de pluralismo en los medios de comunicación electrónicos, de restricciones a los escritos, de encarcelamiento de esos opositores cuestionables aunque bajo acusaciones claramente recargadas y de una peligrosa vía libre a los “colectivos” armados. El problema es que, al hacer descansar en la represión la “solución” de una crisis eminentemente política, Maduro riega cada día un hongo venenoso en su propio jardín. A la muerte de Chávez hace poco más de un año, el chavismo tenía dos liderazgos visibles: el de Maduro, como cabeza del ala política, y el de Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, como jefe del ala militar. La decisión de Chávez de designar como delfín al primero conllevaba un mensaje claro: la transición debía regirse por consideraciones políticas y no depender del uso de la fuerza. La dinámica posterior llevó a Venezuela por el camino opuesto. Si Maduro obtuvo el triunfo en abril del año pasado por un margen ínfimo y muy discutido por toda la oposición, las municipales de diciembre constituyeron para él en nuevo barniz de legitimidad. Si la oposición las había presentado como un virtual referendo sobre el presidente, el claro triunfo chavista le daba nueva fuerza a su autoridad. Pese a la grave crisis económica, que se traduce en desabastecimiento y en una inflación que castigan sobre todo a la base popular oficialista, la nueva evidencia del enanismo opositor en las urnas (a las que se llega después de competencias en el espacio público absolutamente asimétricas) llenó de impaciencia a los mencionados líderes radicales y vació de argumentos a Capriles. El tiempo está probando que la estrategia difícilmente les dé frutos menos amargos que los que ya han probado una y otra vez. Aunque probablemente aún no lo sepan, Maduro y sus archienemigos de la oposición están procreando juntos una nueva criatura política: un poder militar más fuerte, que, una vez consolidado, bien podría devorarlo todo. Algo más de un mes atrás, Capriles desnudó su enfrentamiento con López y Machado al declarar: “Nosotros no hemos planteado un ‘vete ya’. Eso no va a conectar con nada positivo en el país. ‘Maduro vete ya’ puede terminar significado Diosdado vente ya”. Juegos de palabras aparte, parece que el hombre lee con preocupación la emergencia de un Cabello como árbitro de una crisis más grave. El dirigente, que, cabe recordarlo, en 2002 también coqueteó con el atajo golpista, sabe hoy, acaso más pragmatismo que por convicción legalista, que las consecuencias pueden ser nefastas. Por ahora nadie parece escuchar.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

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